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Ciudadanía onubense

Casos Pujol

From Particulares. Published on 01/10/2014.

Aviso a navegantes. ¿O alguien piensa que en los gobiernos nacionalistas de Cataluña no queda ningún corrupto en activo…? Mañana Mas.

La banda de los números

From Particulares. Published on 30/09/2014.


Cuando se corrió la voz de su existencia se convirtieron en un fenómeno mediático. Los reporteros pasaban noches enteras en las esquinas, atrincherados, con los visores de las cámaras apuntando a las farmacias que no estaban de guardia, por intentar obtener una exclusiva.
“La banda de los números”, como se la llamaba, sólo daba un golpe al mes y siempre robaba lo mismo: analgésicos, antihipertensivos, cardiotónicos e hipnóticos.
Después de cada asalto dejaban un papel con cuatro números: 67, 83, 74 y 69.
Cada número estaba escrito por una persona distinta según el calígrafo de la policía.
Los cabalistas buscaron razones esotéricas y hasta masónicas para descifrar tal código.
Algunos decían que como la suma de todos los números por separado daba 50, algo tendría que significar eso.
Otros, que podría ser el número de un teléfono móvil al que le sustrajeron un dígito, que había que colocar tras el 67, con lo que obtendríamos 10 números de teléfono para investigar y tirar del hilo.
Ítem más, algunos rijosos, para disimular(se), dijeron que el hecho de que el 69 fuera la última cifra tenía claras connotaciones sexuales ciertamente reprobables.
Cuando se comprobó el pastel, la verdad se ofreció más simple, como casi siempre.
Los tan buscados elementos eran cuatro jubilados con edades de 67, 83, 74 y 69 años respectivamente, de profesiones ex policía, ex atracador de bancos, ex esteta y ex corredor de bolsa, por ese orden, que habían montado la “pandi” para robar las medicinas que les recetaba el médico y que no podían permitirse adquirir porque la habían excluido de la Seguridad Social.
El día de la vista la escalera que da acceso a la Audiencia Provincial era un geriátrico al aire libre.
Dada las altas temperaturas, 40º a la sombra, y la hora del juicio, las dos de la tarde, allí murieron ese día 2014 viejos, que quedaron extendidos en las aceras, el asfalto de la carretera, el césped seco de los nada regados jardines, y, algunos otros, desplomados como muñecos rotos sobre los coches recalentados de los magistrados que estaban en el aparcamiento oficial reservado para sus señorías.
Desde aquel trágico suceso, sin pactar nada ni con dios ni con el diablo, un espabilado ministro del gobierno de España decretó que estaba prohibido envejecer: ¡con dos cojones!
Y por eso ahora no se ven abuelos por lado alguno.
Los viejos andamos escondidos en la sierras, asilvestrados, y pensando en cómo dar un golpe de Estado y mandar a tomar por culo a estos antisociales administradores que gobiernan este puto país, sin tener en cuenta las necesidades que los mayores tenemos.
(Aclaración dickensiana: Esto no es un Cuento.)
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Derecho a decidir

From Particulares. Published on 30/09/2014.

Sí, por supuesto: de todas las personas (no sólo de algunas), en todas partes (no sólo en algunos lugares), en cualquier momento (no sólo en algunas ocasiones) y sobre cualquier asunto (no sólo sobre algunas cuestiones). Con las únicas limitaciones que imponga la cordura (no sólo de elecciones vive el demócrata: también ha de tener tiempo para vivir). Quien, sistemáticamente, niega el derecho a decidir o, sencillamente, no lo practica en el 99,9% de las ocasiones posibles, no está legitimado para reivindicarlo, aunque lo invoque mil veces. El hábito no hace al monje: debe predicarse con el ejemplo.

Fernando Arrabal, V Premio de las Letras Andaluzas

From Particulares. Published on 29/09/2014.


NOTA DE PRENSA
ENTREGA DEL V PREMIO DE LAS LETRAS
ANDALUZAS
“ELIO ANTONIO DE NEBRIJA”
A
D. FERNANDO ARRABAL.

El próximo viernes, día 3 de octubre, a las 12.00 horas, se llevará a cabo en los Reales Alcázares de Sevilla, el acto de entrega del V PREMIO DE LAS LETRAS ANDALUZAS “ELIO ANTONIO DE NEBRIJA”, que bajo el patrocinio de la FUNDACIÓN UNICAJA, y con la colaboración del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla y de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía viene a reconocer la trayectoria, el desempeño, de casi toda una vida de dedicación al bello arte de las letras desarrollada en Andalucía, Ceuta o Melilla por un escritor andaluz, ceutí o melillense.
La presente edición del PREMIO DE LAS LETRAS ANDALUZAS “ELIO ANTONIO DE NEBRIJA”, ha recaído en el escritor melillense D. FERNANDO ARRABAL, original creador de mundos, irrepetible y mágico. Conocido primordialmente como dramaturgo, Arrabal es además narrador, poeta, ensayista, pintor y cineasta. Provocador y apasionado, Arrabal puede ser considerado el autor español vivo más universal de nuestra literatura. Ha obtenido reconocimientos tan importantes como el Gran Premio de Teatro de la Academia Francesa, el Nadal y el Nabokov de novela, el Espasa de ensayo, el Mariano de Cavia de periodismo, el World’s Theater, el Wittgenstein, el Pasolini de cine y el Alessandro Manzoni de poesía, entre otros. En 2005 se le concedió la Legión de Honor de la República Francesa y, en 2007, fue nombrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Aristóteles de Grecia. Su nombre sigue barajándose como candidato al Cervantes y el Nobel. Por todo ello, D. FERNANDO ARRABAL, escritor de carácter excepcional, se ha hecho merecedor del reconocimiento de los escritores andaluces, resaltando su destacada y polifacética labor en el ámbito de las letras.
La entrega del Premio de las Letras Andaluzas “Elio Antonio de Nebrija” contará con la presencia de D. Juan Ignacio Zoido (alcalde de la ciudad), María Dolores Cano (directora Obra Social UNICAJA), D. Luciano Alonso (consejero de Cultura de la Junta de Andalucía), D. Manuel Gahete (presidente de ACE Andalucía), así como del propio homenajeado, D. Fernando Arrabal.
PARA MÁS INFORMACIÓN:
MANUEL GAHETE (presidente): 636.49.55.13
JOSÉ SARRIA (secretario general): 600.97.68.37
PEDRO LUIS IBÁÑEZ LÉRIDA
(delegado ACE en Sevilla): 627.20.44.90
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Jacaranda XI

From Particulares. Published on 29/09/2014.


La relación (Cont.)
Pero, en ese día tan deseado por Gertrudis ocurrieron varias cosas portentosas dignas de ser mencionadas en esta historia. La primera es que, Prudencio, que como se ha dicho tenía quince años y no conocía hembra, esto último no se ha dicho pero se da por sentado, se encontró con semejante mujer, desnuda, y con las carnes abiertas a su entera disposición y manejo.
La segunda es que cuando el zagal empezó a desembarazarse de los pantalones y Gertrudis pudo ver lo que tenía ante sí, pegó un grito como histérico al comprobar el asombroso equipamiento con que dios y todos los santos del cielo habían dotado a este muchacho, hasta el punto que temió ser atravesada como un san Sebastián por semejante lanza, pero, a pesar de todo, no con poco esfuerzo, consiguió hacerse con la misma y enterrarla toda, entera, en su abandonado por quien debía, cuerpo.
Por último, y quizá los menos creíble para una mente sensata, aunque cosas peores ocurren, Prudencio, el mudo, justo cuando fue a coronar el primer ayuntamiento de ambos cuerpos, pegó un grito diciendo: ¡Joder, señora, por qué no ha venido usted antes a hacerme esto!
En ese instante de máximo goce y ante lo extraño del caso, Gertrudis sufrió un desmayo, no se sabe si por el agotamiento del agarre con semejante macho, que nada tendría de despropósito, o por el hecho de que un mudo viniera a palabrear tales frases cuando realizaba determinados esparcimientos.
El caso es que, como sabemos, el mudo ya no era tal mudo, y que, Gertrudis, ahora, tenía un magnífico amante con quien desfogar sus anteriores desvelos pero no una coartada aceptable si el asunto llegaba a oídos de terceros.
Ambos, ese primer día, al que sucedieron otros cuando las ocasiones fueron propicias, y, después de dar Prudencio las explicaciones pertinentes de que no sabía cómo había recuperado el habla pero, que debía ser por la emoción del momento, decía, se engancharon infinidad de veces y se prometieron serse fieles hasta la muerte. Lo propio de dos amantes encontrados, ni más ni menos.
Pero, lo más interesante está por llegar y se dirá a continuación, y es que, por necesidades de la trama, Gertrudis ha de ser la mujer de Servando, el alcalde, con quien se casó siendo ella una niña, con sólo dieciséis años, teniendo Servando porte de hombre entero, solterón y borrachín, de aproximadamente cuarenta aniversarios.
Esto, claro, trae lo que trae, y por tanto nada tiene de raro lo dicho, aunque lo estemos inventando.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Huelva, Zona Centro

From Particulares. Published on 29/09/2014.

Archivado en: Casas Desaparecidas, Colaboraciones, Crítica Social, Dejadez, Protesta, Redacción, Urbanismo Tagged: abandono, Antiguo Mercado del Carmen, aparcamiento, Ayuntamiento de Huelva, Concha, Dejadez, Huelva, Interludio, José, Kaery Amanecer, Mercado del Carmen, Oruga, Plaza Mayor, Plaza Mayor de Huelva, Solar, Solares vacíos, suciedad

Asesinato con testigo (una huelvería)

From Particulares. Published on 28/09/2014.


La amarga sonrisa de un niño, asombrado
ante lo que no entiende: brujas y angelitos
revueltos en el vozarrón de un padre, que empuja
y juega, y empuja a su madre, jugando.

Griterío sólo por él oído, en aquel merendero,
aquél donde el padre quiso ir, al campo;
aquél donde sin nadie saberlo, su madre
quedó tendida, aquietada y muerta.

Aquél donde el padre arrancó el coche y voló
como un Batman ciego, que olvidó salvar al niño,
solo, y rescatarlo de los malos que habitan
en la cerrazón de la noche oscura.

Con una madre quieta, que dejó de hablar, pero,
que para consolarle, aún quieta, dormida,
muy dormida, mantuvo los ojos abiertos
como luceros, reflejando la luna llena.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

El otro

From Particulares. Published on 28/09/2014.


He entrado en un lugar que se parece a mi despacho y puede que en algún momento lo fuera.
No obstante, debo afirmar que dicha sala me resulta algo inquietante. El sillón donde habitualmente me siento no está regulado a mi altura. El cenicero está al otro lado de la mesa donde suelo utilizarlo. Y aunque la documentación que tengo que analizar o responder, me resulta ajena, a pesar de todo no le doy más importancia para no levantar sospechas porque siempre me ha gustado pasar desapercibido en lo posible.
Llamo a mi secretaria por el interfono y nadie responde, puede que haya salido a desayunar, me digo.
Al cabo del rato, empiezo a sospechar seriamente de que el despacho que ocupo puede no ser el mío. Abro la correspondencia que me entrega una ordenanza y su contenido me resulta insólito. No sé lo que debo hacer con ella. ¿Me habrán cambiado los jefes la tarea que desempeñaba hasta ahora sin comunicármelo?
Me levanto para sacar un café en la máquina que he visto al entrar, en el pasillo. En el cristal de la misma veo una figura desconocida que no concuerda con la mía. Me muevo -con cierto nerviosismo- y la imagen lo hace al compás inverso devolviéndome la tendencia de un organismo que no es el mío, que no es mi cuerpo.
Dejo el café en la repisa de la máquina y entro en unos aseos que atisbo al final del pasillo. Con asombro veo en el espejo a alguien que desconozco. Me agarro al lavabo para no desmayarme mientras sigo mirando al otro: al que está dentro del espejo.
¡He amanecido en el cuerpo de otro!
Las piernas me tiemblan -apenas pueden sostenerme- y mi corazón -o del que fuere- amenaza con salir fuera del lugar habitual para dichas vísceras. La duda me asalta -convulsionando mi cuerpo- porque no sé si soy yo o el otro. Tampoco sé lo que me interesa más en estos momentos y si debo llamarme como me llamo o de otra manera que desconozco.
Decido conservar la calma y hacer como si no supiera nada, como si realmente nada inconcebible hubiera pasado en mi vida. Normalidad, me digo. Ante todo tranquilidad, mucha tranquilidad. Creo que es lo más aconsejable en estos momentos.
Me dedicaré a ejecutar lo que me ordenen. Si lo hago así, a lo mejor nadie lo nota.
Pero, ¿quién soy ahora?
No importa. Seré lo que deba ser. Cuando sabía quién era y estaba en mi cuerpo también dudaba de que estuviera comportándome como los demás esperaban que lo hiciere. Por tanto qué más da. Me acostumbraré.
Sé que ahora voy por el mundo engañando a la gente. Yo no soy quien aparento. Me pregunto en cuántos cuerpos he estado con anterioridad o cuántas personas he sido antes de ser la que ahora soy.
No sé contestar.
Decido que tampoco importa. Antes de que me ocurriera esto -que ahora escribo por desahogarme- tuve tiempo de aprender que los demás tampoco son tal como se me ofrecen.
Vuelvo a la cafetera y tomo el café que dejé en la repisa; me siento en el sillón del despacho luego de regularlo a mi altura y comienzo a estudiar la tarea que se me ha encargado.
Los sobres que me han entregado van dirigidos a un tal Francisco Huelva Cala; a partir de ahora deberé llamarme así, será lo mejor. Al final, opto por llamarme Paco. Paco Huelva. Lo repito en voz alta varias veces para acostumbrarme a su sonido. Mientras estoy en estas tareas de reconocimiento, suena el teléfono:
¿Paco Huelva? -preguntan.
¡Sí, dígame! -contesto.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

El inmigrante

From Particulares. Published on 27/09/2014.


El odio es un tren sin maquinista que circula a revientacaldera y anula la cordura que debiera presidir nuestros actos. A estas alturas de mi vida he vivido lo suficiente como para sentirme culpable de todo lo que a mi redor ocurre y también, para no sentir culpabilidad por nada.
Esa dualidad es la que a cierta edad conforma el enigmático destino de todos los hombres: una lucha interna que carga las tintas en una u otra posición e incluso, en ambas a la vez.
Cuando esto ocurre puede aparecer la locura, ese estigma que tergiversa los actos de muchas personas enredándolas en los hilos imaginarios de sus propias omisiones o acciones.
Hoy, mientras esperaba en una acera de nuestra ciudad, que hubiera podido ser un arcén de cualquier pueblo o ciudad del mundo, he mirado a mi diestra y me he encontrado con los ojos huidizos, temerosos, de un emigrante.
En sus pupilas he visto la fría nevada que pone en los ojos la ausencia de cariño, de alimentos y del sustento mínimo que necesita cualquier persona para vivir dignamente. Elementos todos que están más cerca de la animalidad que de la humanidad.
En un artículo de Jesús Ferrero sobre Luis Buñuel, leí que alguien le preguntaba a éste por el significado de la muerte y el maestro, que también supo mucho de exilios, contestaba lo siguiente: “…la muerte es la desaparición de la memoria. La muerte empieza a actuar en la memoria antes que en la carne y antes que en la piel. La angustia más horrenda debe ser la de sentirse vivo y no saber quién eres.”
Mirando de soslayo a mi vecino comprobé que el exilio trae consigo la ausencia de la identidad. Que es una muerte en vida diferente a la biológica pero no menos real y traicionera.
En todos los movimientos, en todos los gestos y en todas las actitudes de mi anónimo compañero circunstancial, estaba reflejado el miedo.
En su novela “Raj” dice Gita Mehta -una excelente escritora de Nueva Delhi de la que hay que leer aparte de la novela citada, “Karma Cola” y “Sutra del río”- que… “un hombre no puede gobernar(se) si no hace frente a su propio miedo”. Pero cómo hacerlo en un mundo que desprecia nuestros distintos orígenes y que, dada su diversidad, en cuanto las personas nos movemos geográficamente un poco desconocemos las costumbres más elementales y básicas para relacionarlos en el lugar al que llegamos.
Salman Rushdie -otro exiliado; en este caso por la intolerancia religiosa- dice en “Vergüenza” que los escritores, como todos los emigrantes, son forjadores de fantasías. Pero las fantasías como los sueños están hechas básicamente con los mismos mimbres, nada tienen que ver con la cruda e inhóspita realidad.
Las naciones desarrolladas se están convirtiendo en palimpsestos, en universos cerrados que los políticos pretenden mantener inalterables pero que esconden en sí, que ocultan en sus entresijos pinturas y escritos diferentes que no queremos observar en nuestro diario deambular.
No se puede vejar de esta forma a los seres humanos, sean cuales fueren su nacionalidad, color o religión. Si continuamos humillando a las personas de otras razas -de esta forma- el tiempo necesario, la ira estallará entre nosotros. Dice Rushdie que las capitales son, cada vez más, como campos de concentración, y uno no puede más que temblar de indignación ante la certeza que la frase conlleva
Cuando el semáforo cambió su color decidí dejar mis ocupaciones y con sigilo seguir al emigrante.
Su andar era rápido, decidido, como quien no desea despertar sospechas y tiene un objetivo claro que persigue con ahínco y por ello no puede demorarse un instante; y, efectivamente, así era: lo tenía.
Después de deambular por varias calles tras él y siguiendo su estela, se paró en los contenedores de basura de una gran superficie dedicada al servicio de comida rápida; extrajo una bolsa del bolsillo, miró alrededor, fijó sus ojos en mi persona, su único testigo, y tumbando uno de los contenedores empezó a hurgar recogiendo trozos de hamburguesas, patatas fritas y rebordes de pizzas que metía con una rapidez inusitada dentro del verde plástico.
Repitió la misma operación en los tres depósitos restantes.
Acabada la recogida me miró y encaminó sus pasos hacia mí. En un acto de cobardía, miedo y vergüenza, hice intención de retirarme acercándome a la esquina de la calle donde estaba. En ese momento un viento inusitado me envolvió. Parecía que el aire estuviese escondido allí para cuando hubiese de salir.
Pensé que lo mismo que existen iglesias en todos los lugares, sean de la religión que fueren, Eolo también posee sus territorios en todos los municipios, y en Huelva, la ermita del dios de los vientos, radicaba en esa esquina y su manifestación airada debía contener algún mal augurio.
Decidí dar unos pasos hacia atrás y resguardarme de sus efectos malignos.
El emigrante con su bolsa de comida de desecho en la mano izquierda, se paró ante mí mirándome de frente. Precedida de una inclinación de su cabeza me preguntó que por qué lo seguía. Contesté que no sabía, que lo había hecho sin ninguna intención, que no había podido desechar mi curiosidad hacia su persona.
Hablaba un español bastante preciso. Le pregunté si no se ofendía si lo invitaba a comer. Después de mirarme intensamente con sus grandes ojos enmarcados en su negra piel, contestó que estaría encantado, que llevaba casi un mes comiendo de los cubos de basura.
M. -lo llamaremos M.- ha estudiado filología y se ha especializado en literatura española y portuguesa. Ha nacido en Tombuctú, y es, según dice, descendiente de andalusíes.
Cuando manifesté mi sorpresa y le pregunté más detalles acerca de sus ascendientes, me dijo que había venido a Portugal y a España buscando sus raíces y una oportunidad para la vida. Que en la universidad de su país y buscando en la red, encontró un manifiesto firmado por intelectuales en febrero de 2000, entre los que se encontraban entre otros, José Saramago, Antonio Muñoz Molina, Juan Goytisolo y José Ángel Valente hablando sobre las vitelas y pergaminos del Fondo Kati que está depositado en su pueblo.
Mientras comíamos me habló de que allí, en Tombuctú, en el corazón de África, hay escondidos cinco siglos de historia que conforman el pasado de Andalucía.
M., dado su interés por la literatura, había estado también en Lisboa, donde llegó en un barco mercante como polizonte buscando la estela de Pessoa, uno de sus escritores occidentales favoritos. Había estado paseando por la Plaza de Rossío, donde la estatua del escritor sigue firme con un libro abierto sobre la cabeza, en esa actitud entre irreverente y cínica que lo corona de letras bajo el arco y que permite acceder al puerto que otrora comunicó al imperio portugués con las colonias africanas.
Insuflado de dicha por poder hablar de literatura con alguien después de tanto tiempo, me explicó cómo soñaba en su país con encontrar los rastros de los heterónimos del escritor portugués: Alberto Caeiro, Ricardo Reis o Álvaro de Campos o, lo que sería el colmo, dijo con una amplia sonrisa de dientes grandes y nacarados, con su ortónimo, el propio Fernando Pessoa.
Pero que, aunque eso evidentemente no ocurrió, había llenado varias libretas -que sacó de un bolso que llevaba en bandolera- escritas en un idioma desconocido para mí, infinidad de sueños -como todo lo que en definitiva hacen los escritores-, que me hubiera gustado traducir y conocer y que, si el destino lo permitía, les servirían de base para sus próximos relatos y cuentos.
Cuando nos despedimos, con cierta nostalgia he de reconocer, se marchó mirando atrás de cuando en cuando para saludar, con sus libretas y su bolsa de desechos alimenticios.
No he tenido más noticias suyas a pesar de que le di mi teléfono de contacto. M. puede estar cogiendo fresas, prostituyéndose para comer o simplemente muerto.
Sólo una cosa más hoy, querido lector, según Julián Sauquillo, reconocer la diversidad abarca no sólo soportar al otro sino también comprenderlo. Tolerar (del latín tollere) requiere argumentar con el otro, reconocerle y rechazar el daño que le inflige el intransigente.
Cada lenguaje determina los límites de un mundo explícito, su coherencia, su lógica y su particular cohesión de la realidad; por esa razón, es necesario que en Occidente adecuemos el lenguaje a nuestra nueva realidad. Debemos configurar un espacio que sea un mosaico de culturas y que sepa rechazar con contundencia actitudes hostiles y xenófobas, porque, no lo dude, usted o sus hijos, en cualquier momento, pueden ser también inmigrantes.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

La cantata del Pernales

From Particulares. Published on 27/09/2014.

Don Minero

From Particulares. Published on 25/09/2014.


Hace algún tiempo y por enfermedad de un familiar pasé una noche en el hospital de Riotinto. Tuve la suerte de encontrar a una hombre de cierta edad -o sea, viejo, muy viejo-, “flaco, desgarbado y de una fealdad que ronda lo sublime; un bigote enorme, sucio y maloliente…, de desdentada boca” y que, además, “gazapea descompasadamente sobre una descomunal pata de palo”.
Su nombre, cuando me fue dado, me hizo dudar de su estado mental: “me llamo Don Minero”, dijo, y se quedó mirándome con recelo a través de unos ojos interrogadores y vivaces enmarcados en una cara de mil pliegues donde, una boca desdentada rompe horizontalmente los surcos verticales que conforman su renegrida estampa.
Pero, Don Minero, después de observarme detenidamente y mientras paseábamos por el pasillo de la segunda planta del hospital, empezó a hablar de la Cuenca Minera con un conocimiento tal que más parecía que hubiera sido el registrador o el notario de todo lo acontecido en esta tierra desde hacía miles de años.
Don Minero rumió durante seis horas ininterrumpidas… Hablaba y hablaba, como si su boca fuese un venero conectado directamente con la historia nunca contada de una comarca hecha a sí misma a base de sufrimientos.
Describió -con frases directas, sin barroquismos innecesarios- cómo antaño, en la Cuenca, los niños y las mujeres transportaban el mineral en una panera sobre la cabeza, que hacían descansar en una morcilla de trapo y que suponía a la postre el que obtuvieran una incipiente calvicie. Niños y mujeres, que eran la base de la mano de obra barata utilizada por los señoritos ingleses para barcalear el mineral.
Me habló del calor insoportable, de los gases sulfurosos que emanaban de los hornos y de la tiranía de los capataces. De cómo se preparaban las piritas calcinándolas al aire libre y de cómo la manta de humo tóxico destrozaba los pulmones de los mineros y sus familiares, aparte de hacer desaparecer las cosechas y marchitar la floresta del entorno.
Don Minero me dijo, que, en los días de poco viento y cuando el aire se hacía insoportable, tocaban una sirena y permitían a los obreros que abandonaran el tajo y pudieran buscar las alturas, pero, luego, les descontaban las horas en que habían estado fuera: no se las pagaban.
De cómo un cuatro de febrero, en la Plaza de la Constitución -donde estaba el antiguo Ayuntamiento de Riotinto-, se reunieron varias manifestaciones procedentes de toda la Cuenca para protestar por las insufribles e insoportables condiciones laborales.
Allí, en esa plaza, estaban esperándoles un montón de soldados con fusiles que, a una señal de alguien, se pusieron de rodillas y encararon sus armas disparando contra la multitud y dejando un reguero de sangre, dolor y odio que todavía perdura en el subconsciente colectivo.
Me explicó con todo lujo de detalles que una noche densa en aguas negras y en desgracias, hubo un corrimiento de tierras que se tragó a la mayor parte del pueblo y que el 15 de septiembre de 1916, se consumó su desintegración con la voladura de la iglesia que hizo desaparecer definitivamente el asentamiento original.
Las causas de este suceso funesto nunca estuvieron claras, “quizá la mina debía avanzar por ahí”, dice Don Minero, “pero eso…, es secreto de La Compañía, dueña y señora del suelo y del subsuelo…, del aire, del pan, del agua, de la sangre…, y de los sentimientos.”
Me habló de cómo uno de los directores -de los amos- llamado Mr. Browning, cuando había elecciones, colocaba en toda la Cuenca edictos que decían:
“Yo, Walter Browning, Director de la Río Tinto Company Limited ORDENO Y MANDO: Que los nombres que hay que votar en las próximas elecciones provinciales, son los siguientes: …”
“Niños famélicos, ausentes, sin juegos ni sonrisas, miran cansados y hambrientos, con ojos sorprendidos, el paso detenido de las horas”, continuaba mi interlocutor, mientras su pata de palo marcaba el ritmo de nuestros pasos por el pasillo, así como la cadencia de su verborrea incesante.
Don Minero fue para mí, en aquella noche reveladora, todo un descubrimiento del sufrimiento de una serie de pueblos marcados a fuego por los vaivenes del negocio minero.
Don Minero es un almuédano que desde el alminar de la conciencia de la Cuenca Minera de Huelva, evoca la memoria de una comarca que ha sufrido durante milenios el avasallamiento impuesto por los especuladores. Los de antes y los de ahora, los de este día en que escribo.
Amos que llegaron al olor del mineral escondido en la tierra y que usaron a sus moradores como bestias de carga. Don Minero es la conciencia de una sociedad agredida; la memoria real de la Historia siempre amputada por los que la escriben con intereses espurios.
Yo les invito a que conozcan a Don Minero. Ello es posible. Don Minero es el personaje de “Cuentos del viejo capataz”, escrito por el tan añorado poeta Juan Delgado.
Quiero aprovechar esta tribuna para que aquellos que tienen en sus manos la posibilidad de revivificar -que diría otro poeta, el Nobel de Moguer- las minas abandonadas de Huelva, hagan lo posible para que el capital, el maldito capital sin el cual no hay vida para mucha gente, vuelva a invertirse en ellas si son viables, y resuelvan de una puñetera vez la indigencia y el abandono en que viven multitud de familias que se quedaron al pairo del progreso.
Sé, porque lo sé, que algunos líderes políticos de municipios de la Cuenca Minera están poniendo zancadillas para que ciertos proyectos no salgan adelante por meras cuestiones partidistas.
Para ellos y para los estrategas de su partido, sólo una frase: ¡Ojalá los parta un rayo, miserables!
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Las pistas del parque Francisco Jiménez, abandonadas desde hace 15 años

From Particulares. Published on 25/09/2014.

Quisiera realizar una queja sobre el estado de abandono  en que se encuentran dos pistas deportivas que hay dentro del parque Francisco Jiménez situado entre la calle Punta Umbría del Nuevo Molino y la barriada Navidad. El Ayuntamiento de Huelva nunca a hecho ningún tipo de mantenimiento a estas dos pistas en los mas de […]

Limbo

From Particulares. Published on 24/09/2014.

pro-vidaTres años han necesitado los autodenominados Provida para caer en la cuenta de que Rajoy no es más que es un mentiroso compulsivo. Debe ser que han estado morando en uno de esos cada vez más numerosos universos para-lelos. O en otra época. Tal vez en la Edad Media.

Disquisiciones

From Particulares. Published on 23/09/2014.


Hay un momento en la vida de cada persona que reflexionando sobre sí, ha de preguntarse si mereció la pena el esfuerzo llevado a cabo hasta llegar a ser lo que es.
Este curioseo -aparte de tener muchas respuestas, tantas como individuos- viene aparejado con el desasosiego que nos produce el hecho de que enfrentados a un espejo, no nos reconocemos en la imagen que nos reintegra.
Tiene el espejo esa cualidad de devolvernos un dibujo de alguien que se parece a nosotros pero que no somos realmente nosotros.
Vivimos instalados en una quimérica ambigüedad. Nuestro conocimiento de las cosas es tan ínfimo que cuando hablamos o tratamos de comunicarnos con alguien, puede ocurrir que a pesar de utilizar los mismos signos de lenguaje, nuestros ideogramas sean incomprensibles para el otro.
Además, nos han educado para reservarnos, para no decir lo que pensamos. La verdad, nuestra verdad, casi nunca sale a flote: siempre queda escondida, a oscuras en no se sabe qué recovecos aunque a veces no lo hagamos de manera intencionada, simplemente la ocultamos por no sabemos qué miedo o absurda prevención.
Somos actores que interpretan un personaje -en la familia, en el trabajo, en nuestras relaciones sexuales incluso- que nada tiene que ver con el que somos.
El mundo es un gran teatro donde por desgracia, nuestra individualidad se pierde para formar parte de una cadena que tira de nosotros hacia un inevitable destino: el modelo de sociedad donde hayamos nacido o estemos inmersos.
Cada uno de nosotros es un pequeño “museo de minucias efímeras” -como denominaba Borges a los periódicos- donde resulta casi imposible no rozar la locura.
La capacidad humana para interrogarse tiene estos inconvenientes; si ponemos encima de la mesa todas las respuestas posibles, el análisis de las mismas y su confrontación con la dura realidad en que nos vemos inmersos, podría hacer que nos perdiéramos por siempre en el camino.
En este sendero de incomprensión no hay más luz que la del entendimiento, la que nace del conocimiento de las cosas, de la formación individual, de la discrepancia continua de pareceres, de la osadía de ser uno mismo y gritar lo que piensa, de rechazar las imposiciones, de negar las evidencias no contrastadas: de ser, no de estar.
Ahora que se nos vienen encima tres elecciones en poco más de un año, habría que hacer un esfuerzo para dilucidar qué cosa es la que nos están vendiendo.
De pequeño, en mi pueblo, cuando una persona mayor no me reconocía preguntaba: “Niño ¿tú de quién eres?” Y en cuanto le decía la cepa de la que broté me localizaba.
Bueno, pues esa inquisitoria que también pusiera de moda el grupo “No me pises que llevo chanclas”, hay que dirigirla ahora, en los próximos meses, a los líderes políticos.
Tú de dónde has salido, qué vendes, qué ofreces, cómo lo vas a hacer, quiénes te acompañan, cómo vas a resolver esto y lo otro…
En fin… hay que mojarse y preguntar sin miedo. Escoger, y desechar el resto. Apostar, vamos.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Adieu

From Particulares. Published on 23/09/2014.

Hoy el día era deslumbrante y presagiaba buenas noticias. Tengo la costumbre de levantarme a las 9 y media para ver “Crímenes imperfectos” en la 6. Nada como un buen crimen para desayunar. Piscina, varias horas de trabajo, el vermú con Eva y Pilar en una terraza desierta de La Antilla…

Y de tarde la buena noticia. Adiós, Alberto, no vuelvas, ya has hecho bastante: convertir la justicia en un bien inalcanzable gracias a tus tasas, dar alas a los mal llamados “pro-vida”, enredar al personal durante tres años, repartir indultos injustos…

Tú sí que has sido un crimen… imperfecto.

Jacaranda X

From Particulares. Published on 23/09/2014.


LA RELACIÓN
Si retrocedemos aproximadamente unos seis meses en el discurrir de esta historia, que, como dijimos, se va inventando al paso, deberíamos abordar ahora, entiende el narrador, de qué sucesos hablan Prudencio y Anastasio, que no saben que están siendo oídos por la alcahueta de “su sobrina”, y que además, como el lector avispado habrá intuido, no es su sobrina, sino la compañera, por otro lado necesaria -no seamos más papistas que los meapilas conservadores- que convive de forma habitual con una buena parte del clero para desfogar las ansias amatorias y de paso, para tener arreglado de forma más o menos decente sus aposentos.
Gertrudis es aún una mujer joven, entendiendo por tal, que está en esa edad en la que, teniendo aún deseos de gozar de los placeres que el sexo proporciona, y dándose la circunstancia de ser mucho más joven que su marido y no pudiendo sofocar de manera plena los acaloramientos que tales circunstancias provocan, pasaba algunas mañanas… algunas tardes y algunas noches, deseando que un hombre viniera a ocupar la profunda oquedad que la inapetencia de su esposo había dejado arrumbada en su cuerpo, como única forma de volver a la vida que, poco a poco, se marchaba del espejo en que diariamente se miraba.
Y resultó que Gertrudis, como es natural en tales enjundias, vino a dar con una solución, desde luego nada novedosa ni siquiera literariamente, pero que nos servirá por ahora para seguir escribiendo, que es lo que el narrador, y perdone el lector, trae entre manos, para que siga habiendo lector y desde luego narración.
Gertrudis, un día que se bañaba en la caldera grande de zinc, que hizo comprar a su marido antes de las nupcias, y, mientras se frotaba con un paño enjabonado recreándose allí en donde más satisfacción recibía, pegó un brinco de golpe, y dijo: ¡Claro, Gertrudis, esa es la solución…! ¡Pareces tonta! ¡No hay otra!
Y como si hubiera visto abiertas las puertas de la cárcel en que se encontraba presa, se arregló lo que pudo y quiso, y salió a realizar su aguardo; o sea, comenzó a asediar a su presa hasta que, como es lógico, porque todo lo que se busca con ahínco y fruición, digan lo que digan los que deben o no decirlo, se encuentra, Gertrudis halló el momento propicio para desencadenar lo que vendrá y que forma parte necesaria de la acción que se le pide a este relato.
Ocurrió que, al quinto día de tales pesquisas, vio salir para la huerta, solo, por fin de una vez solo, porque siempre iba acompañado de su padrastro, al mulato de la Josefa, el hijo mudo que tuvo con el Jacaranda.
Prudencio, que así sabemos que se llama, era el complemento ideal para los apaños que deseaba, porque, aunque quisiera, no podría decir nada del asunto al ser mudo.
¡No hablaba, no podía hacerlo!
Prudencio marchaba solo ese día, porque, su tutor, llamémosle así, es más fino, había empinado la badana algo más de lo debido el día anterior y, como cada vez que eso ocurría, se presentaría más tarde al trabajo alegando sinrazones y dolores de cabeza.
Allí, con prontitud y destreza, bajo el alpende en donde padrastro e hijastro se refugiaban en las horas de mucho calor o tormentas, Gertrudis, desahogó por fin las ganas de macho que la traían sin poder dormir y que, como se explicó, arreciaban hacía algún tiempo con llevarse su vida, la vida, de un sofocón mal tratado, o, mejor dicho, nada nada tratado.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Jacaranda IX

From Particulares. Published on 22/09/2014.


La estrategia (Cont.)
Prudencio llegó a casa solo. Su padrastro, como todos los días del año, se quedó en el colmado de Rufino para chatear vinos con los amigos. Cuando Josefa, con gesto compungido y requiriendo una respuesta con los ojos, con las manos, con todo el cuerpo… en un imploro de dolorosa le informó a su hijo de la visita del cura, a éste le cambió la cara hasta el punto de palidecer, cosa extraña en personas con una pigmentación inadecuada para tal efecto como era la suya, pero bueno.
Prudencio soltó la cesta de los avíos y sin decir palabra, como sabemos era mudo, salió acompañado de Sultán, sólo por tenerlo cerca por si acaso. No le gustaba nada esta repentina y urgente llamada del cura e intuía de qué cosa querría hablar, cuestión que le puso de los nervios dado que no sabía cómo resolverla ni qué consecuencias nefastas iban a traer en su futuro inmediato.
Mientras caminaba por las desiertas calles en dirección a la casa en que residía don Anastasio, junto con su sobrina, trajinaba sobre la mejor forma de encauzar el lío en que se había metido, y todo por haber sucumbido a los requerimientos que se le hicieron, al principio con temor y vergüenza, pero, luego, con un placer desbordado que no podía controlar.
Al llegar a la casa llamó al portón y, desde el interior, la voz del cura contestó “¡pasa!”. En ese momento Sultán salió corriendo calle arriba como si fuera detrás de una liebre y antes de que se diera cuenta, había doblado el recodo de la esquina, a pesar de las demandas de regreso que le realizó a grito pelado para que volviera.
Cuando entró, preocupado también por la insólita actuación del perro al que ya ajustaría las cuentas cuando pudiera, se encontró al cura comiendo, quien le indicó con la mano que se sentara en una silla del salón y continuó masticando con total tranquilidad como si estuviera más solo que la una en el mismo. Cuando finalizó, sorbió de un trago un último vaso de vino, y dijo:
-Bueno… pues tenemos aquí a la mosquita muerta del Prudencio, que es un buen chico, que no habla porque es mudo, y que se lleva con todo el mundo bien… ¿no, Prudencio?
Prudencio se revolvió en la silla como si le hubiera picado una tarántula y agachó los ojos mirándose las alpargatas, como si aparte de ser mudo fuera también sordo como una tapia. Cosa que no sería creíble para cualquier observador y el cura lo era dado su oficio, y, además, muy sagaz. Una aureola de rubor, de sangre acumulada, de callejón sin salida, de culpabilidad manifiesta… se había instalado en su cara, en sus temblorosas manos y en el resto del cuerpo, haciéndole tiritar como un flan de nata cuando se pone en una mesa.
-Entonces, Prudencio ¿vamos a seguir fingiendo? ¿Vas a seguir con el cuento algo más de tiempo ante mí? ¡Pues te equivocas! ¡Se acabó lo que se daba! Mira, te diré una cosa. Sé que no eres mudo. Que hablas hasta por los codos cuando te acuestas con las mujeres, y eso no está bien, no está bien… Engañar a tus padres, a tus amigos, a un pueblo entero… todo el mundo pensando que el pobre mulato de Prudencio, que habló misteriosamente al nacer, blasfemando en la forma en que lo hizo, y después ya no dijo ni mú… ni un buenos días, ni un hola ni nada. Pobrecito, qué misterio ¿verdad?
Prudencio seguía achicándose en la silla y traspasando con la mirada la tela de las alpargatas, sus dedos negros y sucios, las suelas de cáñamo de las mismas, la tierra que pisaba… ¡vamos!, que se le cayó el mundo al suelo y allí andaba mirándolo por ver si encontraba una salida al callejón en que se encontraba instalado.
El cura se levantó, se acercó a Prudencio y, con la cara desencajada, le arreó un guantazo que vino a dar con el mulato en el suelo, que se le quedó mirando con dos lunas llenas por ojos, en donde el miedo empezó a nadar en anticipadas balsas de lágrimas, sin encontrar agarradero alguno al que asirse.
-¡Pero tú te crees que yo soy tonto o qué! -gritó el cura, que se agrandó a los ojos de Prudencio como la sombra de un árbol al atardecer, mientras le arreaba en los costados varias patadas con la dura puntera de las botas de cuero.
-¿Pero tú no sabes que a mí no se me puede engañar, mulato de mierda? -continuó, mientras seguía con el castigo hasta que le empezaron a doler los pies y, en un último arrebato, le soltó un trallazo a puño cerrado que le silbó a Prudencio cerca de la oreja derecha, aunque afortunadamente no le dio, mientras decía: ¡cabrón, más que cabrón!
Prudencio se quedó en el suelo, encogido como un animalillo sin defensa… mientras el cura resoplaba en una silla en la que se había sentado para recobrar el aliento y la calma, si es que ésta última podía volver de nuevo a un espíritu que, cada vez, se alejaba más del sendero marcado por dios a los hombres que son pastores de almas, y cuya recta conducta ha de ser intachable, al menos aparentemente.
-¡Levántate y siéntate en la silla, anda! -dijo al rato.
Prudencio, sin mirarle a la cara, con los ojos resbalados en ríos como se dijo, empezó a reptar no sin resuellos hasta quedar sentado, con la cabeza gacha apoyada en las cuencas de las manos y los codos hincados como trémulos e inclinados postes a las rodillas.
-Vamos a empezar de nuevo. -dijo el cura-. ¿Qué es lo que hay entre Gertrudis y tú? ¡Contesta!
-Nada. -dijo el hasta ahora mudo.
-¡Anda, pero si sabe hablar! ¿Cómo que nada?, ¿es que vas a negar que lleváis tiempo fornicando juntos como perros salidos?, ¿lo vas a negar ante mí, que lo sé todo, Prudencio?
-No, no lo niego, padre, pero yo no he tenido la culpa de lo que ha pasado.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Dejar morir la cultura

From Particulares. Published on 22/09/2014.

La entrada que hoy nos ocupa está contextualizada en Huelva, pero seguramente si nos lees desde fuera de la capital onubense, te pueda resultar familiar (por desgracia). Si has pasado la semana que acaba de terminar por el Paseo de Santa Fe (Huelva), habrás visto como el edificio histórico del antiguo cuartel de la Policía […]

Jacaranda VIII

From Particulares. Published on 17/09/2014.

cura
LA ESTRATEGIA
Debían ser como las tres de la tarde cuando el representante de dios en Balsina -que el lector no debería calificar aún como apóstata por lo escrito hasta ahora, dado que, el arrepentimiento, como se sabe, puede aparecer en cualquier lugar y fecha, por lo general proveniente de arduos debates internos que, como todo el mundo sabe, podrían traer la contrición súbita y ser perdonado para la eternidad, y aquí paz y después gloria, y si te vi no me acuerdo- enderezó los pies hacia la casa de uno de los hijos del negro Jacaranda, concretamente a la del mudo, del que ya tenemos fehaciente noticia en el inicio de este relato, excepto el nombre, que aún no se ha aportado, y que será el de Prudencio para no andar buscando.
Al llegar al portal de la casa le recibió un perro que, siendo conocido en el pueblo por sus habituales mordiscos a viandantes solitarios y por su inmoderada agresividad, al verle, primero izó el rabo y levantó la pelambre del morro dispuesto a hacer lo de siempre, para, paradójicamente, al ver la raída sotana y la cara desencajada de Anastasio, en donde lucían dos ojos extraños, que alguien hubiera dicho que eran de color rojo intenso, hacer cabriolas con la cola, agachar la cabeza con sumisión y, con un suspiro de impotencia nacido como del subsuelo, enroscarse sobre los guijarros como una serpiente en reposo, de donde el cura, dedujo, sin duda alguna, que estaba poseído por Cerbero, el guardián del infierno, y que, efectivamente, tal como le había sido revelado en el reclinatorio de la iglesia, él estaba siendo guiado por el demonio, al que había vendido su alma, con tal de que el desgraciado del alcalde, maldita sea su casta, no se saliera con la suya. Pero, arrieritos somos y en el camino nos encontraremos gañán, se dijo, aunque tenga que revelar lo que tu mujer me contó hace poco bajo secreto de confesión, ya me da igual.
-¡Josefa! -gritó, mientras levantaba la cortina de la puerta que velaba la vivienda, impidiendo que entrara el sol.
-¿Quién anda ahí? -se escuchó decir a la reseñada desde el interior de la casa, un poco extrañada porque, Sultán, que era el nombre del ahora denominado como Cerbero, solo por los intereses de esta historia, no hubiese impedido el paso de algún forastero.
-¡Soy don Anastasio, el cura! -respondió éste entrando en el salón, que había sido baldeado y después barrido, y que desprendía un olor a tierra mojada que la oscuridad hacía aún más placentera.
-¡Usted dirá en qué puedo servirle, padre! -dijo, secándose las manos en un remendado delantal a cuadritos blanquinegros, mientras que, con una fingida inclinación, hizo como que le besaba la mano al cura quien, como si estuviera sentado en su propia casa, había escogido la silla que más decente le pareció para aposentar el cuerpo.
-¿Dónde está tu hijo Prudencio? -preguntó.
-Pues estará en la huerta con el padre, como siempre, aunque ya no debe de tardar. -masculló.
-Con que en la huerta con el padre ¿no? -dijo, mirándola de arriba abajo, hasta que Josefa se ruborizó por no haber dicho con su padrastro. Bueno, mira -continuó-, cuando venga, le dices que quiero hablar con él urgentemente, que se vaya directamente a mi casa ¿has entendido?
-Pero ¿pasa algo malo, ha hecho algo?
-Nada que tú no hayas hecho antes, desgraciada. -respondió, saliendo a la calle y dejando a Josefa en una turbada indignación, no sin antes acariciar al perro, que sintió la mano del cura como si algo candente estuviera en contacto con su cuello, pero que, paralizado por el miedo como estaba, ni se inmutó ni se planteó hacerlo.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Dioses

From Particulares. Published on 15/09/2014.


Un sofista afirmó que los dioses fueron creados para vigilar a las personas cuando nadie las ve. Y puede que dicho razonamiento tuviera éxito en su tiempo y lo tenga aún para muchas personas en éste. Pero, esta solución que aportaron los sofistas hace siglos dejó de ser válida, claramente, un instante después de enunciarse la misma. Porque… los pillos, los bellacos, los poderosos, saben desde siempre que todo esto es un cuento.
La ciudadanía vive en un mundo virtual -en planos diferentes de comprensión- creado por la política, la religión y, en los últimos tiempos, por los medios de comunicación social -todos ellos controlados por la fuerza del dinero.
El elemento que mueve al mundo es el dinero, lo demás son accesorios; ingredientes que absorben nuestros sentidos y que ocupan el tiempo del que disponemos. Son el cebo, la carnaza que el poder -el dinero- utiliza para mantenernos encorsetados, maniatados a un lugar y a un pensamiento único, aunque este varíe de un país a otro.
Somos peones insignificantes en la rueda del mundo. Soldados rasos en el ejército global. Obreros sin cualificación de la fábrica que gobierna el sistema.
Los dirigentes de esta empresa son unos cuantos desconocidos que gobiernan los hilos del poder como si cada país, en conjunto, fuera una marioneta que han aprendido perfectamente a manejar para que ejecute todo tipo de movimientos según las circunstancias y de acuerdo a las necesidades cuyas estrategias ellos determinan a cada instante, a cada momento, en cada época.
Ellos, esos anónimos manipuladores del dinero, son los verdaderos dioses paganos del siglo XXI. En algún lugar ejecutan a alguien o realizan atentados selectivos -podríamos citar infinidad de ejemplos acuñados en las páginas de la Historia o simplemente, leer de cuando en cuando la prensa diaria-; en otros sitios permiten que la población se muera de hambre sin que además le prestemos atención alguna a este aberrante hecho porque nos mantienen distraídos con manipuladas informaciones; o, si así interesa, por motivos geoestratégicos o de obtención -robos- de recursos, auspician guerras civiles y derrocan gobiernos legítimos.
El objetivo final es que la humanidad viva en la inopia: convertirnos en seres descerebrados. Eso es todo.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

El río de mis ojos, de Ángel García López

From Particulares. Published on 15/09/2014.

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[(…) Nadie pregunte cómo. Fue en la playa
donde quiso morir, vivir de nuevo
buscando los recuerdos de su casa,
las huellas más antiguas de su cuerpo. (…)]

(De “Tierra de nadie”, de A. G. L.)

La editorial La isla de Siltolá que dirige Javier Sánchez Menéndez, acaba de poner en circulación “El río de mis ojos”, una Antología Poética (1963-2013) que contiene 50 años del decir de uno de los escritores vivos más relevantes de España, le pese a quienes les pese tal afirmación, como es el gaditano (gaditano no, roteño) Ángel García López.
Con una edición al cuidado de Tomás Rodríguez Reyes y con epílogo de José Jurado Morales, este ramillete de versos, este compendio de poemas, ahormados en el río de la mirada literaria de un ser que extiende su horizonte desde el comienzo de la posguerra civil española hasta nuestros días, sin perder un ápice de entereza por ser consciente, como es, de que el hecho literario transciende a cualquiera otra circunstancia, incluso hasta a la muerte misma. ¿Qué es la muerte si queda la palabra?
Un libro de cabezera de esos que deben tenerse a mano siempre. Un libro para leer cuando uno se pierde o para cuando uno cree que se ha encontrado, no importa. Un imprescindible de la poética española.
Ángel García López ha sido distinguido con multitud de reconocimientos. El premio Adonais, el Nacional de Literatura, el Nacional de la Crítica, el Ciudad de Irún, el Boscán, el Juan Ramón Jiménez, el Internacional Ciudad de Melilla, el Villa de Madrid, el Ciudad de Salamanca, el Internacional Generación del 27, el Villa de Rota, el de Poesía de Cáceres, el Andalucía de la Crítica…
Pero esto, siendo importante no lo es todo; incluso puede ser nada, porque, lo que de verdad interesa de la bibliografía de Ángel García López es la poesía contenida en sus obras. Su distinguido y distinguible verbo. Su poética. Su transitar por el tiempo manteniendo como base el cimiento de sus “Apuntes para una poética” que publicara por última vez en 1980, y que está incluido como introducción en el libro del que hablamos. Todo escritor debiera leer esos veinte consejos, esas veinte reglas que han hecho posible la fidelización de lo escrito por Ángel en sus cincuenta años de cosecha lírica.
De su persona y de su obra disertan tanto los profesores Tomás Rodríguez Reyes como José Jurado Morales (en el prólogo y el epílogo, como se ha dicho), pero, también lo hicieron en diversas épocas, tal como destaca Jurado Morales: Gerardo Diego, Leopoldo de Luis, José García Nieto, Francisco Umbral, José Hierro, Fernando Quiñones, Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Felipe Benítez Reyes, Jaime Siles o Ángel Luis Prieto de Paula entre otros.
Después de lo dicho por ellos sobre Ángel poco o nada puede decir este siempre aprendiz de todo que ahora escribe, excepto quizás lo que sigue:
El trazo lírico de Ángel es grueso, sin absurdas fintas estilísticas ni filigranas que a lado alguno conducen. El poeta va siempre a lo fundamental objetivo, a los sudores sudores, a la carne carne, a la tierra tierra.
Su poesía se asienta en el Sur. Pero en un sur que no es solo Andalucía; ésa, que es cierto, lo reviste y ensoña. Se trata del Sur que es el sur de todos lados; el lugar que pisa un Norte siempre próspero y que llena a sus moradores de una especial “saudade”. Ese Sur que amarra “al hombre” a la tierra, a los olores, a los sabores, al viento que mece las hojas pero también arranca arboledas; a la lluvia necesaria y a la dañina riada; a la alegría y el dolor de la vida; a las esponjas de nubes que nublan atardeceres y adelantan la llegada del ocaso y al sol que da vida pero también mata si se consume en exceso; al vino que pone luces, y estrellas nuevas, en los pesares que nos alcanzan; a la esperanza; al orgullo de ser, siendo coetáneo de tantas cosas y a la vez perecedero, pero no muerto, muerto no. A las dicotomías todas. Al cariño. Al amor imposible y posible. A los necesarios sueños. En fin, el Sur, ese “libro mortal de ejemplos” como lo define el poeta en un verso. ¡Qué hechizo para quienes encontraron ese venero!
Ángel García López no se reinventa, se asienta (ya lo he dicho) como el pan bazo una vez que sale del crisol de la tahona. Ve pasar los círculos y las generaciones poéticas sin perderlas de vista -su profesión de poeta vigilante no se lo permite- para ahondar más en la esencialidad, en lo que resta una vez que el viento pasa y queda solo la tierra. Donde tiene los pies clavados como simiente imperecedera a la espera sólo del agua del lector nuevo para dar frutos, para hacer escuela.
A comienzos del año pasado, en 2013, justo quizá cuando este libro se estaba gestando, tuve el gozo de leer, junto con Ángel, algunos de los poemas contenidos ¡es curioso! en esta antología, en mi propia tierra: en Huelva. Fue una noche loca llena de vinos, de risas, de discusiones, de rencillas y cotilleos entre literatos, de licores… y, sobre todo, de poemas.
Fue en el Bar 1900, allí fue. Y allí nos recibió la madrugada limpia que el Atlantico empujaba hacia nosotros, coronando una irrepetible noche que jamás se irá de mis entendederas.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Bichos VI

From Particulares. Published on 14/09/2014.


SERPIENTES
Ninguno de los dos la había visto. Ni siquiera la habían intuido. De ahí la sorpresa y luego el susto de Anastasia. ¡Pero susto! De seguro que estuvo escurriéndose a sus anchas por toda la finca y no se sabe cómo logró pasar desapercibida para ellos y lo que es más oscuro, para los perros y los gatos. Un misterio. ¡Vaya defensa que tenían!, se dijo.
Anastasia, después de desayunar y luego de despedir a Ignacio, que iba a echar el día cortando encinas para leña en la finca Los Mellado, se puso a rastrillar la zona de los rosales bravíos que habían nacido cerca del portalón de entrada, con objeto de que el yerbazal no los atosigara. Aunque eran bravíos, parecían de pitiminí y Anastasia se había encaprichado con ellos. Blancos como la nata, decía que eran.
En un momento dado, una de las horquillas del rastrillo chocó con unas maderas apolilladas que no recordaba que estuvieran allí ni a cuento de qué. Soltó el instrumento y comenzó a recoger los palos, que servirían para encender de forma rápida la chimenea cuando llegasen los rigores del invierno y ésta demandase su ración vegetal con la que mantener caldeada la estancia y ajena a las insistentes humedades de la sierra.
Al levantar uno de los maderos éste se quebró y, después de lo que vio, soltó el trozo que tenía en la mano mientras daba un brinco, acordándose de San Antonio bendito y otras figuras etéreas.
El bicho no se movía. Por lo que dada su quietud Anastasia se acercó con cautela y tocándolo con una vara larga comprobó que todo había sido un espejismo.
La serpiente ya no estaba allí. Estuvo, parecía que estuviera, pero ya no estaba. Ella se había mudado de piel. Había escogido ese lugar exclusivamente para eso. Su antiguo ropaje, su vieja apariencia, su camisa vieja es lo que allí dejó.
Hoy -¿estaría aún en la finca?-, ahora, arrastraría su silencioso cuerpo de nuevos y brillantes colores por otros lugares de caza. Anastasia tomó con la mano, ya sin miedo, el antiguo pijama de la serpiente y lo colgó en un olivo para que lo viera Ignacio.
Pero Anastasia no estaría ya tranquila en casa por un tiempo, temerosa de que en cualquier momento la serpiente se metiera en casa o anidara en el soberado, entre la paja, y le llenase de viborillas la misma.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Ni una ni grande ni libre

From Particulares. Published on 13/09/2014.


No creo que puedan existir hipócritas conscientes. No puede sostenerse un papel falso constantemente, excepto en casos muy excepcionales. Esto es lo que afirma Aldous Huxley, el afamado autor de “Un mundo feliz”, en una novela de poco éxito pero que quizá sea su obra maestra y que se denomina “Contrapunto”.
Contrapunto, tal como se expone en la contraportada de la edición realizada por Edhasa en 2002, es un apasionado y lúcido examen de la condición humana en el mundo contemporáneo; una exposición de ideas, emociones, deseos y esperanzas; un cuadro fiel de una sociedad que se desintegra en contradicciones irresolubles.
Pero, deseo resaltar, que en esta novela llena de musicalidad, lo que descuella por encima de todo son dos cualidades humanas: la hipocresía y la desesperanza.
Leyendo la misma no he tenido más remedio que pasar de la ficción huxleyana a la realidad del país que habitamos, España. Y me pregunto: ¿Cómo hará el hermético y pragmático Mariano Rajoy para encontrar la concordancia armoniosa de voces tan contrapuestas, como las que resuenan en nuestos oídos estos días, declamadas en la arena política? ¿Cómo? Porque, la papeleta es gorda; y seguir metiendo la cabeza en el ala del silencio, ese que tiene por norma, no sirve como respuesta a las necesidades de los moradores de los pueblos que conforman el mosaico, le guste o no a los inmovilistas, que es España.
España es un crisol de culturas, afortunadamente bien enquistadas en la solera que nos aporta cada tierra, cada región o cada pueblo; y para decir esto no es necesario ser antropólogo ni historiador.
En esa diferenciada idiosincrasia está nuestra riqueza. España no es Una ni Grande ni Libre. Dejémosno ya de nostálgicas chorradas. España es Muchas, Pequeña -en el contexto internacional- y Prisionera de las decisiones que se toman en otros foros financieros y políticos. Punto.
Es cierto que, en términos de derechos y deberes no debieran existir distinciones entre la ciudadanía de unos y otros territorios. Pero, la Constitución, esa norma legal, ese marco constituyente que nos aglutina, vela para que eso haya sido así hasta ahora. Y el hecho de que la misma impida el reconocimiento o no a una Comunidad para hacer un referendum, no es óbice para que, siguiendo escrupulosamente lo dictado en la misma, no pueda reformarse la Constitución y adecuarse a las necesidades políticas actuales, que no olvidemos, queramos o no, son diferentes, muy diferentes, a las que dieron origen al Pacto de Toledo.
Podríamos definir la existencia, y paso a la ficción y a lo metafórico, como un enorme escenario donde cada cual representa la obra de su vida. Si lo dicho fuera cierto, deberíamos preguntarnos: ¿quiénes serían los directores de tan magno espectáculo? ¿Quiénes escribirían los guiones? ¿Quiénes serían los encargados de asignar los papeles a cada cual? Porque, en cuanto al escenario y la coreografía, está claro que nos vienen impuestos por la madre Natura y por el lugar donde nacemos o nos desarrollamos, pero, ¿quiénes deciden el papel que hemos de representar en cada momento y cuándo debemos dejarlo o modificarlo? ¿Cuánto depende de nuestra capacidad, formación y esfuerzo y cuánto de los designios de la diosa Fortuna o de nuestra adscripción a un grupo de poder determinado? ¿Qué papel juega la hipocresía del poder -constituido- en ese reparto?
Porque esto que digo, si no se explica bien, y no se está haciedo señor Rajoy, puede llevarnos a la desesperanza de la que habla Huxley en Contrapunto.
Y la desesperanza lleva, entre otras cosas de las que hoy no toca hablar, a la búsqueda incasable de nuevos caminos porque no se dieron soluciones a los problemas de la ciudadanía en su momento; porque, recordemos, metimos la cabeza bajo el ala y no quisimos ver la realidad sino que la inventamos, y de esa forma erramos, garrafalmente, tal como lo están haciendo tanto el gobierno catalán como el español, que usted dirige.
De esta manera es imposible, por tanto, el consenso. El entendimiento necesario.
Y de esos mimbres vienen estos cestos.
¿A cuento de qué si no, viene la impresionante riada de la reciente Diada o la aparición de Podemos en la escena política?
Pues, está claro, no hay que ser estadista para dar respuesta a esa pregunta. A la encarrilación de la desesperanza de la ciudadanía en nuevas fórmulas que permitan vivir y no fagocitar las ansias de Ser de la sociedad; que es cambiante… ¡cambiantre no lo olvidemos! Y las leyes no pueden ser extáticas ni durar eternamente. Por ello, reitero, la Constitución a la que tanto apelan los conservadores, contiene, sabiamente, los requisitos para cambiarla, como no podía ser de otra manera.
Porque la desesperanza aparece justo cuando el telón cae y nos vemos a nosotros mismos como somos y no como nos hemos representado; no como nos quieren hacer ver… no como nos cuentan los rotativos… no como dicen los políticos…
Y la no satisfacción de necesidades fundamentales como el trabajo, la vivienda, la educación, la sanidad… trae consigo, tal como el caracol lleva su casa a cuestas o la golondrina busca hacer su nido en primavera, reivindicaciones del todo necesarias que han de hacérsele al Poder legítimo. ¿A quién si no?
Y no se puede esgrimir la Constitución como norma para unas cosas y callarse cuando lo que se reivindica es un trabajo digno, una educación pública de calidad, una vivienda, una sanidad universal y otras tantas cosas. O dentro o fuera, señor Rajoy.
Ni la Constitución es intocable ni la desesperación de la ciudadanía puede acallarse ya con palabras. Se necesitan hechos; y el órdago, y bien grande, está en su tejado. No por nada, sino porque es su responsabilidad, la que le dio el pueblo español: gobernar y dar solución a los problemas de España.
Al grano, hay que ir ya al puñetero grano. No hay más tiempo.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Beltenebros

From Particulares. Published on 12/09/2014.


Beltenebros, aparte de una maravillosa novela editada por el académico Muñoz Molina en 1989 -que sería llevada al cine por Pilar Miró y con la que conseguiría el Oso de Plata a la mejor dirección en el Festival de Cine de Berlín-, también es el nombre de un ensayo sobre la literatura clásica española escrito por el poeta y dramaturgo José Bergamín en 1969, que, como sabemos, vivió en Latinoamérica -especialmente en México- desde la caída de la República hasta 1970, año en que volvió a España donde murió en San Sebastián en1983.
Pero Beltenebros es por encima de todo algo más. Es el nombre que el ermitaño Andalod, residente en la peña Pobre, puso a Amadís de Gaula cuando se retiró de la caballería andante ante el rechazo de su amada Oriana, confundida como estaba la pobre por las malas artes del encantador Arcalaus.
Una gozada de libro que pocos han leído. Son de esos clásicos que, cuando preguntas por él a un escritor, dice inmediatamente haberle fascinado pero nada sabe del mismo porque no lo ha leído. No es extraño este comportamiento; la mayoría de los que se denominan escritores han leído poco, muy poco, y así no se va a lado alguno
Conforme pasan los días que tengo asignados en este fluir que es la vida, más me percato del poco conocimiento de la realidad literaria que tienen los que escriben y no digamos nada de la mayoría de los docentes: un verdadero páramo enredado en menudencias y estereotipos que dada la poca formación en la materia -la literatura es un virus, o se padece o se está inmunizado al mismo-, poco pueden enseñar a las venideras generaciones, siendo los responsables, como son, de ahorquillar las entretelas de los que tienen el derecho, y la obligación, de preparse para afrontar los retos que habrá de resolver la sociedad en el futuro.
La literatura necesita una retroalimentación contínua, un incesante volver a la génesis, a sí misma, a los orígenes de cada género, pero, eso, siendo evidente, no es más que una frase manida. La esencia sigue anaquelada en ringleras de textos llenos del polvo que acumula el paso incansable del tiempo, mientras que lo que se lee, no son más que baratijas.
El mercado, el negocio del libro, ha apostado por medianías, por la clonación de superventas que nada aportan al conocimiento del ser humano y al despertar de la fantasía, esa que crea mundos nuevos que explican el nuestro.
“Las aventuras de Amadís de Gaula”, el paladín esforzado, publicadas por primera vez en Zaragoza en 1508, fueron recogidas por Cervantes en el Quijote y tanto Santa Teresa de Jesús como el emperador Carlos V o el propio San Ignacio de Loyola, entre otros, manifestaron por escrito el placer que les produjo su lectura. ¡Bueno, y qué! Ahí están en la biblioteca universal sin que nadie repare en ellas.
En estos años que hollamos los que podemos hacerlo, llenos de conflictos por doquier, en donde, además, el liberalismo está barriendo de un plumazo todo el entramado social que se generó a partir del denominado “siglo de las luces”, no estaría de más leer el Amadís de Gaula, libro que puede datarse como la primera y más importante novela de este género que se imprimió en España y que Cervantes quiso, por boca del cura, el barbero, el ama y la sobrina de don Quijote, que no fuera quemado en la hoguera donde se destruyeron todos los libros del ingenioso hidalgo, por ser “el mejor de todos los libros de caballería que hasta ahora han compuesto; así como único en su arte.”
Amadís de Gaula, un personaje, nos ayudará a entender… a comprender en definitiva, de manera más certera que todos los manuales de enseñanza el valor del hecho literario, y cómo la imaginación es portadora de valores transcendentales para modificar, para cambiar las posiciones políticas e ideológicas en un mundo regido solo por consignas financieras.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Jacaranda VII

From Particulares. Published on 11/09/2014.


LA VENGANZA DE ANASTASIO
Si alguien piensa que un miembro de la iglesia, de cualquier confesión, va a rendirse sin presentar batalla sea el pleito que fuere, se equivoca de parte a parte.
Después de la derrota sufrida por el cura en el control de la prole que le estaba encomendada, como ya quedó escrito, éste, en un acto de humildad impropio de su persona, que vino a recordarle la calamitosa época como seminarista que pasó en Ávila, y justo después de bajar del campanario y de soltar la pública soflama que ahora le avinagraba la sangre, se arrodilló ante el Cristo de la Buenamuerte y exclamó como una expiración: ¡Ayuda a este sumiso siervo, Señor!
Habría que añadir, que el comportamiento irregular de Anastasio se debía, queriendo razonar -habilidad que poco o nada posee el narrador de esta historia, debo insistir-, a la necesidad de meditar con tranquilidad sobre lo acaecido en las últimas horas, más que a cumplir con ambiguos preceptos rituales que a ningún lado llevan.
Pero sea como fuere, el caso es que cuando llevaba arrodillado unos diez minutos, con las manos abiertas tal que el Cristo en la cruz que tenía enfrente, y al que miraba, ahora sí, arrebolado, con una suerte de éxtasis nunca vista en esa parroquia desde que la construyeran sobre los cimientos de una antigua mezquita, y, no se sabe cómo ni por qué, si por cansancio físico o intermediación divina, pero… el caso es que, al cura desahuciado por las huestes populares e incultas, le llegó como una luz inesperada que tuvo dos consecuencias inmediatas: dibujar una sonrisa en sus amoratados y sangrantes labios, y, en segundo término, entrarle como una repentera, como una necesidad de salir huyendo de sí mismo, de desdoblarse, cosa que hizo en dirección a la sacristía mientras daba trompicones y se enredaba la sotana en la marabunta de enseres regados por el suelo que le impedían el paso y que se saltó casi a piola.
Cuando llegó a la misma, sacó las cerillas y encendió los cirios grandes, los que se ponen a un lado y a otro del muerto en los entierros, tomó un escabel, se elevó sobre él, abrió una puerta encimera en donde se encontraban los libros de asientos antiguos, y, justo donde imaginó, encontró lo que buscaba.
Tomó un viejo libro de tapas de cuero y bajó del taburete, se acercó los velones, se sentó, y leyó en la portada renegrida su título: “La vida de los Santos”.
Después de pasar el índice por varias páginas halló lo que buscaba, y, como si hubiera encontrado por fin la cuadratura del círculo, soltó un suspiro de satisfacción y musitó lo siguiente:
San Benito de Palermo, página 383.
Buscó la hoja, y en ella podía leerse lo siguiente:
A este San Benito se le llama de Palermo, por la ciudad en que murió, o de San Fratello o San Filadelfo por el lugar en que nació, o también el Moro o el Negro por el color de su piel y su ascendencia africana. De joven abrazó la vida eremítica, pero más tarde pasó a la Orden franciscana. No tenía estudios, pero sus dotes naturales y espirituales de consejo y prudencia atraían a multitud de gente. Aunque hermano lego, fue, no sólo cocinero, sino también guardián de su convento y maestro de novicios.
Arrancó las tres hojas que contenían la biografía del mismo con sumo cuidado, porque el papel no estaba para muchos tirones, y se deshizo del ultrajado libro que arrumbó en el suelo como camiseta maloliente. Con una maléfica sonrisa, que parecía ir alumbrando el oscuro pasillo central de la iglesia, cruzó a paso rápido la nave central de la misma, sin tropezarse ya con chisme alguno de los desparramados, y como si el demonio fuera ya dueño de aquellas viejas paredes en donde dios siempre había reinado, puso en marcha el plan que se escribirá.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Tubos abandonados en El Espigón

From Particulares. Published on 11/09/2014.

El otro día daba un paseo en bici por el Espigón de Huelva. Es un paisaje alucinante, con zonas de reserva natural, vistas increíbles, una gozada a muy pocos kilómetros de Huelva. Me confirmo en la idea de que estamos rodeados de parajes hermosos y sugerentes, pero hay que saber mirar… Tiene un potencial esa […]

Jacaranda VI

From Particulares. Published on 10/09/2014.


La decisión (y III)
Alguien indicó que ante la poca luz y la escasa estatura del Cepa, éste se subiera al púlpito para poderle ver y oír bien, a lo que el cura tronó que allí no se subía nadie más que él y sólo él, que para eso era cura. A lo que siguió otro agarre con el alcalde que le soltó un puñetazo en plena mandíbula, sin aviso previo, montándose de nuevo la de dios es cristo.
Larga fue de nuevo la contienda entre laicos y religiosos por imponer los derechos naturales a los civiles y lo contrario, de forma tan brutal que, con la misma velocidad que entraron en la parroquia, salieron todos a la calle poco a poco, por su propio pie los que podían hacerlo o en brazos de otros los más.
Si algún historiador de escritura no sesgada, si es que existe, hubiera presenciado la contienda, habría consignado con pluma fehaciente y riguroso orden cronológico que, lo que ocurrió ese día, era una consecuencia más, y nada más, de las infinitas trifulcas existentes entre los poderes religioso y civil por controlar la voluntad de un electorado que se repartían a medias de forma ancestral, en donde, por lo general, cuando la cosa estaba bien, unos dirigían los cuerpos y otros las almas de un mismo elemento: el individuo.
Y por eso pasa lo de siempre: el alma, como es etérea, no sufre magulladura alguna; y el cuerpo, la carne, como es débil, sale de tales envites como unos zorros o, en su caso, con los pies por delante camino del camposanto y si te vi no me acuerdo.
En la calle ya, y habiendo cerrado el cura la iglesia, para que la enfervorizada masa no terminara rompiendo lo poco que quedaba por salvar en lugar tan sacro, y blasfemando para sus adentros contra la inconsciente apostasía del pueblo que dios había tenido a bien en darle a gobernar, en un arranque del que luego se arrepentiría, se subió a la tataramita del campanario, y tocó a duelo hasta que entendió que en el pueblo se había producido el silencio necesario para hacerse oír, aunque fuera a grito pelado y con las manos como bocina.
Desde lo alto de la torre, justo debajo del nido de las cigüeñas, que andaban moviendo las alas no sabiendo si marcharse antes de tiempo este año, aunque aún no fuera tiempo, el cura tiró la toalla y dijo dirigiéndose al alcalde:
-¡Mira, Servando! Lo nuestro no es la guerra sino la paz entre los hombres de buena voluntad y que son temerosos de dios, así que, como tú lo has querido así, que sepas que la parroquia se desliga de este asunto y se mantendrá ajena a las actuaciones que realice el poder civil.
¡El pueblo es tuyo!, dijo, y desapareció en las lóbregas oscuridades de la torre.
El alcalde, viendo la maltrecha tropa que acampaba desecha por la plaza y necesitando también que alguien le remendara algunas rajaduras que tenía por el cuerpo, decretó que: “mañana, a las nueve de la mañana, queda convocado el pueblo en esta misma plaza, para realizar una asamblea popular en donde se tomarán las acciones adecuadas para paliar o eliminar la amenaza de la llegada de los gitanos al pueblo”.
Y de una orden tajante, que nadie osó rechazar, mandó a todo el mundo para su agujero echando hostias.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Jacaranda V

From Particulares. Published on 09/09/2014.


LA DECISIÓN (Cont.)
Con la iglesia atestada, hizo su aparición en la puerta principal Adrián el Cepa, que al estar a contraluz, venía acompañado de grande aureola, apoyado en su cayado, refulgente como báculo de cardenal romano en sus mejores tiempos, y llevando bajo el brazo derecho las viandas que le preparó la hija para día tan aciago, que parecían desde dentro las tablas de la ley que Moisés recogió en el sitio en que les fueron dadas en el monte Sinaí.
El Cepa, ante el silencio que se produjo cuando colocó los pies en el porche de la iglesia, dudó entre salir corriendo para casa y meterse en el soberado, en la parte del fondo, donde está el palomo macho y no deja posarse a las hembras, o entre adoptar una postura acorde con el momento, digamos que tirando a mística, aunque él no supiera definir lo que es la tal cosa, pero sí aprendió a adoptarla paseando por los arrabales y avenidas de las vivencias, como todos los que respiran mientras pueden hacerlo.
Por aquello de las petulancias que los humanos arrastramos desde el inicio de nuestra existencia, o sea, desde que tenemos conciencia de que somos unos animales, ciertamente privilegiados en el mundo de los animales en que habitamos, decidió recrearse un rato en la tal compostura, dada la fuerte atracción que su presencia generaba en el vecindario, hasta que, en la iglesia, se abrió un pasillo lo suficientemente amplio para que la dignidad de la que venía casualmente investido, pudiera pasar con holgura. Algunos llegaron a ver, y así lo dijeron en el juicio posterior del que se hablará en su momento; aunque esto no deja de ser una interpretación del narrador dado que él mismo no sabe aún qué cosas van a suceder en esta historia, y por ende es poco creíble; algunos, decía, manifestaron ver de forma nítida a Aarón, el hermano de Moisés, designado por éste como se sabe para sacar a toda pastilla al pueblo de dios del impío Egipto, pero esto, como queda dicho, está por ver, o por escribir, que en este caso ha de ser aceptado como lo mismo.
Entró el Cepa en la iglesia a paso lento, mientras el corro de parroquianos se iba cerrando tras sí hasta llegar al altar, en donde le esperaban el alcalde y el cura, éste último subido a un escalón más alto que el edil, como para dejar claro en qué lugar estaban: en la casa de dios y no en un triste concejo gobernado por un alcalde de tres al cuarto que se pasaba más tiempo borracho del que estaba despierto.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Jacaranda IV

From Particulares. Published on 09/09/2014.


LA DECISIÓN I
En la calle, sin tribuna posible donde alzarse para poner algo de razonamiento en la turba de vecinos presentes y ante lo perentorio del caso, no había dios etéreo o terrenal que pusiera orden.
Dada las dimensiones explicadas del consistorio, Anastasio arengó a la gente para que entrara en la parroquia, no sin gran disgusto por parte de Servando que se desgañitaba diciendo que esto era un asunto municipal y no de santos. Pero, como la evidencia mandaba y el tiempo venía apremiando, el alcalde se dejó arrastrar hacia las oscuridades de la casa de dios, que, por no haber comunicado la desgracia a su representante en Balsina con tiempo suficiente, estaba más oscura que la piel de Jacaranda después de quince años muerto.
Mientras se hizo la luz, no por mano de santo alguno sino por la apertura de las puertas laterales, y los allí reunidos pudieron verse el temor en las trémulas caras mientras cuchicheaban idioteces por falta de noticias ciertas o de instrucciones rápidas, que vendría a ser lo mismo para un observador imparcial si lo hubiera, se montó una trifulca a puñetazo limpio entre el cura y el alcalde por querer uno y el otro también, ser el conductor de tamaña asamblea, nunca imaginada no ya en Balsina sino en toda la sierra de Alcaucer, tan despoblada como vasta, dado que en sus predios sólo existían tres pueblos, y el más cercano, distante más de ocho jornadas a pie de hombre zanquilargo, o cuatro, si se hacía con mula acompañada de reata.
Por un momento la iglesia se dividió en dos bandos, que son pocos si se piensa algo en las secretas y encarnizadas luchas que hay en dicha organización de forma constante, aunque solapadas las más de las veces… para no airear cuestiones que solo atañen a los pastores y nunca al ganado, y de buenas a primeras comenzaron a volar reclinatorios, algunos cirios y otros elementos sagrados por sobre las cabezas de todos, hasta que, quizá por intermediación de algún muy piadoso santo, que nunca se sabe lo que la tradición esconde de irrefutable, los hombres que luchaban se apartaron unos a un lado y otros al otro, dejando un pasillo central para que entrara por la puerta principal Adrián el Cepa, que, como se dijo, era el único testigo ocular de semejante quebranto de la cotidianeidad.
Paco Huelva
Septiembre de 2014

Bichos V

From Particulares. Published on 08/09/2014.


ARAÑAS
Ignacio no ha encontrado tajo para mañana domingo. Es quince de agosto y sacan a la Piedad por las calles del pueblo, engalanada y bien baqueteada para que luzca entre sus fieles.
Los costaleros llevaban semanas entrenando dale que te pago por las calles, de madrugada, realizando la “levantá” hasta que la puesta en escena, que durára unas dos horas, quedó a gusto del capataz.
Aunque en otra época, en la mocedad, Anastasia salía en la procesión con un vestido oscuro, la peineta de carey que recibío de su madre y ésta de la suya, bien fijada en la cabeza, y la mantilla negra cubriéndole el pelo y la espalda, esos tiempos pasaron. Como pasa incluso la vida, piensa Anastasia con añoranza.
Anoche decidieron hacer hoy una limpieza general, pero, especialmente, que Ignacio corriera las tejas para que el agua no se filtre durante el invierno en el soberado y se moje la paja acumulada.
Al alba Anastasia ha desplegado en la terraza escobas, brochas, cubos, cal en piedra y trapos viejos para usarlos de algofifas. En un revuelo han retirado muebles, arrastrado sillones y mesas, descolgado cuadros, desmantelado camas, y puesta en solfa la quietud de la casa que parece mecida por un terremoto incontenible que rompe la calma con un ansia imparable y desbordada.
Mientas Ignacio se encarga del tejado, Anastasia, con manos alargadas por palos de escobas enredados en bayetas, recorre cada rincón de la casa rompiendo telas de araña primorosa y artísticamente diseñadas a lo largo del año.
Las arañas, que ya se veían venir el desastre, se zampan de un tirón todo lo que pueden de la despensa, recogen sus alargadas patas y se convierten en bolas rodantes, en boñiguillas perfectas, que, las escobas, llevan rodando hasta el recogedor y, desde éste, son lanzadas a la hierba cercana a la huerta.
Pasado el peligro, desenroscan las patas y caminan por el árido terreno sabiendo que han perdido el hogar y… lo que es más importante, la reserva de moscas, mosquitos y polillas que tenían almacenadas.
Ahora toca trabajar fuerte de nuevo, elegir otro lugar o intentar hacerse con el mismo, a fuerza de peregrinar y pasar mil calamidades, para, cuanto antes, adelantándose al invierno que ya se anuncia en la cortedad de las tardes, buscarse un nuevo refugio, apilar comida de nuevo y esperar que la llegada de la primavera y el verano traigan otra vez la abundancia.
Paco Huelva
Septiembre de 2014


Onubenses.org: Sociedad Civil de Huelva