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Ciudadanía onubense

Desastres ecológicos en Huelva (y otras partes)

From Particulares. Published on 27/11/2014.

Señor Director: La  tremenda y  contaminante balsa  de  fosfoyesos, ubicada en las marismas de  HUELVA, es   para  mí  sin  duda, el atentado  ecológico más  grave e importante ocurrido  en  nuestro país, junto con  el  fatídico polo  químico de la  ría. Eso  es,  en  lo  que  respecta a  Huelva y  su  entorno, porque como  segundo atentado  […]

Inexteriores

From Particulares. Published on 26/11/2014.


La ladera de la montaña es escarpada, fría y dura como boca de lobo.
Bajo a grandes trompicones empujado tal vez por el diablo en persona.
Los elementos más insospechados que sólo puedo calificar de surrealistas, adornan el entorno.
Para no chocar y probablemente matarme, voy saltando obstáculos con artes autómatas que desconocía y que en vez de generarme satisfacción, llenan de ansiedad mi mente que no reconoce al cuerpo que gobierna.
Es como despertar a oscuras en un palacio de cuento de hadas y por si fuera poco, tener que aceptar que ese espacio es nuestro, que forma parte de la memoria. ¡Inexplicable!
Entre salto y salto y mezclado con una suerte de objetos variopintos que me circundan -curiosamente moldeados, sin formas bruscas, sin aristas-, veo grupos de personas desconocidas que hacen como si hablaran.
A algunas personas de esos grupos las encuentro repetidas veces en mi bajada. Estoy seguro de desconocerlas y sólo me ata a ellas la foto fija que las asocia a su integración en grupos anteriores.
Me sorprende lo que pasa pero con la inquietud de no perder pie en la caída no pienso más en ello.
La gente viste de forma extraña: es como si todas las modas de todos los pueblos y de todas las épocas de las que el hombre tiene conciencia se hubieran puesto de moda a la vez, mezcladas, conjugadas.
¿Será ésta la moda definitiva en el vestir? ¿Puede la moda ser la ausencia de moda? ¿Pudiera la moda ser el sincretismo de todas las modas?
No tengo tiempo para pensar en tantas cosas. Si sigo pensando me voy a chocar. Tengo que moverme, hacer; no pensar en lo que hago, sólo intuir cómo evitar el golpe, burlar el porrazo: saltar y correr, ese es mi destino.
Gritar sí, gritar sí puedo: pero no me oyen.
Me ven pasar como una aparición y ni se inmutan. Intento comunicarme con gestos aspavientosos, con ojos desorbitados, con fuego en las pupilas y como si nada.
En un rebrinque paso entre una boda tipo veneciano, ¿tipo veneciano? ¡Tipo veneciano!
Pier Paolo Pasolini es el novio.
Tengo tiempo de ver en su rostro un llanto amargo. Alguno de la comitiva comenta que le hubiese gustado ser la novia pero el sistema no lo permite. ¿El sistema? ¿Qué Sistema? ¿Sistema es con mayúscula o con minúscula? ¿Es una entidad material o se trata de una entelequia creada por los dirigentes para mantener encorsetados al sufrido y masoquista pueblo? ¿Sufrido y masoquista?
A pesar de la aparente contradicción observo en la cara de Pier y en su resignación, que ello es posible.
Mi hija-hijo (es andrógino), que acompaña a los celebrantes, habla con un lenguaje limpio y claro como cristales níveos que me hace llorar: ¡te quiero papá!
Dos vías caudalosas se desbordan de las fuentes donde mana el amor y siento placer cuando me humedezco.
Bañado en la fragancia que producen las dulces aguas filiales, escucho horrorizado a alguien que me sopla quedo, suave, que no llore, que no es necesario, que esto es un ensayo.
¿Un ensayo? ¿Un ensayo de qué?, pregunto.
Mi confidente que dice ser el ayudante de dirección -aunque a mí me parece un patán oportunista de esos que escalan los puestos aparentando que lo saben todo de todos- me confirma, serio esta vez y con porte de mandatario: “efectivamente señor, ésta es la última representación antes del debut y aunque desde la dirección le agradecemos sus dotes dramáticas para llegar al llanto con facilidad, puede usted dejar esas técnicas para mañana en el estreno. En estos momentos sus llantos sólo retrasan el ensayo y todo el personal de esta compañía tiene algo mejor que hacer que observar sus triquiñuelas académicas. Sabemos por su historial, la formación que posee y no tiene que martirizarnos continuamente con una exposición fuera de lugar y de tiempo sobre sus dotes expresivas, ¡ajústese al guión!, y no nos haga perder el tiempo.”
Ruborizado y con una ola de sofocante calor e irritación continúo cayendo ladera abajo.
No obstante, observo algo extraño que antes no ocurría. Presto atención y puedo ver que, a pesar de que hay grupos fijos que hacen como que hablan -insensibles a la gravedad que me transporta-, hay allí y allá, otras personas que también caen.
No sé por qué me siento reconfortado. ¡Qué estúpido!, -me digo-, ¿cómo me iba a ocurrir esto sólo a mí?
Algo más aliviado por la compañía converso con otras personas que bajan, unas más rápidas y otras lentas.
Básicamente hablamos de nuestras cosas, nada importante. “¿Y usted cómo afronta la caída? ¿Pensaba usted quizá que la vida sería así?” “Decididamente no, señora, esto ha sido visto y no visto, ¡no sé si vale la pena vivir de esta manera!”
Un grupo compuesto por dos parejas y un niño quinceañero nos adelantan sentados -a mi compañera ocasional y a mí- en butacas blancas sobre las que un parasol de colores alistados sombrea cuando hay sol.
Una mesa recoleta sirve de soporte a una bandeja de té, de cuya tetera plateada asoma el humo de la abundancia que, en breve, una criada encofiada servirá en tazas de porcelana.
“Después dicen que la caída es para todo el mundo igual, ¡y una mierda!”, le escucho decir atónito a mi acompañante ocasional que parece que acelera su paso y, efectivamente, veo cómo se pierde ante mí tomando un estrecho recodo que nunca sabré a dónde conduce.
Continúo el desdichado camino que para mí ha sido trazado de antemano, reservándome sólo algunos torpes movimientos con los que a veces tengo la impresión de poder dominar el futuro.
De mi presente poco tengo que decir, excepto que, aunque aparento la mayor cordura en mis relaciones con otras personas con las que casualmente me cruzo, no entiendo absolutamente nada de lo que me está pasando.
Vivo a merced de los acontecimientos y suerte tengo de poder contarlo porque a otros he visto, en el largo camino recorrido ya, cómo tropezaban desapareciendo, ¡sí, desapareciendo! No sé cómo es posible, pero desaparecen, no los vuelvo a ver.
¿Seré yo el que se pierde y sale de sus vidas e iluso de mí, me echan de menos? ¡No sé!
Vislumbro algo en el horizonte que requiere mi atención y dejo de pensar tonterías para concentrarme en ello. El amorfo obstáculo se va definiendo conforme caigo. Una delirante y estrecha torre con veleta -¿tendrá gallo?- se perfila sobre una masa -¡horror, es de piedra!- que se acerca a mí insalvable; ésta sí, ésta me la tengo que tragar… aquí no hay saltos que valgan.
No encontrando en mi cerebro solución al enigma que en breve me engullirá, adopto, no sé por qué, una posición fetal, mientras, con los ojos cerrados al entorno, me dejo arrastrar hacia esa luz que resplandece y parece, en principio, dará solución a la negra noche que me envuelve.
El edificio sobre el que me precipito está rodeado de personas que le caen de todos lados.
Es como un vórtice que engulle mansamente todo cuanto en derredor existe; ¿mansamente?, ¿cómo se puede engullir mansamente, sin fiereza?
Mi compañera ocasional que aparece, no sé de dónde, dice: “¡con diplomacia, hombre, con mucha diplomacia!”. “Es como el gobernante ideal”, dice mi hijo-hija, que ha crecido mucho mientras tanto y se las da cuando puede de universitario sabelotodo.
¡Confundida juventud!, me digo, por no discutir entre extraños.
Cada vez somos más, esto se está haciendo insoportable.
Añoro mis alegres aunque atemorizados saltos iniciales.
“La multitud acompaña pero también aborrega”, me digo.
Acompañado por cientos de miles, qué digo cientos de miles, puede que seamos miles de millones, nos agolpamos en torno de esa mole infranqueable donde intuyo que están escondidos todos los que gobiernan, seguros, sin peligros, omnipotentes, sabios, multinacionales ellos.
Un raro atisbo de inteligencia me hace sonreír a estas alturas: “ellos también caerán, también serán absorbidos por la nada”.
Por suerte he caído no lejos de una gran puerta acristalada abierta en un lateral de la mole catedralicia.
Todos los allí reunidos murmuran por lo bajo como si rezaran en una multitud de lenguas que desconozco.
Como no entiendo ninguna y tampoco las oraciones que declaman, me limito a tararear en silencio una canción de cuna.
Las personas que me aplastan en esta universal concentración sonríen con ojos dulces de fraternidad.
Mientras sigo haciendo el papel, me pregunto si alguien más está haciendo “su papel”.
Es imposible conocerlo. Esta es una obra que se escapa a mi comprensión y de la que me han hecho actor sin permiso.
Una gran explosión rompe los cristales de las puertas vidriadas y una ola exclamativa recorre como un solo cuerpo los cuerpos de todos los congregados.
Camiones blindados pintados de colorines salen de la puerta principal y también de otras muchas que ahora veo en los laterales. Les siguen multitud de grúas fijas y portátiles de las que cuelgan carrillos de mano y útiles de albañilería de todo tipo.
Una comitiva eclesiástica llena el espacio de sonidos ancestrales que son amplificados por objetos metálicos.
La gente llora ante el fasto y boato desplegado que aturde y paraliza los sentidos.
Los atuendos talares de finas y doradas hebras, brillan ante las espirituosas bengalas que transportan acólitos efebos que ocultan su indefinido sexo en una sonrisa cáustica. Mi hija-hijo va entre ellos. Cuando pasa a mi lado lloro de satisfacción a pesar de que no me ha visto. Siento no poder explicarle lo que pienso; he comprobado con mis enajenados vecinos que el lenguaje que hablo es un lenguaje que nadie entiende y tampoco yo puedo comprenderlos a ellos. ¡Difícil dilema! Después del largo camino recorrido no encuentro fuerzas ahora para adquirir conocimientos básicos que permitan esa comunicación tan necesaria. Tengo la impresión de que es imposible. Mi hijo-hija y yo somos generaciones distintas, distintos sistemas, diferentes redes.
Cansado de observar lo mismo y para no despertar sospechas entre mis inseparables vecinos -no sin quejas por mi osadía- consigo alejarme un poco buscando algo más de aire.
Dejo reposar mi maltratado cuerpo en el oscuro madero de un viejo árbol.
Aliviado por la soledad y con el cariñoso abrazo de sus frescas y verdes ramas, observo cómo la primavera hace brotar nuevos tallos en sus ensarmentadas extremidades. Me pregunto si mi hija-hijo llevará algo de mí. Me contesto que sí. Que algo de mí queda.
Tranquilo y sosegado cierro los ojos y me dejo morir.
Una paz firme y duradera se apodera de mi cuerpo iluminando mi esencia.
Me siento en la tierra y pienso en cuántas personas aportaron al minúsculo espacio donde ahora me recuesto, su energía vital en forma de elementos químicos y que ahora son parte esencial del barro y de la madera que me refresca.
¿Se sentará alguna vez aquí mi hijohija?
¿Qué más da?
Tarde o temprano aquí vendrá.
Soy un hombre feliz: he sido.
He dispuesto de una estructura física donde he vivido hasta agotarla. Me he consumido en mí mismo.
¿Ha valido la pena? ¡Quién puede contestar eso!
En fin… Me voy. Me he ido. No estoy.
Pero, no lo olvide, he sido.
Paco Huelva
Revisado en Noviembre de 2014

FUERZAS EMERGENTES VISIBLES Y OCULTAS

From Particulares. Published on 26/11/2014.

Tras una siesta de varios meses, bien merecida, atisbo a través de mi neotecnológico turboturbante que, en la Españeta, los medios de bobalización dan protagonismo a unas fuerzas, antes desconocidas para mí, que parecen apuntar a un supuesto fin del bipartidismo reinante desque se fraguó el timo constitucional de 1978.

Me han llamado la atención, especialmente, las tres que relaciono a continuación:

  • los misteriosos y calentones Romanones

  • el pequeño Nicolás

  • Podemos

No sé si vuesas mercedes habrán reparado en ello, pero yo, quizá por mi pasado musulmán adiestrado en observar a la competencia -vil por definición-, he visto enseguida un nexo de unión entre ellas:

los Romanones han trabajado y actuado siempre en iglesias, el segundo apellido de Nicolás es Iglesias y el líder de Podemos se llama Pablo Iglesias.

Campanas al vuelo, que esto significa algo. Si aplicamos el principio de parsimonia la conclusión es obvia: marchan unidos para hacerse con el poder absoluto con sumisión de los demás poderes, o sea los financieros, y su técnica ha sido impecable: unos, presuntamente, han adoctrinado y humillado a parte de la juventud y han acaparado herencias de viejas ricas, táctica eclesiástica secular; otro se ha hecho dueño de las tertulias y demás telebasuras con historias que enganchan hasta a productores de cine, y los otros se han hecho los héroes de los indignados sin futuro, es decir, que el trío ha ganado todos los nichos de mercado electoral, o sea: ¡¡la revolución total!!

De ahí que lo que digan las encuestas, verdadero diluvio en estas fechas, es irrelevante porque ¿qué nacionalcatólico va a ningunear a los Romanones? ¿Qué lector de las memorias de Mario Conde dejará de votar al nano Nicolás? ¿Y qué indignado dejará de confiar en Podemos?

Es un triángulo equilátero que rodea a todo quisque. Y no se olvide que un triángulo así es la mitad de la estrella de David, de modo que estamos ante un contubernio, una conspiración judeoeclesiástica que ni la OTAN podrá vencer.

Y como coletilla, os lanzo un reto: ¿a quiénes votaréis? Tomadlo como una encuesta, pero decidlo tras pensarlo. Y después, a misa, que entonces todo será domingo.


Sistema

From Particulares. Published on 25/11/2014.


Perseguía un objetivo que ahora no recuerdo, se me olvidó.
Caminaba decidido por las calles de una ciudad en que no había mucha gente: debía de ser temprano.
Era un día soleado y no tomé el coche; probablemente pensaría que un paseo no vendría mal a mi anquilosado esqueleto de funcionario.
Alguien de quien huía -siempre que podía- porque su compañía no me era agradable, se acercó a mí mientras deambulaba.
El abordante se empeñó en llevarme con su motocicleta a dondequiera que fuera y no pude negarme. Por algún motivo que ahora no viene a mi memoria, le dejé mi documentación para que hiciera unas gestiones respecto a la misma. Mientras circulábamos -por la acera- un agente de la policía nos dio el alto. Bajé de la moto y cuando el guardia uniformado se acercó, mi acompañante aceleró su máquina con un gran estruendo y se perdió por encrucijadas cercanas.
Al exhorto de que me identificara contesté que no podía hacerlo en esos momentos.
Tuve que acompañarle so pretexto de no sé qué legislación.
Recuerdo que llevaba en un bolsillo el teléfono móvil y colgado del hombro derecho un ordenador portátil.
La comisaría se definió a nuestra llegada como un organismo complejo, con múltiples instalaciones y vida propia. Me atendieron con amabilidad -todo parecía un mero trámite.
Me senté en una sala donde había más personas, cada una de ellas obcecada con sus propios pensamientos. De cuando en cuando, alguien me preguntaba alguna cosa respecto a mi persona.
Las preguntas comenzaron a espaciarse en el tiempo y el aburrimiento me hizo caminar por los pasillos cercanos para combatir el tedio. Al principio, regresaba a la sala inicial para saber si alguien se había interesado por mí. Posteriormente, me di cuenta de que nadie echaba en falta mi presencia y que se habían olvidado de mí.
En algún momento que no puedo precisar, pensé que era necesario avisar a la familia de mi paradero y decidí llamar por el móvil. Al extraerlo de la funda compruebo que no es mi teléfono, alguien lo ha cambiado, y además, éste no funciona, no tiene cobertura.
Alguien me hace pasar a una habitación donde parece que se celebra algo -hay una mesa grande con bebidas y comidas- y yo, algo desesperado, espero encontrar solución al dilema que atravieso.
Me instalo en un rincón y para no aburrirme enciendo el ordenador. Comienzo a ver pantallas en donde aparecen, como en un cinerama, multitud de imágenes de Vírgenes inmaculadas rodeadas de ingentes cantidades de flores blancas.
Junto con mi sorpresa -no recuerdo haber cargado ningún programa con esas características-, observo cómo las sucesivas Vírgenes atraen la atención del público que me rodea.
En la sala, no sé de dónde salió, hay un pope celebrando una misa al que sin querer estoy distrayendo la clientela y, ante la conminatoria mirada del representante de Dios, me decido a apagar el portátil con un desagrado manifiesto de la gente de mi redor.
Terminado el oficio, que sigo con respeto para compensar mi negligencia anterior, todo el mundo se va y me quedo solo.
Salgo del cuarto y merodeo por las habitaciones, que son muchas.
Compruebo que el edificio tiene varias plantas, no sabría decir cuántas, pero, por la numeración de los ascensores veo que hay infinitos sótanos, que no me explico qué uso pueden tener, pero, se me ocurre pensar que pudiera ser una de las puertas escondidas de eso que llaman el infierno.
Atacado por una fiebre casi de espeleólogo, comienzo a abrir puertas y ventanas para saber qué contienen.
Encuentro para mi asombro colegios y gimnasios, casinos y bibliotecas, economatos y cines… y un sinfín de utilidades que no me explico qué pueden hacer en una comisaría.
Aturdido, comienzo a fraguar la peregrina idea de que la comisaría es una ciudad que está escondida dentro de la ciudad; que es un espacio autónomo con leyes propias y desconocidas. Un complejo que depende sólo de sí mismo, ajeno a lo que ocurre extramuros. Un organismo vivo e independiente que interrelaciona con el entorno, pero mantiene siempre sus propias constantes perpetuadas en el tiempo más allá de cualquier forma de gobierno.
En el sótano de uno de los edificios, una multitud de extranjeros esperan a que los legalicen. Están agrupados por etnias, por países, por colores…
No han entrado por la puerta principal -por la que yo accedí-, lo han hecho por puertas traseras que desembocan a una playa desierta y fría. Llegan a la blanca arena sucios de miedo y de nostalgia por su tierra.
Sus caras han sido conformadas con constantes hambrunas y el frío moldeó sus cuerpos ateridos que esconden bajo mantas del ejército. Los ojos de estas personas son el escaparate del mundo desigual e insolidario en que vivimos.
Tomo un manta del interior de una caja con la que tropiezo y la echo sobre mis hombros. De cuando en cuando alguien me da algo de comer.
Me topo con un espejo y observo cómo mi antiguo aspecto de ejecutivo aguerrido se ha ido deteriorando con el paso de los días.
La gente con que me cruzo comienza a saludarme como a alguien conocido. Para muchos, ya no soy un extraño.
Algunos niños cuando me ven me piden que les cuente historias del exterior. En sus caras, veo la incredulidad que les producen mis palabras.
Por estas fechas comprendí que estaba perdido para siempre en esta comisaría, que nunca saldría de aquí. He quedado atrapado para siempre en la burocracia de un sistema.
A veces todavía, cuando me acuerdo, pregunto por mi expediente a alguno de los guardias que conozco, que me contestan con una sonrisa entre socarrona y esquiva: “pronto se resolverá… pronto”.
Poco a poco voy perdiendo la memoria de lo que fui y dedico mi tiempo a investigar los interiores de este monstruo con vida propia donde habito y de cuyas garras sé que no podré escapar.
Cuando muera me enterrarán aquí, he observado que disponen de crematorio particular.
Con las cenizas no sé qué hacen.
Quizás en el futuro una placa conmemorativa diga algo sobre mí en algún lugar de esta casa; o tal vez obvien lo de la plaquita, quién sabe.
De todas formas pasaré por aquí sin dejar huellas significativas. Igual hubiera ocurrido en cualquier parte donde hubiese vivido.
Quiero pensar que en el exterior de este lugar en que habito, alguien me buscó: al menos durante un tiempo.
Hoy tengo la certeza de que he sido olvidado.
Nadie aquí dentro recuerda ya que en otro tiempo llegué a este lugar por primera vez. La gente que hoy habita este lugar me trata como si hubiera estado aquí siempre.
A veces yo también lo pienso.
Quizá nunca estuve fuera y siempre viví aquí.
Pudiera ser que mis elucubraciones fueran ensoñaciones de un ingenuo. Solo eso, maquinaciones fantasiosas de una mente ociosa. Imágenes visionadas exclusivamente por el interior de mi cerebro.
Pura idea sin constatación posible en hechos.
Paco Huelva
Revisado en Noviembre de 2014

Fanatismo

From Particulares. Published on 24/11/2014.


El fanatismo es una pandemia -sustentada en la incultura o en la desinformación en todo caso- que ha recorrido el mundo desde que la humanidad tiene conciencia de su existencia.
El fanatismo -como lo describe Amos Oz- es más viejo que cualquier ideología, religión o sistema de gobierno, y tiene más que ver con la esencia del ser que con su extrapolación colectiva.
El fanático está siempre en posesión de la verdad y no está dispuesto a llegar a convenio alguno con el otro.
De ahí su intención -siempre- de obligar a los demás a cambiar.
El fanático busca la rendición no el acuerdo.
Fanáticos los hay en política, en religión, en educación, en ecologismo… en definitiva, en cualquier actividad humana.
Los dirigentes (empresariales, políticos, religiosos…), acostumbrados como están a crear corrientes de opinión y a imponer sus criterios escondiendo pocos o muchos ases en la manga -según cada caso; porque la verdad es oscura y hay que extraerla como los corchos de las botellas de vino, con no poco esfuerzo las más de las veces- siempre han hecho uso de ellos en todos los tiempos y en todos los lugares.
Los fanáticos están hechos de una pasta dúctil que permite condicionarlos al gusto y a la necesidad de cada momento.
Una vez creados -habría que precisar algo más aquí, justo aquí-, una vez que se les ha inoculado la necesidad de algo, o para mejor decir… la defensa a ultranza de un método, de una ideología, de una religión, de una forma de entender el mundo en donde el otro no lleva razón y siempre está equivocado… pues, solo hay que introducirles un impulso determinado y obtendremos el efecto que buscamos.
Simple.
Y de eso saben una barbaridad los sociólogos, los estadistas, los estrategas y los que, por razones puramente crematísticas, mueven el negocio de la mercadotecnia, o sea, defienden con toda la artillería posible una finca que tiene unos amos o, en su caso, siendo pública -de todos-, tienen unos capataces temporales que imponen los criterios a seguir en cada momento, para que los procesos que les afectan o las maniobras que se marquen se desenvuelvan tal y como el consejo de dirección haya diseñado a priori.
En última instancia, si las cosas no están bien, o no pintan bien, para eso tienen sus comités de crisis. Punto.
Llámese el constructo Mercasevilla, Caja Madrid o Podemos, pasando por toda la gama de colores, ideologías o intereses. Da igual.
Y he citado a Podemos a posta.
Porque cuando llegue el momento de gobernar y no de anunciar medidas, de legislación positiva y no de intencionalidades, pues, ya veremos lo que ocurre, sobre todo cuando las fichas del tablero de ajedrez del mundo empiecen a moverse. Es decir, salgan a la palestra las manos que mecen la cuna. Las que siempre lo han hecho. Esas que están en la oscuridad. En un limbo siempre ajeno al conocimiento de la ciudadanía, y con las que, curiosamente, al final, todos los gobiernos se entienden.
Pero lo triste de todo este asunto es que, por desgracia, los fanáticos como tal nunca dejarán de existir, en todos los ámbitos, y saben por qué: pues porque son imprescindibles para que los sistemas rueden, para que existan, como el diablo y dios, tal que ellos.
Es imposible la concepción de Dios sin el Diablo (con mayúsculas si lo desean, no pretendo ofender a nadie).
Ambos son las caras de una misma moneda sin la que sería posible la existencia de la fe. Y la fe es ciega, tanto como el fanatismo.
Palmeros hacen falta en cualquier tablao que se precie. Que nadie lo dude.
Tan triste, mire.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Plaza Don Miguel Raya, Molino de la Vega

From Particulares. Published on 24/11/2014.

Si viviera D. Miguel Raya, seguro que pediría que le quitasen su nombre a esta plaza. En Huelva se le recuerda, tanto por su elegancia, como por su educación, en el trato por las personas. Fundador de una cadena de comercios de ropa en  nuestra capital que han sido referente de su carácter y singularidad. […]

Pensamientos negros

From Particulares. Published on 23/11/2014.


Es posible que cuando esto salga a la luz no esté aquí para ver sus consecuencias.
Me cuesta trabajo pensar pero, dentro de poco, pondré fin a lo que he sido. La decisión de quitarme la vida no es fácil de asumir, pero ya está todo en su sitio.
He comprendido, no sin sufrimiento, que lo que debía hacer ya está hecho. Que nada nuevo puedo aportar, que debo partir sin resentimiento.
No debo quejarme del trato que he recibido porque es una estupidez hacerlo.
He llegado a la madurez intelectual suficiente como para saber que nada extraordinario debo esperar.
Esto lo comprendí hace tiempo, pero, hasta ahora, no he sido capaz de tomar la decisión de marcharme.
Es posible que alguien me eche de menos, pero será por poco tiempo. A nuestro alrededor mueren cada minuto infinidad de seres. Es lo natural. Por eso, uno más no cambiará un ápice el rumbo del mundo, todo seguirá como está.
Es cierto que los “míos” pasarán algunos momentos malos, pero el tiempo lo cura todo, borra cualquier huella. La mía no será una excepción, es obvio.
Cerca de mí, a la derecha del ordenador, tengo la pistola cargada con una bala en la recámara.
No estoy nervioso.
Miro las cachas negras del arma y parecen transmitirme cierto sosiego; quizá sea porque me están comunicando que dentro de poco ya no tendré problemas.
Estaré fuera del tiempo, fuera de la vida.
La paz puede conseguirse pero no es de este mundo. La tranquilidad, el reposo absoluto, solo llega con la muerte.
Escucho un ruido de zapatos y mi mujer entra en el despacho.
¿Todavía no te has acostado?, -pregunta.
Ya voy, cielo, ya voy -contesto.
No te olvides de apagar la luz -me dice.
Desconecto el ordenador, cojo la pistola, apago la luz y subo…
Paco Huelva
Revisado en Noviembre de 2014

Lo de Benengeli

From Particulares. Published on 20/11/2014.


He leído con profundo respeto un libelo de 19 páginas que hallé en una vieja librería de Madrid, de esas que huelen a rancio, a humedad y a tesoros escondidos, fuera de la red mercantil con que hoy se edita y vende el papel impreso.
El librillo, a media página -cosido por una oxidada grapa- está escrito y firmado por Ricardo M. Uncite, a quien, aparte del mismo, se le reconoce como autor de “El falso Quijote y Tirso de Molina”.
“Lo de Benengeli”, publicado en Valladolid en 1918 y dirigido al cervantista nacido en Osuna Francisco Rodríguez Marín, a la sazón académico de la lengua, presidente del CSIC, del patronato Menéndez Pelayo y director de la Biblioteca Nacional, es un análisis sobre las derivaciones de la palabra cervantina Benengeli.
Recuérdese que Cide Hamete Benengeli es el nombre arábigo del supuesto autor de El Quijote, según aparece en la edición príncipe de 1605 (cap. IX, fol. 32).
Pues bien, según Uncite, el prefijo BEN no ofrece dudas porque significa HIJO DE.
Las dudas aparecen con la palabra ENGELI que no tiene traducción en castellano.
Algunos la tradujeron como “ciervo”, “cerval” o “cervanteño”, de donde coligen que Cervantes vino a definirse a sí mismo, o sea: HIJO DE CERVANTES.
Otros la traducen por “berenjena”, lo que vendría a explicar que el bachiller Sansón Carrasco dijera, según Sancho Panza, que el autor de la historia se llamaba Cide Hamete Berenjena.
En fin, no sé por qué me he metido hoy en este berenjenal, pero, bueno… todo sea por el infinito placer de indagar, de leer y, a ser posible, comprender.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Ridiculum Vitae, de Eladio Orta

From Particulares. Published on 20/11/2014.


Dentro del poeta Eladio Orta duermen infinidad de seres animados. Esto a nadie debería asombrar pero, como sabemos, hay gente para todo.
Los animalitos que habitan su cuerpo no crean que son de esos que pueden observarse con microscopios o con otros similares inventos, no. Los bichos que hay dentro de Eladio dicen los eruditos que se llaman heterónimos, y son una suerte de gleba que se manifiesta en su fuero interno de poeta maldito o de maldito poeta -depende del receptor/lector-, y, cada cual, cuando le toca o cuando le sale de las particulares entendederas, monta la de dios es cristo.
Esto es lo que hay y lo demás es cuento.

“me da vergüenza
escribir poesía
y más vergüenza
leer mi nombre
al lado entre paréntesis”.

Ha de ser duro vivir -aunque a primera vista al poeta del que hablamos pareciera no afectarle en su comportamiento- entre una confusa caterva de aspirantes al Parnaso y no perder la cordura, mientas éstos chillan, gimen, maldicen, lloran, mean en las retamas o follan en la intemperie de su sesera.
Es decir, seguir siendo Eladio Orta, el poeta que habla, viste y calza como dios y la naturaleza le dio a entender, que patea los inmensos e inconmensurables predios míticos de Isla Canela, que, mal que les pese a muchos políticos, meapilas, especuladores inmobiliarios -y de otras artes estafadoras-, poetas paniaguados y otras fieras por domar, y sin cejar de observar el mundo desde su “choza” para gozo de quienes conocemos su obra.
A mí de Eladio Orta me gusta casi todo, hasta sus poemas:

“ecologistas y demás inadaptados en general
deben estar de enhorabuena
por la aparición de una especie
hasta ahora desconocida
unos insectos dípteros
gorditos y con corbata
llamados cocosabios

los machos se alimentan
de dunas y arena húmeda
y cagan piedras
ladrillos y cemento

las hembras chupan la sabia de árboles
matorrales y plantas halófilas
y cagan puertos deportivos
y campos de golf

produciendo un espectacular cambio
en los enclaves paisajísticos
y medioambientales de la costa

según filtraciones del cesid
a la agencia efe
los llamados cocosabios
expertos en tragaespaciosnaturales
han sido creados en laboratorios clandestinos

ante la alarma de la opinión pública
por la aparición de susodichos
insectos dípteros en las zonas costeras

la subdelegación del gobierno
ha pedido calma
asegurando que dicha plaga
será abatida en una próxima
operación financiera”

Eladio Orta y la tropa que le acompaña, de la que no puede desprenderse por más esquinazo que quiera darle, ha publicado ahora “Ridiculum Vitae en ediciones Amargord.
Este libro no es para ortodoxos, ni para reglados académicos, ni para aquellos que cuando escriben están pensando en un premio literario, ni para lagrimales fáciles, ni para los que les asusta el uso del verbo sin cortapisas inquisitoriales, ni para trémulos, ni para… Este libro es para los libre de pensamiento.
En fin, que a Eladio Orta se le toma o se le deja. Punto.
Pero esos estirados vates que se ajustan a lo “correcto” y no leen a Eladio, se pierden el ritmo ancestral de las aguas freáticas, los sonidos de la marisma cuando se cuartea en el estío, el lento avanzar de la bola del escarabajo pelotero, el palmear de las espátulas cuando alzan el vuelo, el graznido del celo, el inclinarse de los juncos ante el paso del viento… y un sinfín de cosas que anidan en el pajar de Eladio Orta, poeta tierrafirmista y oráculo irredento.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

La muerte

From Particulares. Published on 19/11/2014.


La muerte se manifiesta en nosotros justo al nacer.
El berrido inicial al salir del líquido amniótico algo tiene que ver con el estertor que damos al morir.
Las primeras arrugas, las pecas que se expanden por el cuerpo, la tersura de la piel que se deteriora, el vello que encanece o desaparece, el aumento de los dolores… son síntomas de la cercanía de la muerte que nos negamos a reconocer y sin embargo, nos informa que estamos encauzando el inevitable camino de la extinción.
Ni la familia, ni la escuela, ni la universidad nos enseñan que la muerte es parte de la vida, la consumación de la vida. Que para que siga existiendo vida hemos de morir.
No queremos aceptar nuestra transitoriedad, pero si hay algo cierto en nuestro acontecer, en la vida de cada cual, es que vamos a fenecer, vamos a cambiar de cometido como decía Tolstoi: “la muerte no es más que un cambio de misión”, y lo único que deberíamos desear es tener un buen tránsito de un estado a otro.
Parafraseando a Ramón y Cajal ésta se nos presenta siempre como algo nuevo, impensado e incomprensible.
John Hurt, un cantante de baladas dice en una de ellas lo siguiente: “cuando mis tribulaciones terrenas hayan terminado/ arrojad mi cuerpo al mar/ ahorraos la factura del empresario de pompas fúnebres/ y dejad que las sirenas coqueteen conmigo”.
Lo cierto es que la muerte a pocos satisface, pero, en algunos casos como en la película de Amenábar “Mar adentro” o en el de las personas que solicitan por enfermedad incurable, por cansancio vital extremo, por decisión propia y en pleno juicio, marcharse de este mundo, debiéramos ser menos mojigatos y más comprensivos.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Trabajo o placer

From Particulares. Published on 19/11/2014.

Bueno, ya lo anunciaba en mi anterior post. Está a punto de entrarme una nueva traducción y tendré que dejar de lado, de momento, el proyecto de libro del que os hablé. Una pena: ya había empezado el tercer capítulo. Pero lo primero es ganarse el pan.

Madres

From Particulares. Published on 18/11/2014.


Hace unos días, en un cruce de calles de la ciudad, una señora me abordó y preguntó si podía hablar conmigo unos minutos. Embalado como recorro la vida, y pensando -después de examinarla atentamente- que querría venderme algún producto, saquearme la bolsa por alguna causa que no deseaba escuchar o contarme algún problema irresoluble, a duras penas contesté que sí, pero mentí diciendo que tenía una cita ineludible a la que no podía faltar y no podría entretenerme mucho.
La mujer, de unos ochenta años -calculé-, magra de cuerpo, de ojos lúcidos e inquietos y de aspecto exterior acomodado, sacó del bolso una vieja fotografía donde -no muy nítidamente- se veían tres mujeres jóvenes en traje de baño de otra época y a un niño de cuatro o cinco años, no más, en el borde de una alberca de la que al parecer acababan de salir.
Después de observar la imagen con cierta insistencia, por agradar a mi acompañante circunstancial, a la que vigilaba por el rabillo del ojo intentando dilucidar qué era lo que esperaba de mí, me preguntó si la foto no me recordaba nada.
He de reconocer, ahora que detengo el tiempo transcurrido con ella para repasar cada instante en los que estuvimos juntos, que su pregunta me inquietó sin saber muy bien cuál podría ser la causa.
Queriendo acabar pronto con el asunto que me había detenido allí y continuar con mis cosas, contesté que no, que realmente no me recordaba nada. La mujer insistió instándome a que la mirase bien, a que la observase con detenimiento. Un poco desesperado ya y creyendo haber caído en manos de una demente, posé nuevamente mis ojos sobre las caras de las cuatro personas del retrato y con cierta zozobra descubrí que el niño que estaba en primera línea, ante las tres mujeres, no me era del todo desconocido e incluso, me recordaba a alguien que en ese momento no identificaba.
Era como un recuerdo dormido en algún estante de la memoria que en ese momento no era capaz de localizar en la biblioteca de Babel que todos llevamos sobre los hombros.
Los ojos de la desconocida, mientras tanto, escrutaban severamente mi cara atenta a cualquier variación en mis gestos faciales y alguna cuestión debió intuir de lo que en ese momento pensaba, porque, de pronto, espetó:
-¿No conoces a ese niño?
-Pues, la verdad -dije- es que me suena su cara, pero no sé de qué.
-¡Mírala bien! -Insistió.
Luego de un lapso indefinido en que mis pupilas iban desde la foto a su cara de forma intermitente, dijo:
-Ese niño eres tú, Paco.
Sorprendido de que conociera mi nombre y arrugando el entrecejo -como para intensificar mi visión y esclarecer las ideas al mismo tiempo- observé que un reguero de lágrimas se desbordaban por las mejillas de la señora, como si algo incontenible guardado demasiado tiempo estuviese rebasando sus pequeños ojos, empañados ahora por la sal del llanto.
Miré nuevamente la imagen que me había ofrecido y el corazón, no sé por qué causa, me empezó a latir fuertemente con el convencimiento cada vez más manifiesto de que el niño de la foto podría ser el niño que en algún momento fui y además, la alberca y el lugar donde estaba situada eran espacios no ajenos del todo a mi vida pasada.
Sin reflexionar más y alentado por alguna intuición más que por el exacto recuerdo, dije:
-Puede ser, puede que sea yo de pequeño.
Un rayo de luz que entreví en sus ojos, detuvo el llanto y acto seguido me preguntó:
-¿Y no sabes quiénes son las personas que están contigo?
Repasé nuevamente las caras de las tres jóvenes y una de ellas, la del centro, la que estaba tras de mí, me pareció conocida.
-Esta cara me suena -dije, mientras la señalaba con el dedo.
-Claro que te tiene que sonar, es la cara de la que actualmente es tu madre.
-¿De mi madre, y cómo que actualmente?
-¡Fíjate bien, Paco! -dijo, interrumpiéndome.
Miré intensamente -olvidando mis prisas y cada vez más intrigado- queriendo leer en la cara de la joven del centro y confirmando que podría ser, que podría ser mi madre aquella joven de aspecto lozano, sensual, y que sonreía a la cámara no sin cierto azoramiento o rubor.
-¿Y de las otras dos no te acuerdas? -continuó.
Insistiendo en el repaso de las caras, manifesté abiertamente que no, que no las conocía de nada.
-¿Por qué me pregunta usted esto, señora? -inquirí, con cierta frialdad no exenta de temor en mis palabras.
-Pues, porque… Paco, tu madre soy yo, que es la mujer que está a la izquierda de la que tú crees que es tu madre, y sólo es la mujer que te ha criado y que en otro tiempo fue mi mejor amiga -dijo, mientras sus ojos reanudaron el llanto.
Con la cara descompuesta, imagino, por el espanto que sus palabras me produjeron, le respondí:
-¡Señora, esto no puede ser, usted tiene que estar equivocada, confundida por alguna razón! ¡Esto no tiene sentido! No discuto que no pueda ser, incluso, podría decir que soy el niño de la foto y que la persona que está detrás de mí pueda ser o sea, mi madre; y si usted dice que es la otra pues no se lo discuto, pero de ahí a lo que afirma, señora, hay un trecho que yo no le puedo admitir. ¡Usted tiene que estar confundida! Con todos los respetos, señora, no puedo admitir lo que me dice. No puedo admitírselo, perdóneme.
Mientras esto decía, la señora que afirmaba ser mi madre, continuaba llorando en silencio, limpiándose las lágrimas con un pañuelo de tela que había sacado de algún sitio, y se apoyaba en la pared, como si de un momento a otro fuera a perder el conocimiento.
-Paquito, hijo -declaró, rehaciendo un poco la figura-. Fíjate bien en mí. No me olvides nunca y conserva esta foto. La he guardado con la esperanza de dártela durante muchísimos años. Siempre estuvo enmarcada en mi casa en un lugar preferente hasta que he decidido venir a verte para entregártela en mano.
No vengo a pedirte nada, no necesito nada excepto liberarme de la tremenda carga que he llevado en mi conciencia durante demasiado tiempo. Eres una persona inteligente y entenderás lo que hice, así lo espero, y perdonarme; sólo he venido a decirte quién eres y a que me perdones. Solo a eso. Yo soy tu madre. Eso no lo puede discutir ni cambiar nadie porque es así. Exactamente así. Eres mi hijo, Paco. Te tuve por un desliz que cometí con un hombre al que quería mucho y es tu padre, que luego me dejó tirada como a un perro antes de que tú nacieras ni que se me notara siquiera que estaba embarazada. En la época en que eso ocurrió, que es exactamente hace 58 años, la edad que ahora tienes, esas cosas no estaban bien vistas ni podían admitirse socialmente. Los que crees que son tus padres, que eran mis mejores amigos, estaban casados hacía un tiempo y sabían que no podrían tener hijos. Me aconsejaron que me fuera de viaje con ellos; el embarazo ya casi no se podía ocultar: estaba engordando demasiado y nos fuimos los tres a Burdeos. Cuando naciste, ellos, los que tú crees que son tus padres, me asistieron en el parto donde viniste al mundo. Posteriormente te inscribieron como hijo propio, que entonces en Francia no era difícil porque muchos españoles emigraban a ese país ya que las condiciones de vida en España tú sabes cómo eran. Porque no me negarás Paco, que tú has nacido en Burdeos el 22 de octubre de 1956, y que así debe constar en tu tarjeta de identidad.
-No -dije-, con un hilo de voz. Yo he nacido ese día y en esa ciudad, es verdad.
-Pues ya lo sabes todo. Ya me quedo tranquila y puedo morir en paz, hijo. La que tienes delante es tu madre. Siento mucho lo que ha pasado. Nada me hubiera gustado más que haberte visto crecer, estar a tu lado y haberte consolado en los momentos difíciles que sé que has pasado en la vida. Yo te he alimentado con estos pechos -dijo, tocándoselos-. Los que dicen ser tus padres legítimos volvieron a Almonte diciendo que el niño era suyo y yo me quedé en Burdeos porque nada tenía que hacer aquí. Luego me casé con un catalán con el que no he tenido más hijos.
Esa foto la hizo mi marido -que nunca supo nada de esto-, la única vez que vine a verte, en una alberca que era de los que piensas que fueron tus abuelos. Esa visita me produjo tal desgarro y tanto desconsuelo que preferí no verte más y vivir a solas con mi dolor. Además, me peleé con los que hoy son tus padres porque pensaban en su interior que algún día podría reclamarles lo que sabían que era mío.
Hasta ahí toda la historia. Hace tres meses murió mi marido. Yo, por motivos que ahora no importan, no tardaré mucho en seguirle. Llevo una semana en Huelva decidiéndome a hablar contigo. He pasado muchas horas frente al edificio donde trabajas y te he seguido cada vez que has salido. En estos días he sido tu sombra. Lo que querría haber hecho toda mi vida. Estoy muy orgullosa de ti. Quiero que lo sepas. Quiero que sepas que tu madre, aunque te abandonó, no dejó un día de su vida de pensar en ti.
Dijo todo esto llorando a lágrima viva pero con una tranquilidad pasmosa. Por mi parte notaba que mis ojos se habían humedecido y que un nudo en la garganta me impedía hablar. No sé por qué, me acerqué a ella, la rodeé con mis brazos y la apreté contra mi pecho. Su cuerpo convulsionado por el llanto me trasmitió el desconsuelo y la desazón que la embargaban. Pasado un tiempo que no soy capaz de calcular, mientras acariciaba su fino pelo y la miraba a los ojos como para reconocer algo que se me había escapado de la vida y que ahora momentáneamente disfrutaba, me dijo:
-Quiero que esto quede entre nosotros y que te vayas a la tumba, como yo me voy a ir, con este secreto. ¿Me oyes, hijo? Tu “madre” -dijo-, no debe saber que te he visto, no le des ese disgusto. A nuestra edad, hay cosas que no pueden resistirse y una se puede volver loca. ¡Hazlo por mí, hijo! ¡No le digas nada! Y ahora, -continuó, mientras una mueca que quería parecerse a una sonrisa apareció en su boca-, no me preguntes más nada y déjame marchar. Dejemos las cosas como están.
Acercó su cara a la mía, me besó, y casi sin darme cuenta, por el estado de confusión en que me encontraba, comprobé cómo se montaba en un coche que había estado aparcado cerca de nosotros todo el tiempo y que era un taxi con los colores característicos de la ciudad de Barcelona.
El vehículo se marchó por la calle Marina y yo me quedé solo y con la foto en la mano si saber qué hacer, sin saber quién era, quién fue mi padre y quién era en realidad esta señora que decía ser mi legítima madre.
Desde entonces llevo la foto en mi maletín. Ahora escribo con ella delante. No he comentado esto con nadie. No lo haré tampoco con la mujer que hasta ahora ha sido y seguirá siendo mi madre.
Un abismo se ha abierto ante mí. No sé si lo que he descrito, que es completamente cierto, es verdad o es mentira. Es decir, no sé si soy hijo de quien creía serlo o de la que me dice ahora que lo soy. Vivo como en una pesadilla de la que sé que no voy a despertar. Mientras tanto, sólo hago mirar la fotografía y pensar qué habría sido de mí si fuera cierto lo que mi supuesta madre me ha contado y hubiera vivido con ella. Evidentemente no sería lo que soy y sería otra cosa, pero, ¿quién sería? ¿Qué habría sido de mí si hubiera vivido otras circunstancias, otros espacios, otros abrazos en vez de los que en realidad he vivido?
Soy consciente de que esas preguntas no tienen respuestas. Creo que lo único que debo hacer es conservar la foto, como lo hago, y mirar a mis dos madres. He llorado mucho desde entonces. Y lo he hecho por el sufrimiento que ambas, si esto es cierto, han debido padecer a lo largo de la vida. Una, pensando en mi ausencia, y la otra en que podrían venir a por mí y apartarme de su vera. Un tormento. Sus vidas no debieron ser agradables. He llegado a la conclusión de que no tengo derecho a modificar las cosas. Ellas decidieron en su momento que esto debía ser así, y así será.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Lectura

From Particulares. Published on 18/11/2014.


Hoy me he levantado taciturno.
Salgo a la calle con un libro bajo el brazo, dispuesto a leer algo aprovechando la limpia luz de la mañana.
Me siento en un banco soleado y abro el texto por la hoja marcada.
Suenan las campanas de una iglesia cercana.
Escucho cómo los sonidos parecen metalizarse en el aire cambiando su tonalidad mientras se alejan.
¡Tann! ¡Tann! ¡Tann!
Así, hasta diez.
Luego, queda como un eco prolongado, como un vacío inesperado que me aflige.
En el interior de mis tímpanos, sin embargo, se repiten los minerales sones con la obstinación de un mantra que sólo yo conociera.
Poco a poco, voy recuperando el sonido del ambiente: el canto de los pájaros cercanos, el ruido del motor de un vehículo que atraviesa la carretera o el estertor de una puerta metálica que se enrolla en algún comercio a mis espaldas.
Me sumerjo de nuevo en el libro, y ya no oigo nada.
Paco Huelva
Noviembre de 1014

Aparcar en Isla Chica, una nueva dimensión

From Particulares. Published on 18/11/2014.

Una vez más y ya van tropecientas mil, los gestores del ayuntamiento demuestran su incapacidad crónica para planificar cualquier tipo obra en la ciudad por muy sencillo que sea. En este caso se trata del tradicional lavado de cara pre-electoral en el barrio de Isla Chica. De golpe y porrazo y después de años de […]

Inocente

From Particulares. Published on 17/11/2014.


La inocencia es un rasgo que abunda en nosotros y que vamos malgastando al mismo ritmo en que se nos escapa la vida.
Muchos filósofos de buhardilla han entretenido su tiempo con esta materia, lo que demuestra que el tema no es baladí.
Enfrascados como estamos -todos- en una guerra por la supervivencia, la inocencia ha de perder protagonismo en pro de conseguir los elementos esenciales que permitan vivir lo más dignamente posible. Porque eso es lo que nos queda, solo eso: dignidad.
Cuando el enemigo emplea el descaro y la intolerancia, hay que utilizar sus mismos métodos, de nada valen paños calientes y menos a esta altura de la película.
La inocencia, por tanto, es como el velo de la desposada: una blanca mortaja de nuestra virginidad intelectual.
En mi caso, prefiero seguir pasando por inocente en algunas materias, pero, como dice Cervantes en “La Gitanilla”: “No porque corra un navío tormento o se anegue, han de dejar los otros de navegar”.
Así que, al loro. Ya está bien de aguantar.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Si me necesitas, llámame, de Raymond Carver

From Particulares. Published on 17/11/2014.


Carver murió de un cáncer de pulmón a los cincuenta años de edad dejándonos huérfanos de un habilidoso poeta y mejor cuentista.
Hay quienes dicen que el minimalismo que esgrimió en sus escritos le fue impuesto por el editor Gordon Lish, que, incluso, se atrevió a reescribir el final de muchos de sus relatos, pero, polémicas aparte, Raymond Carver se convirtió por derecho propio en padre de lo que se denominó el “realismo sucio”.
Sus relatos, por la introspección psicológica que hace de los personajes, que la mayor de las veces son personas como él, tal que él… -dedicado a ocupaciones mal pagadas, luchando de forma continua contra la pobreza, llevado en volandas por la tragedia del alcoholismo, viviendo en una familia desestructurada-, tiene tal “veracidad” en la composición, que a uno le pareciera estar viendo esas escenas cotidianas que se enredan en las vidas de aquellos que poco o nada tienen, y que comienzan la vida con cada amanecer.
Debido a ese realismo (sucio, dicen) sus cuentos han sido llevados a la pantalla y a los escenarios con enorme éxito.
“Si me necesitas, llámame” (Edit. Anagrama) contiene cinco profundísimos relatos: El que da nombre al libro más “Leña”, “Qué queréis ver”, “Sueños” y “Vándalos”.
El libro fue publicado por su segunda esposa, la también escritora Tess Gallagher, diez años después de la muerte de Carver.
Carver fue traducido al japonés por Haruki Murakami, llevado al cine por Robert Altman, al teatro por Rafael Spregelburd…
Carver es un grande del relato, posiblemente el mejor escritor norteamericano de su década.
En los escuetos dramas contenidos en “Si me necesitas, llámame”, el lector se verá transportado a espacios inevitables en donde los seres humanos que lo habitan parecen compelidos a las más fatídicas de las suertes. Las infidelidades, aceptadas o no, el alcoholismo, la pasividad ante los acontecimientos, una cierta apatía casi congénita ante lo acontecido en derredor… un río incesante que arrastra a la sociedad hacia lo inevitable: su destrucción.
Por eso Carver, en esta Europa que se desmorona ante nuestros ojos, está más de moda que nunca.
Leer a Carver es una necesidad. Tan o más necesaria como cambiar las actuales estructuras de los sistemas de partidos en Europa.
Hay que darle una vuelta de tuerca al sistema y propiciar un cambio radical en la relación existente entre éstos y la ciudadanía.
O llegaremos a la apatía, a la desidia, al abandono… como los personajes de los relatos de Carver.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

El otro descampado de Isla Chica

From Particulares. Published on 17/11/2014.

De nuevo quiero denunciar el LAMENTABLE estado de abandono en que se encuentra la zona del “descampado ” que esta junto al colegio Reyes Católicos, donde se encuentra el “mercado de abastos ” de Isla Chica. Es decir la venta ambulante ilegal permitida por el Ayuntamiento. NO entiendo por que en esta zona de Huelva […]

Imágenes de España VIII

From Particulares. Published on 16/11/2014.

¿Un futuro libro?

From Particulares. Published on 15/11/2014.

Como he entregado una traducción y aún no me ha llegado otra, dispongo de una temporada de vacaciones, o de paro, según se mire. Así que he decidido dedicarme a escribir un libro que tenía en la cabeza desde hace un par de años. Se trata de algo así como “Grandes enigmas resueltos” y, naturalmente, no se trata de poesía ni de narrativa de ficción. Es un examen de diferentes misterios “irresolubles” planteados a la luz de la racionalidad, una denuncia crítica de las explicaciones sobrenaturales a ciertos fenómenos y sucesos. Por ejemplo, el Vuelo 19, la Sábana Santa, el monstruo del Lago Ness, el Triángulo de las Bermudas, etc. Sí, un libro escéptico, combativo y cañero.

Ayer terminé el primer capítulo, dedicado al misterio del Paso de Dyatlov, y hoy se lo di a leer a Eva. Dijo que el texto “se bebía”. Esa era la intención: atrapar al lector e ir suministrándole información poco a poco, que no pueda dejarlo. La verdad es que estoy muy ilusionado, aunque ni siquiera haya pensado dónde publicarlo cuando lo termine, si lo termino. Estoy disfrutando como un enano.

Eso sí, cuando me entre una traducción y me diga ven, lo dejaré todo, como en el bolero. Lo primero es ganarse el pan. Y esto otro es sembrar sin saber si habrá cosecha.

Tributos

From Particulares. Published on 13/11/2014.


Todo el que escribe, al igual que todo creador en el campo de las artes o las ciencias que fuere, está más cerca del manicomio que de la cordura; porque, la sensatez, incluso científica en sentido estricto, es una red que impone la sociedad para que de ella no salga más de lo que está permitido.
La política, la religión, la filosofía, las normas consuetudinarias o las reglas no escritas de la urbanidad en su caso, se encargan de fijar unos conceptos predeterminados que actúan como pegamento para fijar un modelo de sociedad dada para cada época y cada lugar.
Además, algunas religiones incluso no permiten pensar. Se acuerdan de aquella pregunta que nos hacían no hace mucho que más o menos venía a inquirir lo siguiente: ¿ha pecado usted de obra, o de pensamiento?
¡Tiene bemoles! Y no hace tanto, no.
Pensar nunca fue fácil. Hoy, como siempre, tampoco lo es. Y manifestar lo rumiado mucho menos.
A pocas personas se les permite en libertad (plena) ser independientes en sus manifestaciones; a excepción quizás de los genios, los extravagantes y los locos, y siempre que no hagan mucho ruido con sus elucubraciones.
Lo malo es que, entre ser una uva más del racimo -o eslabón de cadena-, hay quienes decidieron, en una encrucijada a la que debieron enfrentarse con dolor, hacer caso omiso de tales estipulaciones y dar rienda suelta a sus pensamientos al coste que fuera.
Las ataduras a nuestra libre exposición nos las impone el miedo y no otra causa: la censura en sus mil infinitas formas: el castigo que nos vendrá impuesto.
De ahí nace que se coarte la palabra, que se atempere el verbo, que se adapte el discurso a lo socialmente correcto.
Y esto es una pena, sí. Porque las palabras no asesinan, matan los hechos.
Mantenemos socialmente una careta helénica -tragicómica, habría que precisar- que impide ver nuestro rostro; en este caso del que hablamos, la angostura o la holgura del pensamiento, impidiendo además la posibilidad de entablar un diálogo franco, sereno, sosegado… socrático, si lo desean, que puedan llevar nuestras cuitas a buen puerto y de mutuo acuerdo: con consenso.
Y así nos va, claro.
Y las preguntas serían las siguientes: ¿Merece la pena pagar tantos tributos siendo la vida tan corta? ¿Es necesario seguir fagocitando los sueños?
Contéstese a placer. Nadie le oirá.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Teatro

From Particulares. Published on 12/11/2014.


La vida es un teatro sinfín donde los actores y actrices coexistimos en el escenario natural que nos contiene y desde el cual, interpretamos papeles que improvisamos en función de las circunstancias y de nuestro mejor saber y entender.
La coreografía varía con las estaciones y con la movilidad que precisen los papeles que encarnamos.
Lo malo del teatro de la vida es que hay muchos directores tras el telón y nadie nos da el libreto exacto que debemos escenificar.
La frustración y la esperanza marcan nuestros días como las dos caras de una misma moneda.
La satisfacción llega pocas veces y sólo por breves estadías.
Quienes aparentan conocer la obra que escenificamos están mintiendo porque los regidores cambian cada cierto tiempo y es imposible captar los designios que nos serán demandados mañana.
Llevamos cientos de miles de años representándonos y no hay forma de ofrecer una imagen de la humanidad medianamente digna.
Eso sí, casi siempre aplauden los mismos sectores. Un conjunto de elegidos que cada noche pasa por taquilla para llevarse el dinero recaudado con el sudor de los otros.
Al resto, sólo nos queda arrastrar por el entarimado el odio y la incomprensión hacia quienes constantemente readaptan el guión en beneficio propio.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Imágenes de España VII

From Particulares. Published on 12/11/2014.

Imágenes de España VI

From Particulares. Published on 11/11/2014.

Imágenes de España V

From Particulares. Published on 10/11/2014.

Maldito otoño (una huelvería)

From Particulares. Published on 06/11/2014.


Da un poco de frío el mar revuelto
que se avecina encharcando lo que somos.
Da un poco de frío perder el calor de la memoria
y observar cómo se inundan los pies de lodo.
Da un poco de frío saber que todo esto,
todo esto que nos envuelve nace de la ambición del lobo.
Da un poco de frío este deshojado otoño que pela
la carne de los huesos en beneficio de otros.
Da un poco de frío saber que aunque no haya remedio
el frío es siempre nuestro y el calor de otros.
Da un poco de frío, sí, este maldito otoño.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Eva Vaz, exploradora (V)

From Particulares. Published on 05/11/2014.

Un profesor de Lepe quiere que vaya a leer en su instituto. No hay problema, cuando quieras. Vale, pásame tu móvil. Y Eva busca el bolso, saca el móvil y se lo da, ante la cara de absoluto pasmo del otro.

Imagino que si un día la atracan y el atracador dice: ¡Dame el móvil!, ella dirá: 676…

Muertevida

From Particulares. Published on 05/11/2014.


Me he acercado a ella despacio, lentamente…
Procurando mantener la verticalidad sobre millones de rastros y socavones que montañean la desierta playa.
He acomodado mi cuerpo en la ventana de un chiringuito que se sumerge en el débil terreno abrigado por la blanca arena como un barco naufragado en los rigores del invierno, acosado constantemente por los elementos, vencido por dioses airados que la humanidad nunca pudo doblegar: el irascible viento, la destructora sal, la lluvia inclemente, el sol implacable.
La escucho hablar desde el poyete en que me instalo.
Su rum rum incesante me dice que está ahí y, aunque no la vea -un médano, una barrera de tierra que se pierde a mi derecha y a mi izquierda hecha de añicos de caracolas, de moluscos y de conchas variopintas, me lo impide-, intuyo la colosal fuerza que llevan sus humedales en los tirabuzones que rompen la batiente de forma incesante e implacable.
Me asusta este ritmo arcano del universo, su dinámico estar, su constante e imparable inercia.
La vida es eso: muertevidamuertevida. Elementos que nacen y que mueren para convertirse en otros elementos. Ya está: muertevida.
Sin embargo, la humanidad se niega a ver este principio esencial del universo. Preferimos negar la evidencia, agarrarnos a un puñado de quimeras y oscuras ambigüedades, esconderlo en su caso bajo la pátina de la incultura o el desconocimiento, destrozarlo, romper el ciclo, matarlo: asesinar la esencia que hace posible a los seres vivos.
Sus reflujos, sus idas y venidas que enlazan con la génesis que hizo posible esta pelota hecha de elementos básicos -en la que están incluidos tanto los seres animados como inanimados que la pueblan, que la conforman, que le dan forma- en que vivimos.
Ella, la mar, hasta ahora fue dadora de vida.
Hoy, muchos mares se han secado, salinizado o, en todo caso, están siendo contaminados por la humanidad, por los seres -afirman- más evolucionados de la cadena trófica.
El depredador de depredadores, el hombre, el verdugo que mata por placer de forma inclemente y sádica, consciente, ha elegido ahora como objetivo asesinar el planeta.
A esta distancia en que la oigo, sin verla, nadie diría que estuviese ahí si su ronroneo no dejara en mis oídos la esencia que conforma la imagen de su existencia, asperjada de sal, mareada de colores, empujada por ciclópeos nervios que expanden y recogen sus extremidades hechas de espuma blanca.
Imagino, en este instante, el bíblico gozo que supondría echar a andar sobre la arena y al llegar a sus crestas airadas y fuertes, subir por ellas hasta la cima de luna de plata que conforman sus aguas y pasear por su inmensidad gozando del desconocido abismo que se esconde en su líquida materialidad.
Un médano, hecho por constantes y modificadores reflujos me impide verla desde donde estoy. Pero, no importa, sé que está ahí y que aún tiene vida aunque no sé por cuánto tiempo.
La mar.
Desconocida charca donde nació la vida; sueño de poetas, nicho de marineros, depósito de víveres, espejo del sol, dura senda para pateras que transportan personas muertas en vida, autopista de yates flamantes y dorados donde viajan algunos de los asesinos del mundo…
¡La mar!
Decido marcharme hoy sin ver sus húmedas extremidades lamiendo la fina arena.
Me basta con su sonido, con su nítido ir y venir, con saber que todavía tiene vida… algo de vida.
Paco Huelva
Octubre de 2014

Seré tu amante bandido

From Particulares. Published on 05/11/2014.

boseEn España ese refrán
sobre el ascua y la sardina
es sin duda una doctrina
a la que muchos se dan.
Véase si no el vasto afán
interesado y ferviente
que ha surgido de repente
en sujetos de caché
notable como Bosé,
por Podemos y su gente.

Y yo, que soy mal poeta
empeñado en publicar
un poemario sin tardar
en Hiperión o Planeta,
me he propuesto echarle jeta,
¡y qué si a pancismo hiede!
Compondré, como procede,
un poemario dedicado
al Iglesias, titulado
“¡No a la casta!” o “¡Sí, se puede!”.

Vida de pueblo

From Particulares. Published on 05/11/2014.

La mayor parte de mi vida fui muy urbanita. Me gustaba la ciudad, las calles, la noche, la cultura, el ocio, el jaleo, el tráfico. Pensaba que la vida sólo podía estar en las ciudades, cuanto más grandes mejor. Luego cambié de vida y todo eso también cambió. Hoy sólo podría vivir en un pueblo, y no muy grande. Y, desde luego, me marchitaría en un lugar como Madrid, como Sevilla, incluso como Oviedo, que es de juguete, ciudades a las que me gusta mucho ir y en las que me alegro de no vivir.

Islantilla, si bien no tiene fisonomía de pueblo, es lo más parecido a vivir en un pueblo. Aunque sean pisos y urbanizaciones, hacemos vida de pueblo. Los que vivimos allí el año entero nos conocemos, los camareros y las cajeras te llaman por tu nombre, las distancias son cortas, la playa y las palmeras son todas para ti, aparcas donde te dé la gana y fumas donde te apetece. Sin prisas, con tus horarios, al ritmo lento del sol.

Hoy fui en coche a hacer recados. Por las calles había la gente justa para que hubiera vida, ni una persona más. Por la ventanilla abierta entraba el sol y la brisa del mar. Fui al estanco, al súper y a correos. El cielo estaba azul. No faltaba ni sobraba nada.

El resto del día lo he pasado en su mayor parte trabajando. Pero también he leído (Martin Amis), he visto la tele, he comido arroz y ahora escucho a Sufjan Stevens. Vida de pueblo. Vida.

Los demonios están pero ¿quién se acuerda de ellos?

El huevo de la serpiente

From Particulares. Published on 04/11/2014.


La ficción supone el único antídoto posible ante la deconstrucción de la arquitectura social que están llevando a cabo en la vieja Europa.
Como le ocurre a la mayoría de la ciudadanía del continente, en nuestras encrucijadas neuronales se enraíza la incertidumbre por saber qué cosas serán las venideras.
Thomas Carlyle mantenía que “la verdadera Universidad de hoy es una colección de libros”, y, los libros, hoy, están a nuestra disposición en cualquier biblioteca o en la misma Red si se desea; sólo hay que cogerlos, poseerlos, hacerse amante activo de ellos.
Esta semana he leído Diarios de Fernando Pessoa (Gadir), La sombra cazadora de Suso de Toro (Ediciones B), una historia que posee demasiado paralelismo con Blade Runner, la taquillera película de Ridley Scott, El diablo de Lev Tolstói (Galaxia Gutenberg), En ausencia de Blanca, del nuevo Príncipe de Asturias Muñoz Molina (Alfaguara) y, ahora, ando metido en faena con una novela poco conocida del republicano Vicente Blasco Ibáñez, La araña negra (Renacimiento), que pone de vuelta y media a la Iglesia en una extensa narración que se mantuvo prohibida y proscrita en tiempos del franquismo.
Pero, ni el relato o la novela peor escrita que puedan leerse, presenta un planteamiento tan espantoso como el que nos están escenificando en este teatro del absurdo que vivimos los políticos que nos gobiernan.
Por eso leo más, porque sus actos no tienen credibilidad alguna a diferencia de lo que ocurre en la narrativa, en donde es una condición necesaria para que sea verosímil.
Estamos manejados por oportunistas de saldo, por marionetas del Capital, por hombres de barro, por necios con aspiraciones, en definitiva… por políticos de pacotilla.
¿Cómo es posible, cómo, que después de los dos intentos de dominar Europa que llevó a cabo Alemania en el pasado siglo, el resto de países de este viejo continente, permita, sin rebelarse, que Alemania vuelva a intentarlo?
O se le corta el rollo a Alemania de forma tajante, por una coalición en la que deben estar a la fuerza Gran Bretaña y Francia, o volveremos, en términos de derechos sociales y de miserias, a las postrimerías de la primera Gran Guerra, esa que dibujó Ingmar Bergman cuando llevó a la pantalla El huevo de la serpiente.
(Publiqué este artículo en prensa el 7 de junio de 2013. Como puede colegirse no ha perdido vigencia ni me equivoqué un ápice).
Paco Huelva
Octubre de 2014


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