Herramientas Personales
Usted está aquí: Inicio


 

Ciudadanía onubense

Comunista

From Particulares. Published on 18/12/2014.

Cuando me afilié a Izquierda Unida me ofrecieron militar en IU o en el Partido Comunista. Escogí militar en IU. En primer lugar, ya había militado en el PCE unos cuantos años. Me fui por dejadez, por circunstancias personales. Lo dejé ir. Y en este momento me identificaba con un proyecto más amplio en lo social y decidí militar en IU. Todo esto viene a cuento por una charla en Facebook. Soy comunista y lo digo con orgullo. No sé si nos beneficia en las actuales circunstancias pero reivindico nuestro ADN. Y mira que soy el comunista más heterodoxo del universo: soy anti-Fidel. (Y otras cosas peores). Los poetas son la peor gente de este mundo perro…

Otra reseña del libro

From Particulares. Published on 18/12/2014.

Han salido muchas reseñas. Con colgarlas en FC ya me he excedido de vanidad. Os dejo la última y prometo parar ya. http://escultura.usj.es/?p=2013

Presentación de la editorial Hilos de Emociones

From Particulares. Published on 16/12/2014.

maria-dominguez-jpeg
Como podéis observar, mañana miércoles 16 de diciembre, a las siete y media de la tarde, presentaré en la Biblioteca Provincial de Huelva (Avda. Martín Alonso Pinzón, 16) a María Domínguez.
María ha ejercido como maestra en Santa Olalla del Cala (Huelva) por un porrón de años. Hasta que se cansó de hacer lo mismo y decidió dedicarse a otras cosas. Desde entonces, María anda de un lado para otro realizando cosas increíbles:
Ha publicado más de veinte libros sobre la importancia de la lectura en la conformación de los que somos, dirigidos tanto a profesores como a los padres y madres del alumnado.
Ha puesto en circulación libros de poesía y narrativa dedicados al público infantil y juvenil.
Ha montado “cuentacuentos” en multitud de colegios y bibliotecas.
Y ahora María, también, ha puesto en marcha la editorial “Hilos de Emociones”, por si no tenía bastante.
Bueno… y de eso y de otras muchas cosas hablaremos: de cómo y por qué a María, en estos tiempos tan revueltos en lo económico, se le ocurre montar una editorial; de los dos primeros libros editados por Hilos de Emociones, de su vida, de la nuestra… de la de todos; en definitiva, de los sueños cumplidos y por cumplir del ser que habita en María Domínguez.
Os espero.
Paco Huelva
Diciembre de 2014

Prim

From Particulares. Published on 15/12/2014.

Una de mis pasiones privadas es la historia de España en el siglo XIX. Y la literatura española del siglo XIX. Creo que lo sé todo sobre las guerras carlistas, por ejemplo. Y entre mis relecturas recurrentes figuran Alarcón y Valera y Pardo Bazán y Galdós y Clarín, a quien me sé de memoria. Mientras escribo esto, ando viendo en la 1 la película sobre el asesinato de Prim, que no está mal, si uno se lo toma algo así como un documental del Canal Historia. Señalan acertadamente al duque de Montpensier como instigador y dejan en el limbo a Paúl y Angulo, al que presentan como una especie de Pablo Iglesias. Y meten, para mi regocijo, a un joven Galdós que explica las lagunas de la trama y prácticamente hace de detective. La película es algo tosca pero bien hecha y emocionante. Casi parece la conspiración para matar a Kennedy. Me encanta que ese periodo de la historia dé para una película de ficción. En realidad, todo el siglo XIX da para muchas películas de ficción. Llegáis a tiempo para ver el final.

¡Por el culo te la hinco! (A la memoria de Rafael de Cózar)

From Particulares. Published on 14/12/2014.

Mi gozo con alborozo

From Particulares. Published on 11/12/2014.

Nuevo dicho que acabo de inventarme para expresar el estado de gran alegría que se disfruta al conseguir algo en lo que se habían depositado muchas esperanzas, era muy difícil de lograr y/o se ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo para su consecución. Os deseo un frecuente uso del mismo (en detrimento del frustrante pozo). Besos y abrazos, Manuel

UN ÁRBOL Y UN CAÑÓN

From Particulares. Published on 10/12/2014.

Leo estas líneas de una prestigiosa dramaturga contemporánea:

- “¿Sabes? Mi gente es como algunos árboles que se encuentran en el bosque; están huecos, vacíos por dentro, solo les queda la cáscara, la corteza, y, a pesar de eso, les siguen naciendo ramas y hojas. Yo no quiero eso”.

Y me ha recordado la definición de cañón que hacía un capitán de infantería en las milicias universitarias (IPS=Imbécil,¿porqué solicitate?, o Instrucción Premilitar Superior, según otros) de cuando yo era joven:

“El cañón es un tubo interiormente hueco por dentro que, cuando lanza un obús, éste sube y sube y luego cae; los físicos dicen que es por la fuerza de la gravedad, pero los militares sabemos que es por su propio peso”.

¿Conclusiones?

Cincuenta poemas, de José Luis Piquero

From Particulares. Published on 08/12/2014.


Piquero escribió una vez que él y yo teníamos una empresa de autobombos compartida o algo por el estilo, que, ahora, mientras escribo en este lunes santo en Madrid, no me apetece buscar.
Hace unos días, en Sevilla, y cuando ya iba pasado de rosca, llamé por teléfono, desde La Alameda, a Javier Sánchez Menéndez por el gusto de tomar con él una copa si era posible. Cuando tomo me ocurre eso, que me vuelvo dicharachero, que de mis adentros sale algo que siempre está ahí pero que sólo el alcohol hace visible. Mi payaso en toda su extensión es lo que sale, bien lo sé, el bufón que soy.
El Azar convino que en la calle Amor de Dios, en la librería Birlibirloque, cercana al lugar en que estaba con Vicente Medrano, se fuera a presentar “Cincuenta poemas”, Antología personal (1989-2014), editado por La Isla de Siltolá y que, además, la persona con la que me encontraba, por razones que no vienen a cuento, debía asistir a la presentación de dicho libro. ¡Miel sobre hojuelas!
Convine con Javier que iría, ya que me había perdido la presentación del mismo en la Biblioteca Provincial de Huelva.
Como siempre, monté el número, ese que he dicho que no puedo reprimir y que los que me conocen saben que saldrá no sé si con estupor o sarcasmo, incluso puede que con miedo o pavor que no manifiestan, o sí, pero que en esos estados no veo.
Allí estaban Piquero y Eva Vaz y Javier y Rafael Suárez Plácido y otras muchas personas.
Rafael, como siempre, hizo una erudita y sentida presentación del libro de Piquero, tal como sabe concebir, tal como los conocimientos que atesora hacen posible esa dicción siempre cargada de argumentos líricos. Un maestro, Rafael.
Y cuando leía Piquero yo sentía el peso de mi ignorancia en la epidermis, tal como las cucarachas deben encajar el golpe que las mata. Enano mental, me siento, en esos pocos momentos mágicos que la vida me concede. Es cierto.
José Luis vive, le pese a quienes les pese, en una dimensión ajena a nosotros. Y yo, a su lado, siempre me he sentido pequeño, asombrado por su capacidad creadora, anonadado. Muerto en vida, exactamente.
Pero no pude reprimir ese día, el hacer una vez más algo de teatro, y, antes de que Piquero finalizara, le pedí leer un poema, adornado con mi pajarita, asperjado por los efluvios etílicos; pero no sólo leí, sino que además, le pedí permiso a Piquero para improvisar. ¡Qué osadía, la mía, cuando estoy en ese fuera de mí que también soy yo! Otra de mis caras, de mis múltiples reversos, de mi poliédrico ser, de mis miles de caras irreductibles en una sola. Mi sino.
Y debo pedir perdón, por la intromisión, por la improvisación, por el ventarrón que me acompaña y quizá no sea bienvenido, a mis amigos. Y lo hago porque por encima de todo los quiero. Sí, lo que digo puede parecerles patético a muchos pero seguro que son de los que no comprenden, de los que nada entienden.
Amo a las personas, a las para muchos… conflictivas personas que hay en Piquero, en Eva, en Rafael, en Javier y en algunos otros pocos; esas multiplicidades que hay en cada uno de ellos. Esas milimetradas dosis de inteligencia que hacen, que en un instante dado, se icen como dioses paganos ante la negra verborrea del pensamiento único impuesto por los de siempre.
Anoche, en el Teatro Español, Valle y yo fuimos a ver “Beloved sinner” de Denis Rafter, en su versión inglesa (con traducción simultánea). Un Oscar Wilde que cuenta sin pasión pero con certezas su paso por la vida, con un repaso a su obra bastante exhaustivo. Su lucha con la sociedad victoriana que lo encarcela, su Amor por la Belleza, su amor por los hijos que le fueron apartados de su vera. Su maltrato por la sociedad. El cómo le arrancaron todo. Todo, menos el Amor. Menos la comprensión, menos la inteligencia, menos la capacidad de dilucidar mucho más allá de los cánones establecidos.
Y yo, mientras veía y escuchaba a Rafter, sentía la presión del libro de Piquero en el bolsillo izquierdo de mi abrigo, saltando de gozo, escupiendo palabras que eran sentencias, versos que eran columnas de mármol, poemas que eran mundos tal que el mundo que en ese mágico instante veía y oía en el escenario.
José Luis Piquero es una Grande de la poesía española. Quien no lo conozca que lo lea. No voy a perder el tiempo haciendo didáctica. No lo tengo.
“Cincuenta poemas” de José Luis Piquero, que confiesa haber escrito sólo algo más de un centenar, quizá sea, me llamen ustedes lo que me llamen, uno de los mejores poemarios editados en el año 2014 en castellano.
Ea, pues ya saben.
Paco Huelva
Madrid, diciembre de 2014

Paraísos

From Particulares. Published on 05/12/2014.


La primera acepción que se nos viene a la mente cuando hablamos del paraíso es el jardín de las delicias en donde Dios, según el Antiguo Testamento situó a Adán y Eva.
Pero hay otros muchos paraísos: cada persona lleva en sí una infinidad de ellos.
Algunos -por su trascendencia- son más relevantes que otros.
“El paraíso perdido” de John Milton es una obra imprescindible que cuenta la tragedia en la que anduvo metido Lucifer hasta convertirse en Satán.
La “Divina Comedia” de Dante o “Paradiso” de Lezama Lima serían otras dos grandes obras literarias en las que se inventan sistemas poéticos capaces de explicar por sí el universo.
El Quijote de Cervantes sería el máximo exponente en lengua castellana de la creación de un mundo a la medida de su personaje.
Pero, como decía, hay muchos paraísos y casi siempre perdidos.
El tiempo se encarga de mostrarnos el infierno en que vivimos y la mentira en la que somos educados por los que manejan los hilos del poder.
Entre el infierno y el paraíso sólo queda la soledad de cada ser. Lo que somos. No lo que aparentamos, lo que somos; lo que cada cual sabe que es.
Hay paraísos literarios como los que hemos citado pero también hay paraísos fiscales y paraísos terrenales. En estos últimos viven los extorsionadores, los manipuladores… los dioses paganos de los que hablé en un reciente artículo.
En el infierno de cada día -agarrados a la supervivencia como podemos- vivimos el resto de condenados.
Como los emperadores romanos hacían con la plebe los mandamases de ahora nos dan televisión, fútbol y entretenimientos varios. Se trata ni más ni menos de que el infierno no se note. Simple.
Lo malo es que lo consiguen.
Paco Huelva
Diciembre de 2014

Por el sueño afuera, de Adrián González da Costa

From Particulares. Published on 04/12/2014.


“La vuelta a casa es el retorno al vientre,
a la matriz materna, a la costilla (…)”

Cuando un poeta reconoce que la duda es la barca en que habrá de navegar mientras viva está cerca… muy cerca de la sabiduría.
Adrián González da Costa pareciera estar en esas tesituras negras en que agonizan los seres imaginativos que no creen en lo que ven. Tampoco en lo que escriben. Que saben que la búsqueda constante y persistente es la única razón para la vida y posiblemente la que da sentido a la misma.
No hace mucho recibí en casa el poemario “Por el sueño afuera” (Editado por la Universidad de Sevilla) de Adrián González da Costa, que fue galardonado con el XVIII Premio de Poesía de dicha entidad con un jurado formado por Concepción Fernández Martínez, Manuel Ángel Vázquez Medel y Braulio Ortiz Poole.

“Esa mujer que hoy por vez primera
cumple cincuenta y tantos años, tuvo
veinte en la boca.

Viene y va de sus años a mis días.
Viene, quiero decir, y va,
profusamente,
alimentándome así, acariciándome así, limpiándome
así, de esa manera suya, tan propia, tan fiel,
la cara con saliva, como
si el niño fuera niño todavía. O como
si no avanzaran nunca las Edades (…)”

La humildad es una virtud que abunda poco o nada en los creadores. Raro es quien no se deja arrastrar por no sé qué absurdo prurito adornado de fatuidades e ilusorios fuegos de artificio.
Ese no es el caso de González da Costa, consciente de que el ingenio llega hasta donde llega y que al final sólo reluce el trabajo elaborado, bien hecho. Y la esencialidad tiene una cosa, es terca como una mula y le importa un bledo las artificiales poses que confunden.

“Esperaban la ola. Hora a hora
la esperaban. Vivían
el tiempo de la fruta
madura, del pájaro parado
sobre la rama quieta, la maldición, el brillo
de ese filo fatal de las navajas (…)”

González da Costa (Lepe, 1979) pertenece a esa generación de poetas que ha de barrer no sin esfuerzo el patio… la casa brillante pero poco numinosa de la poesía andaluza, junto con otros hombres y mujeres que no deseo citar ahora.

“Esa brisa de abril, ese aroma marino,
ese viento que asciende y me enciende la sangre,
ese brillo fugaz como sombra de una ala,
ese intenso verano, esos labios abriéndose,

esa chispa inicial, esa brizna de fuego,
esa espina, esa espiga, esa furia infinita,
esa fuga, esa angustia, ese incendio encerrado,
esa sed de simiente desgarrando esos límites,

esa rabia, esa cárcel, esas reglas y riendas,
ese alto huracán removiendo ese pozo,
ese lago de luz donde se entra desnudo,
ese verse arrastrado, esa oscura corriente,

ese hambriento cristal para el pie ese que avanza,
esa sal, esa herida, esa arena en la boca,
ese hierro solar desgarrando el costado,
ese rayo, ese rayo en la carne hasta el hueso.”

Una gozada este pequeño pero grande poemario “Por el sueño afuera”.

Paco Huelva
Diciembre de 2014

Por siempre (una huelvería)

From Particulares. Published on 03/12/2014.


Besos de hierbabuena quiero darte, madre,
antes de que atravieses sola, por siempre,
las negras aguas del Leteo y te olvides,
te olvides madre,
que por un tiempo habité
tu hoy enjuto y silente
cuerpo, al que dañé,
al que sin querer dañé,
al que a posta dañé,
al que sin entender dañé…

Aleteos de negros buitres
sobrevuelan mi mente
madre-belleza, belleza-madre,
por siempre siempre.

Paco Huelva
Diciembre de 2014

El árbol de la vida, de José Sarria

From Particulares. Published on 02/12/2014.


“La ciudad vomita dormida
el eco de sus prisioneros
aún cuando todas las luces
languidecen sobre el asfalto,
derramando contra las plazas
un mar de soledad extrema
con las olas que van y vienen
desde el suelo a los tejados. (…)”

“El árbol de la vida (Poemas para la humanidad 1996-2013) es una antología poética del escritor, ensayista y crítico literario José Sarria, que ha sido publicada en impresión bilingüe árabe-español en El Cairo (Egipto), Editorial SANABIL, con traducción del profesor Mohamed Néjib Ben y prólogo a cargo de Rafael Morales Barba.

“(…)callo con el silencio
de mis silencios
y bendigo la hoguera
de las debilidades.”

La poesía de Sarria ha sido traducida al italiano, al francés y al árabe. La cadencia y el ritmo de sus versos contienen sones universales y están dotados de una profunda mística que va mucho más allá de religión alguna, transcendiendo al “ser” que habita en todos y cada uno de nosotros en base a códigos esenciales donde la ética encuentra basamento: esencia: lugar.

“(…)Se perdieron las risas
de los que fueron niños,
y con ellos los juegos y las voces,
aquella casa blanca
del sur, sus huertos
frondosos, el sonido de la noria
llevada por el agua
y la paz de saber
que a este lado del mar también existe
la tierra prometida. (…)”

Me precio de ser amigo del hombre que anida en el poeta José Sarria, lo que no excluye que deba ejercer libremente la crítica cuando enfrento un texto. Él mismo no me lo permitiría.
Y “El árbol de la vida” es un libro de Amor lleno, donde la duda anida pero renace el ave de la redención a través de la búsqueda… ese objeto del deseo, esa ansia, esa Necesidad que cualquier creador en el campo que fuere ha de perseguir hasta el último aliento de vida consciente.

“Le dije que se equivocaba,
que yo no tengo pedigrí
ni sangre azul,
que mi visa no da
para más de cien euros
y que nunca podré asentar la cabeza.
Le seguí detallando mi currículo
de perdedor,
las credenciales de exiliado
perpetuo. Le mostré los documentos
que me validan
como un desheredado de larga duración.
Le expliqué, sin titubear,
mi teoría sobre el largo plazo
y el día de mañana.
Intenté convencerla
de que a mi lado no tendría
más patrimonio
que un incierto futuro,
y a pesar de ello
prefirió apostar por la aventura
de acompañarme. Desde entonces
ya no he necesitado a nadie más
para combatir este
inventario de derrotas.

Este “Árbol de la vida”, esta antología poética de José Sarria traducida al árabe por el profesor Mohamed Néjib Ben Jemia es un regalo para los sentidos, una ambrosía… como todo lo que es acunado en brazos de la solidaridad y el hermanamiento.
Un objetivo. Un destino.
Paco Huelva
Diciembre de 2014

Recuerdos tristes

From Particulares. Published on 02/12/2014.


Charity begins at home. (Proverbio inglés)

Caminaba de la única forma que puede hacerse en las grandes urbes: ajeno al entorno y ensimismado en sus pensamientos; siguiendo la línea más corta hacia su incierto destino.
Sorteaba personas, vehículos, calles, vagones de metro, mobiliario urbano y todo cuanto a su paso fuera un obstáculo para su andar decidido; guiado como por un control remoto; manejado por otras personas o por una entidad superior que desconocía.
En la confluencia de las calles Arenal y Bordadores sin embargo, no pudo sino pararse en seco ante la imagen de ella, que, refulgente, presentaba un aura que la distinguía del resto de personas. “El símbolo de la apatía, de la desidia, si lo hubiere, sería exactamente como el reflejo de su cara” –pensó-.
Ella tenía el pelo corto -como favorece a las caras pequeñas y redondas-. Unos ojos tan cargados de tristeza que se habían vuelto opacos, sin espacio material para el brillo que comunica. Pequeños caracoles aceitosos se derramaban de la parte superior de su frente hasta tapar sus cejas que, de vez en cuando -con un movimiento nervioso de la cabeza- despejaba de esas cortinas arracimadas que le molestaban.
Ella notó la perplejidad en la cara del desconocido que se había parado a unos veinte metros. Comprobó que la miraba ensalmado, como si no la viera; como si mirase a un túnel negro y profundo que estuviera tras ella, detrás de sus ojos, y no vislumbrara luz alguna que presagiara un indicio de salida. Sin pensarlo dos veces, se dirigió a él:
-¿Señor? ¿Señor? -dijo, mientras tendía hacia el hombre, que había quedado como obnubilado, una escudilla metálica de un rojo estridente que arañaba las pupilas y donde, tintineantes, tres monedas de diez céntimos se movían como reclamo de otros posibles estipendios.
Los caudales humanos que aportaban ambas calles hacían rotar a la mujer, le impedían llegar a él que, mayestático, se mantenía en el mismo lugar aquejado de una suerte de parálisis completa. Sin embargo, se miraban, se miraban intensamente. La escudilla se comportaba como una pequeña balsa amarrada por una cuerda entre ambas orillas del río humano que subía y bajaba arremolinado. La fuerza continua de aguas portentosas que bajaban sin consuelo le impedían por ahora realizar trayecto alguno excepto luchar denodadamente contra la corriente poderosa del río que los separaba.
Cuando el caudal amainó, convirtiéndose en un triste venero, se acercó a él, -tímida la forma, controlado el gesto.
-¿Señor? ¿Señor? ¿Me paga un vaso de leche y me lo tomo delante de usted? -dijo, con una voz leve, fracturada por el hambre, que se reflejaba en su anoréxico cuerpo y en las medias lunas negras bajo sus ojos sin luz de una infinita melancolía.
Miraba como debían hacerlo todos los que han perdido la confianza en el gobierno del mundo.
De sus ropas, aun a cierta distancia, se desprendían los humores que catalizan una vida desdichada: una mezcla mugrienta de sangre, sudor y semen.
En ese instante, en ese momento justo de recíproca comprensión, de reconocimiento de la realidad, un cambio de luz que pareció hacerse solo para ellos, los paralizó en la avenida como estatuas de un museo callejero. La gente seguía circulando arrastrada por la corriente, pero ellos -rocas duras introducidas muy dentro del acerado- las veían pasar en derredor no afectados ya por el movimiento continuo e incesante. Eran ejes firmes sobre los que rodaba el mundo; epicentros de todos los movimientos; ojos de huracanes que se mantienen en su interior inalterables al efecto del catastrófico viento que destruye.
¿Cómo es posible vivir ajeno a la problemática social que inunda las calles de nuestro país, especialmente a las grandes ciudades? ¿Dónde se instala ese tan cacareado progreso y bienestar social? ¿Cómo podemos aún seguir clasificando a las personas en función de los bienes que atesoran? Pasamos al lado de los indigentes, de los marginados, de los desahuciados y no los vemos. Se nos han convertido en parte del entorno, en un mal menor, que, hipócritas, aceptamos. Hemos perdido el valor para alzar la voz contra el sistema que los destruye y nosotros ¡tristes marionetas!, vivimos enredados en nuestras deprimentes y exiguas vidas sin ver nada excepto nuestras propias miserias. Lo más que consiguen de nosotros si acaso, es una huidiza mirada que se aparta rauda de sus enfermizos cuerpos porque dañan nuestras “límpidas” conciencias. Pero la imagen, la “idea de ellos” no llega a instalarse en nuestros atribulados entendimientos.
Muy cerca de donde están parados -como fantasmas enredados en un sueño-, tienen tiempo de ver la puerta de un local cercano y comprobar, atónitos, cómo se va formando una gran cola de “señoras y caballeros” ante la entrada de una discoteca de lujo.
Un potente foco televisivo resalta caras risueñas, finos y costosos trajes de diseño y una reluciente pedrería en manos y cuellos de acicaladas señoras. Los caballeros, casi todos con pajaritas, blancas unos -como las teclas del piano de sus sonrisas-, y negras otros -como los cerrojos oscuros de sus atrincheradas almas.
Un cartel luminoso parpadea sobre el quicio de la entrada, iluminando a ratos a dos personas de mucho músculo y poco conocimiento, de esas de cortas palabras y grandes gestos inocuos que dejan entrever continuamente, satisfechas, orgullosas, sus cinturas estrechas, sus grandes espaldas y brazos sarmentosos… pero no saben hacer uso del “verbo”. Tristes hombres sin fondo: todo estructura, solo fuerza.
En el cartel reza de celestino neón:

FIESTA——PRIVADA——FIESTA——PRIVADA——FIESTA——PRIVADA—–

El hombre pensaba que, en Madrid, y en otras muchas grandes ciudades, estaba aumentando sin remedio, sin posibilidad de solución, el número de inmigrantes que buscaban en Occidente “El Dorado” que en otras épocas los europeos fuimos a descubrir en otras tierras lejanas.
Personas que, como aquellas, salvo excepciones, engordarán inevitablemente el sustrato marginal donde las clases pudientes seguirán encontrando a precio de saldo una cantera interminable de braceros: “chachas para sus hijos, cocineras para sus señoras, albañiles para sus obras, jardineros para sus hermosas flores….”
También les servirán como razón in extremis para seguir declamando el mito de la pureza de raza, de la supremacía del blanco -rancio honor basado en factores biológicos de pigmentación-, del posicionamiento social o geopolítico de sus países y otras sandeces por el estilo.
Pero, ¿para qué nos sirve la historia? -se dijo-. ¿Quiénes se acuerdan de la expulsión de los judíos? ¿Quiénes de la toma de Granada y el llanto del moro? ¿Quiénes de los chuetas mallorquines? ¿Quiénes de los gitanos excepto para insultarlos y vilipendiarlos por sus costumbres? ¿Quiénes de los andaluces, extremeños, murcianos y otros pueblos desplazados otrora por medio mundo?
“La memoria es un plato roto”, decía Cláude Simón –recordó.
Dan ganas de no pertenecer a esta mierda de barriadaciudadcontinentemundouniverso. ¿Por qué nos damos este aire? ¿Quiénes nos creemos que somos?
¡Seremos estúpidos!
Se interrogó -en su aletargado estado- si era diferente a los demás; individualmente sí, socialmente no -se contestó-.
De todas formas -prosiguió-, Europa está llamada en este siglo que entra a teñir su color -su asqueroso ario color-. La fusión multicultural eliminará a base de años, sangre a raudales y mucha paciencia las distinciones entre razas, pueblos y, esperemos, religiones: auténticas causantes del estado actual de las cosas. ¿Es esto tan difícil? -argumentaba-. ¿O es sólo una hipótesis ilusa y utópica?
La verdad es que todas las constituciones proclaman la igualdad de los seres humanos; ningún gobierno en cambio las garantiza.
Antes de que ello ocurra, seguirá derramándose mucha sangre inocente, muchas rabiosas e impotentes lágrimas, muchas risas de déspotas con billetes y además -triste paradoja-, mucha tinta impresa que cerrará portadas de periódicos y revistas a última hora; y también, ¿cómo no? -son los medios de transmisión por excelencia- se continuarán abriendo los informativos de radio y televisión con esos impactos que suben la audiencia.
¡Qué inmensa mierda! -susurró.
El tintineo del cuenco de la mujer de los rizos acaracolados, de la mirada opaca, del pelo corto, le hizo salir de la ensoñación:
- ¿Señor? ¿Señor? ¿Me paga un vaso de leche y me lo tomo delante de usted?
- ¿De dónde es usted, señorita? -preguntó el hombre.
- Soy de Madrid, señor.
Confuso, dejó una moneda que cabriteó alegre en la roja lata y continuó su camino sin mirar atrás…
Toda la vida recordaría ese breve instante. En él, fue sólo un hombre; una persona que piensa, que se pregunta el porqué de las cosas. Se acercó, sin saberlo entonces, a su plenitud.
Ahora, convertido nuevamente en ciudadano social, perdida su individualidad, sigue sorteando personas, vehículos, calles, vagones de metro, mobiliario urbano y todo cuanto a su paso es un obstáculo para llegar a su triste destino: “pasar por la vida sin ver, sin conocer”.
“El hombre -como decía Martí-, ha de abrir los brazos y apretarlo todo contra su corazón, la virtud lo mismo que el delito, la suciedad lo mismo que la limpieza, la ignorancia lo mismo que la sabiduría.”
Tal como dice Agatón en una cita de Aristóteles: “Ni el mismo Zeus puede alterar lo que ya ocurrió”, pero, ¿no se podrían establecer medidas para mitigar o, en su caso, eliminar lo que está ocurriendo y lo que queda por venir?
Contéstese a placer.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Imaginaria

From Particulares. Published on 30/11/2014.


-¡Oye! Mira este plano de la ciudad. ¿No te parece curioso?
-Debe ser antiquísimo ¡es verdad!, -contestó Baxter, mientras alisaba su larga melena tras la oreja.
El plano -por su longevidad aceptada o real- mostraba en sus dobletes rectangulares estigmas claros del paso del tiempo. A pesar de ello podían distinguirse fácilmente un indeterminado número de pequeñas viviendas, agrupadas en manzanas, que rodeaban a una figura octogonal en cuyo interior y, dentro de un pequeño círculo, aparecía el símbolo de un helipuerto. Desde la circunferencia, dividida en ocho segmento iguales, partían calles hacia los vértices del octógono. De esta forma, ocho triángulos iguales descabezados por un arco componían -según el directorio escrito en el lateral derecho del manoseado papel- otros tantos estacionamientos de vehículos pesados.
-¿Qué significa esto?, -preguntó Xavier.
Un enjambre de casas, más acusadas en algunos lados rodeaban el polígono descrito conformando el plano de la misteriosa ciudad.
-¿Será este un plano remoto de nuestra ciudad, de Imaginaria? ¿Por qué nacería la ciudad de esta guisa? ¿De qué vivía? ¿Con qué comerciaba? -se inquiría Xavier sentado en la cama, las piernas a lo indio.
Xavier, por el rabillo del ojo, observó cómo Baxter miraba su flácido sexo cuyo prepucio asomaba por uno de los pliegues rotos del plano, agitándose levemente con su respiración.
-¿Y esto qué es?, -musitó Baxter haciendo ademán de tocarlo.
Xavier se sonrojó ligeramente y acompañado de un “¡vete al carajo!”, le atizó un empellón en el brazo.
-Alice, ven a verlo, ¡mira qué curioso! -ordenó Baxter.
Alice se acercó a la cama y jugando con las palabras e intentando tocar el pene de Xavier, agregó:
-¡Es verdad! Esto debe ser antiquísimo.
Mientras Alice y Baxter se reían a carcajadas -haciendo gestos ridículos sobre la longitud de su sexo-, Xavier sintió una punzada de erección y para disimular, se levantó de un salto:
-¿Por qué no me la tocáis a dúo, eh?, -dijo, casi gritando.
Xavier, más por cortar la hilaridad de sus amigas que por necesidad, decidió ducharse. Abrió la puerta que conducía al cuarto de baño -de uso común a todas las habitaciones de la residencia- encontrando el pasillo tan sucio y destartalado como siempre.
Al entrar, observó cómo la mayoría de los separadores de las duchas estaban ocupados. Escuchó el sonido licuante del agua al caer sobre los cuerpos y algún canto absurdo tarareado por una voz conocida pero incapaz de identificar. Comprobó con satisfacción que el último cubículo estaba vacío.
Al abrir la bolsa de aseo para sacar sus enseres tuvo tiempo, de reojo, de observar cómo en la ducha contigua dos compañeros se sodomizaban. El sodomizado, más laxo, susurraba de placer mientras quien le penetraba -tenso, musculoso, nervudo- le acariciaba su pene erecto amoratado de sangre, con una pastilla de jabón que resbalaba en su entrepierna pompas irisadas sobre sus largas y morenas extremidades. Xavier se hizo el guiri “¡allá cada uno con su vida!” -pensó- no sin sufrir un impacto por lo entrevisto y comenzó a ducharse mientras seguía escuchando -ahora atento- los cada vez más inocultables jadeos de la pareja. A éstos –imagina- lo único que les importa ahora mismo es encontrar ese instante donde se fusionan los mundos: esa meta que expansiona, que relaja los poros, que abre los esfínteres.
Comprueba contrariado que el grifo rojo no tiene manivela y no le apetece nada, pero nada, ducharse con agua fría. Encuentra, no sabe cómo, una caja de fósforos de grandes dimensiones. ¡Tan grande como un libro y además gordo! La abre y extrae una rara cerilla que, por la humedad del local, prende muy mal: como por partes. El resto de la caja, por simpatía, sale ardiendo mientras escucha un ruido como de cohete rabón que le hace tirar la cajetilla prendida sobre el cubo con el carburante. Éste, como por ensalmo, prende bien para satisfacción de Xavier. Abre ahora el grifo azul, y remediado algo por la estufa se ducha con agua helada mientras refriega sus músculos ateridos de frío.
De regreso a la habitación, comprueba que Alice y Baxter se han marchado. Una vez vestido, sale a la calle y, en la puerta, se da de lleno con unas maniobras militares que cruzan la avenida arbolada. Se dice para sí: “¡vaya mala suerte que tengo! ¡Mal empiezo el día!”
El oficial de más rango le pide sus credenciales y comprueba que Xavier no ha realizado los ejercicios semestrales de capacitación ofensivo-defensiva. Después de una perorata militarista que Xavier no escucha, le explica detenidamente qué es lo que debe hacer en estos momentos por el Estado.
-“La Raison d’Estat, ¡ah!, la Raison d’Estat” -gimió Xavier malhumorado.
-Deberá correr a lo largo del frontón -al que llegaremos en breve- lo más pegado a la pared posible; mientras tanto, los cadetes infantes que son los que ensayan hoy, probarán un nuevo armamento -dijo el oficial.
-¿Qué armamento? -objetó.
-Se trata -continuó el militar- de una especie de cañón pequeño que dispara palos de batear.
Preguntado toscamente si lo ha comprendido, Xavier contesta algo ofendido que sí, que está preparado.
Al llegar al campo de maniobras y, ante la orden de salida realizada con una pistola bengalera, Xavier empieza a correr pendiente de los disparos. Comprueba que la separación entre los tiradores será de unos veinte metros y que, por lo corto, la pista del frontón tendrá, al menos, doscientos cincuenta; en un cálculo rápido, le salen casi trece disparos. Serán trece, ¡para joder más¡ -pronuncia.
El primero yerra el tiro, pero Xavier se asombra del ruido que, tras sí, hace el bate de baseball al chocar contra la base hormigonada del frontón. Continúa esquivando los estacazos como puede, mientras -horrorizado- nota como un viento anómalo silba tras sus orejas.
“¡De éste me he salvado por los pelos!”, -murmura.
De pura suerte y con el corazón fuera del cuerpo, consigue recorrer el campo sin destrozos aparentes.
A la salida de las instalaciones, cumplida ya su misión, otro oficial le pregunta su nombre y dirección. Xavier observa, asmática todavía su respiración, cómo el militar tacha su nombre en una gruesa lista que maneja con poca destreza.
-¡Bien, caballero! Ha cubierto usted este semestre su entrenamiento como diana móvil. El próximo ejercicio que le corresponde es, ¡a ver!, -duda consultando sus papeles-, ¡sí, eso es!, será el de hombre bala -comenta el uniformado.
A pesar de lo agitado de su respiración, Xavier consigue preguntar de forma audible:
-¿Y eso, en qué consiste?
-Pues verá. Metemos a las personas en un gran cañón de calibre adaptable al grosor y altura de las mismas y hacen de bala. Se lo tiramos al enemigo.
Xavier no supo qué contestar y el militar prosiguió:
-De esta forma, matamos a los que les damos con el proyectil y de paso, también, a los que tiramos.
El oficial mira sonriente a Xavier, que no entiende por qué, sabe, que está mostrando y no debiera una cara de escéptica idiotez.
-¡No le gusta el método, ciudadano!
Xavier sabe de sobra que no vale la pena disentir del poder establecido; por lo que no discute: “es más sabio” -se dice-. Pero: “¿de qué sirve en estos casos ser más sabio?” -se pregunta.
En la salida ya, encuentra a una multitud de personas que, como él, han cumplido hoy con las obligaciones para con la ciudad. Los hay de todos los gustos: los menos, enteros; la mayoría, lisiados. Algunos con grandes vendas en cabeza, brazos y piernas o con rosetones que transcienden a hematomas producidos por impactos de múltiples armas. Xavier, vanidoso, recompone su figura alisándose la ropa y es mirado con envidia por “los tocados”.
En un acto de sinceridad se dice, “he tenido mucha suerte, ¡más suerte que el diablo!”
No sabe cómo ha podido intuir más que saber cuáles eran las trayectorias de los disparos. Sí es cierto -reconoció- que a partir del tercer impacto identificó el código secreto empleado en el afinamiento del tino de las armas que ensayaban. No fue difícil para él. Fue como una premonición que se confirmaba conforme recorría el trayecto. El código secreto aplicado en este caso, era el código adenetista que Xavier conocía bien por su profesión de ingeniero genético. Contento del azar que le ha permitido por esta vez salir en perfecto estado de este siempre difícil trance de instrucción militar, Xavier encaminó sus pasos al gran zaguán de salida aglomerándose con el resto de cooperantes.
En la calle ya, atestada de vehículos ruidosos, Xavier se dirige hacia la zona de recreo donde, cerca del lugar común de referencia para los amigos y conocidos, encuentra a Alice y Baxter sonrientes que le preguntan dónde se mete. Xavier prefiere no dar detalles para evitar los seguros comentarios sarcásticos de ambas.
Baxter, sin venir a cuento, dice “que no ha podido ducharse, pero de todas formas, le gustaría que se lo hicieran así, en su salsa”. Un compañero de trabajo de Alice, al que Xavier desconoce -y que llamaremos Zolster- murmura:
-Pues yo estoy que me salgo: si estás receptiva, lo hacemos donde tú quieras.
Baxter lo mira fijamente reconociendo en Zolster, a primera vista, la madurez y el conocimiento suficientes que pueden presagiar un grato encuentro.
Zolster, animado por su mirada, se abre la bata y enseña sus credenciales: un cuerpo de piel brillante y tersa con más luz alrededor de su sexo turgente.
Baxter y Zolster, ante la mirada lasciva de Alice y la incredulidad de Xavier, se encaminan de la mano a uno de los furgones estacionados en la plaza que el gobierno municipal coloca durante las noches para el solaz de los jóvenes.
Xavier se imagina a Baxter mientras retoza con Zolster y acusa un ramalazo de celos. Alice, mientras tanto, nota una húmeda sobrepresión en la entrepierna y se lamenta de que Xavier, como siempre, no se decida nunca a plantear abiertamente las cosas.
Xavier, como para pasar el tiempo, y tratando de mitigar la irritación de Alice que notaba en aumento, decide contarle una historia cuyo resumen puede ser este:
< >>Fue tal mi irritación -continuó- que a la salida del palacio de concentraciones me quejé -sin dudarlo- a los organizadores: “¿Cómo es posible que después de pagar con toda una vida abnegada al servicio de la comunidad, nos tomen el pelo con un prelado, con un dirigente que demuestra tan poco respeto por los ciudadanos que le abonan el sueldo diario, realizando un trabajo tan mal organizado? Que conste que formularé una reclamación en regla ante el comité de ciudadanos y pediré, además, me compensen con horas extras -las dedicadas a culto en las últimas semanas- para emplearlas en otros menesteres. Me siento realmente estafado”.
>>Ante la mirada atónita del funcionario purpurino insistí, recalcó Xavier: Pude verlo perfectamente; en el sorteo de los bancos me ha tocado la primera fila este mes: él simulaba que cantaba, pero no lo hacía. Comprobé además, un hecho incalificable, una distracción imperdonable: con la mano izquierda y, mientras estaba de espaldas al público congregado alzando los ojos hacia el símbolo del “que todo lo puede”, se mesó los cabellos largos por encima de su oreja izquierda, planchándolos sobre su coronilla con intención de tapar una ligera y cada vez más acusada alopecia. Este gesto de coquetería malsana es inadmisible en un representante de lo eterno en el mundo.
>>Tuve tiempo de observar todavía -continuó- cómo algunos compañeros de banquillo se percataron también del gesto aunque, con el orgullo herido, prefirieron disimular su contradicción ante tan flagrante delito. Si hiciera falta -le espeté al escribano, que abría desmesuradamente los ojos ante mi acusación- pondré también los números de orden de los testigos presentes que anoté>>.
Alice, mientras escuchaba desinteresada el relato de Xavier, miraba de reojo la camioneta donde se introdujeron Baxter y Zolster, que debían estar pasándolo muy bien.
Al poco, la puerta del vehículo se abrió y bajó de ella una Baxter radiante, medio desnuda aún, dejando retazos de su dicha por el empedrado del acerado que conducía hasta ellos. “Está satisfecha -pensó Alice-, no hay dudas; Zolster debe ser muy potente”. Ante esta visión, Alice no pudo contenerse más. Dejando con la palabra en la boca a Xavier y, antes de que Zolster se alejara del coche de encuentros, lo tomó de la mano y lo introdujo en el vehículo nuevamente.
Xavier, triste y aparentando indiferencia ante Baxter, le ayudó a ponerse el cinturón mientras comprobaba el brillo dionisiaco de sus ojos y olía la exuberante exhalación de un millón de poros satisfechos.
Por indicación de Baxter, iniciaron el camino de regreso a casa. Xavier pensó, un tanto amargado y aprovechando el silencio de su amiga, que un día más debía irse al rincón designado por la autoridad sin encontrar el hilo perdido que diera sentido a su vida.
¿Encuentra alguien el sentido de la vida? ¿O todo es una pura búsqueda? ¿Qué hacer?, -se preguntó-. Indudablemente, seguir buscando, -se matizó-.
Se despidió de Baxter que dijo iría no sé a qué lugar y, solitario, continuó su impredecible y por otra parte, irrenunciable camino en busca de completar su cada vez más programada vida. “Su destino sería el que estuviera previsto en el orden de las cosas” -objetó no muy convencido-.
Xavier, en estas circunstancias, siempre se alteraba un poco. Había personas -se decía- que no se preguntaban nada. Personas que, a primera vista, parecían felices en su ignorancia. Él debía de estar hecho de otro material. Para él todo era movimiento, movimiento continuo e incesante. Pero ante la inexpresividad del entorno, no podía hacer otra cosa que aguantarse, seguir la triste senda marcada hasta ahora para su devenir.
Migajear pequeñas luces de sabiduría que encontraba por azar aquí y allá y, con ellas atesoradas, intentar alumbrar la gran bóveda de la caverna oscura de su vida. “Triste luciérnaga en el abismo de lo desconocido soy”, -se decía. ¡Eso sí! De tarde en tarde, veía estrellas, pequeñas mariposas en la distancia que parpadeando como él, errático su deambular, le confirmaban que pese a todo no estaba solo en la búsqueda. “Una vida no es suficiente para aprehender el sentido de las cosas. ¡No puede ser!”
La vida se le presentaba oculta, misteriosa. Sólo podía acceder a ella a través de la minúscula cerradura que conformaba su débil concepción del mundo. Constatado tenía que su ignorancia sólo permitía ver esquirlas sueltas del saber. Podía valorar el mundo exclusivamente a través del arquetipo de realidad que esa triste visión le producía. Pero, ¿qué podía hacer? ¿Tenía esa, por otro lado, cambiante visión, algún parecido con la realidad? ¿Qué importaba?, -pensaba, contradiciéndose-: La duda es el alimento de los sabios. ¿Qué era la realidad? ¿Hay alguna realidad que deba importarnos aparte de la nuestra, de la que se nos ofrece a través de nuestros sentidos? ¿Ninguna? ¿O infinitas? ¿Es posible decir también -seguía- que no ser capaz de formar una línea coherente de la realidad pueda ser una mejor solución para los humanos dado nuestro escaso conocimiento del mundo? ¿Qué valor tiene preguntarse dónde está la verdad ante la infinitud del universo desconocido?
No es posible parar los relojes evolutivos. Estamos aquí, lo sabemos, para permitir en nosotros y en los que nos sigan, imperceptibles cambios microgenéticos que ayudarán a adaptar nuestra especie al cada vez más desequilibrado espacio medioambiental resultante de nuestros actos. Lo demás, como dicen los castizos, son gazmoñerías y patochadas. Disquisiciones de un iluso en una tarde triste y desacertada. Solitaria “mente” de un muñeco colocado en la parrilla de una tómbola, aturdido de luz indirecta, angustiado por el río incesante de personas que pasan ante sus ojos y acongojado por el parlanchín oráculo de turno que atrae a su modificable y adaptable edificio social cuantos cándidos -¡oh, Voltaire- pasan por su lado.
Es ya noche cerrada. Xavier entra en su habitáculo y sin ganas alimenta su sistema no por apetito sino más bien por hábito. Recostándose en el diván, borra en la tablilla de su existencia ínfima el día de hoy. Bueno -argumenta- no he descubierto nada nuevo, pero al menos puedo permitirme seguir en el camino.
¿El camino existe o es una presunción necesaria para nuestra existencia? Xavier, deprimido, categoriza que sólo hay dos cosas: primero, el movimiento continuo de la materia, masa imperecedera en continúa formación, expansión, explosión, reconvención y todos los ción que se quieran, y, segundo, el pensamiento: esas luces imaginarias individuales o grupales ¡Sí! ¡Hay pensamientos grupales!, por ellos se han destruidos muchos pueblos, por el mero azar de tener ideologías, pieles o religiones diferentes y, con seguridad, se seguirán destruyendo. Lo que es seguro -continúa– es que nuestra apreciación, sea individual o grupal, es siempre errónea.

Errática y errónea
Errónea y errática
Errática y más errática
Errónea y más errónea

A Xavier le gustaría comprender la esencia de la vida en este itinerante fluir y constatado tiene que no podrá lograrlo. Antes de dormirse piensa que el parámetro -o al menos uno de ellos- que puede establecer un nexo de unión entre las diferentes cosas, debe ser la necesidad. La necesidad no tiene ley y por ello, por qué no pudiera ser un “primus inter pares”. Un hilo conductor. ¡Quién sabe! La “necessity has no law” no le ha dejado satisfecho, porque -concluye-, antes de dejarse llevar por Morfeo: “pudiera ser un hilo conductor pero hay billones de hilos.” Bueno…, Xavier cierra el día entornando las hojas de las ventanas por donde entran las sensaciones y toma el camino conocido que le conduce al interior de su cuerpo. Verdadero mundo entre mundos, todo mundo. Piensa en griego y dice: “todo está en el hombre”. Se deja transportar por conductos desconocidos; abierto, cerrado, y vueltos a abrir por conexiones neuronales múltiples, que al igual que Xavier en el mundo, se encuentran perdidas en la galaxia particular que los contiene y modifica.
Xavier, poco a poco, comienza ahora a percibir estigmas de mundo externo y mundo interno. Cada vez, ahora más, de mundo interno que externo.
Externo-interno. Interno-externo. In-ex-terno. Ex-in-terno. ¡Ni ex, ni in!, -se despierta sobresaltado-. ¡E! ¡Es, e! ¡Es e y terno! ¡E-terno!

¡ETERNO!

Xavier acaba de conseguir un nuevo paradigma particular en esta noche: “Soy Dios. Soy eterno. Siempre he sido, soy y seré. No soy ninguna oveja de un pastor Dios. Soy la mano de Dios, el cuerpo de Dios. Soy materia mutante. Energía cambiante y moviente. ¡Soy el movimiento! Pero… ¡Quieto! También soy la necesidad. ¿Y el amor? ¡El amor también! ¡Y el odio y la vida, y el espíritu, y la materia y el espacio y el vacío y… todo! ¡Soy todo! ¡Todo lo que hay soy yo! Pero…, entonces, ¿quién eres tú, amable lector? ¿Es que acaso todo no está en ti? ¡Sí! ¡Sí, sí! ¿Entonces…, tú, planta; tú, piedra; tú, animal; también todos estos tú son todo? ¡Claro que sí! Pero…, ¡todo es singular! El todo es una unidad y, ¿cómo la totalidad puede estar en la unidad? ¡Pues sí -concluye Xavier-, el uno es todo y el todo es uno! -Siempre volviendo a los griegos, se lamenta.
Se duerme ya, con el neón multicolor que le repite incesantemente:

UNOTODO – TODOUNO
TODOUNO – UNOTODO
TODO – TODOUNO – UNO
UNO – UNOTODO – TODO

Paco Huelva
Revisado en Diciembre de 2014

Desastres ecológicos en Huelva (y otras partes)

From Particulares. Published on 27/11/2014.

Señor Director: La  tremenda y  contaminante balsa  de  fosfoyesos, ubicada en las marismas de  HUELVA, es   para  mí  sin  duda, el atentado  ecológico más  grave e importante ocurrido  en  nuestro país, junto con  el  fatídico polo  químico de la  ría. Eso  es,  en  lo  que  respecta a  Huelva y  su  entorno, porque como  segundo atentado  […]

Inexteriores

From Particulares. Published on 26/11/2014.


La ladera de la montaña es escarpada, fría y dura como boca de lobo.
Bajo a grandes trompicones empujado tal vez por el diablo en persona.
Los elementos más insospechados que sólo puedo calificar de surrealistas, adornan el entorno.
Para no chocar y probablemente matarme, voy saltando obstáculos con artes autómatas que desconocía y que en vez de generarme satisfacción, llenan de ansiedad mi mente que no reconoce al cuerpo que gobierna.
Es como despertar a oscuras en un palacio de cuento de hadas y por si fuera poco, tener que aceptar que ese espacio es nuestro, que forma parte de la memoria. ¡Inexplicable!
Entre salto y salto y mezclado con una suerte de objetos variopintos que me circundan -curiosamente moldeados, sin formas bruscas, sin aristas-, veo grupos de personas desconocidas que hacen como si hablaran.
A algunas personas de esos grupos las encuentro repetidas veces en mi bajada. Estoy seguro de desconocerlas y sólo me ata a ellas la foto fija que las asocia a su integración en grupos anteriores.
Me sorprende lo que pasa pero con la inquietud de no perder pie en la caída no pienso más en ello.
La gente viste de forma extraña: es como si todas las modas de todos los pueblos y de todas las épocas de las que el hombre tiene conciencia se hubieran puesto de moda a la vez, mezcladas, conjugadas.
¿Será ésta la moda definitiva en el vestir? ¿Puede la moda ser la ausencia de moda? ¿Pudiera la moda ser el sincretismo de todas las modas?
No tengo tiempo para pensar en tantas cosas. Si sigo pensando me voy a chocar. Tengo que moverme, hacer; no pensar en lo que hago, sólo intuir cómo evitar el golpe, burlar el porrazo: saltar y correr, ese es mi destino.
Gritar sí, gritar sí puedo: pero no me oyen.
Me ven pasar como una aparición y ni se inmutan. Intento comunicarme con gestos aspavientosos, con ojos desorbitados, con fuego en las pupilas y como si nada.
En un rebrinque paso entre una boda tipo veneciano, ¿tipo veneciano? ¡Tipo veneciano!
Pier Paolo Pasolini es el novio.
Tengo tiempo de ver en su rostro un llanto amargo. Alguno de la comitiva comenta que le hubiese gustado ser la novia pero el sistema no lo permite. ¿El sistema? ¿Qué Sistema? ¿Sistema es con mayúscula o con minúscula? ¿Es una entidad material o se trata de una entelequia creada por los dirigentes para mantener encorsetados al sufrido y masoquista pueblo? ¿Sufrido y masoquista?
A pesar de la aparente contradicción observo en la cara de Pier y en su resignación, que ello es posible.
Mi hija-hijo (es andrógino), que acompaña a los celebrantes, habla con un lenguaje limpio y claro como cristales níveos que me hace llorar: ¡te quiero papá!
Dos vías caudalosas se desbordan de las fuentes donde mana el amor y siento placer cuando me humedezco.
Bañado en la fragancia que producen las dulces aguas filiales, escucho horrorizado a alguien que me sopla quedo, suave, que no llore, que no es necesario, que esto es un ensayo.
¿Un ensayo? ¿Un ensayo de qué?, pregunto.
Mi confidente que dice ser el ayudante de dirección -aunque a mí me parece un patán oportunista de esos que escalan los puestos aparentando que lo saben todo de todos- me confirma, serio esta vez y con porte de mandatario: “efectivamente señor, ésta es la última representación antes del debut y aunque desde la dirección le agradecemos sus dotes dramáticas para llegar al llanto con facilidad, puede usted dejar esas técnicas para mañana en el estreno. En estos momentos sus llantos sólo retrasan el ensayo y todo el personal de esta compañía tiene algo mejor que hacer que observar sus triquiñuelas académicas. Sabemos por su historial, la formación que posee y no tiene que martirizarnos continuamente con una exposición fuera de lugar y de tiempo sobre sus dotes expresivas, ¡ajústese al guión!, y no nos haga perder el tiempo.”
Ruborizado y con una ola de sofocante calor e irritación continúo cayendo ladera abajo.
No obstante, observo algo extraño que antes no ocurría. Presto atención y puedo ver que, a pesar de que hay grupos fijos que hacen como que hablan -insensibles a la gravedad que me transporta-, hay allí y allá, otras personas que también caen.
No sé por qué me siento reconfortado. ¡Qué estúpido!, -me digo-, ¿cómo me iba a ocurrir esto sólo a mí?
Algo más aliviado por la compañía converso con otras personas que bajan, unas más rápidas y otras lentas.
Básicamente hablamos de nuestras cosas, nada importante. “¿Y usted cómo afronta la caída? ¿Pensaba usted quizá que la vida sería así?” “Decididamente no, señora, esto ha sido visto y no visto, ¡no sé si vale la pena vivir de esta manera!”
Un grupo compuesto por dos parejas y un niño quinceañero nos adelantan sentados -a mi compañera ocasional y a mí- en butacas blancas sobre las que un parasol de colores alistados sombrea cuando hay sol.
Una mesa recoleta sirve de soporte a una bandeja de té, de cuya tetera plateada asoma el humo de la abundancia que, en breve, una criada encofiada servirá en tazas de porcelana.
“Después dicen que la caída es para todo el mundo igual, ¡y una mierda!”, le escucho decir atónito a mi acompañante ocasional que parece que acelera su paso y, efectivamente, veo cómo se pierde ante mí tomando un estrecho recodo que nunca sabré a dónde conduce.
Continúo el desdichado camino que para mí ha sido trazado de antemano, reservándome sólo algunos torpes movimientos con los que a veces tengo la impresión de poder dominar el futuro.
De mi presente poco tengo que decir, excepto que, aunque aparento la mayor cordura en mis relaciones con otras personas con las que casualmente me cruzo, no entiendo absolutamente nada de lo que me está pasando.
Vivo a merced de los acontecimientos y suerte tengo de poder contarlo porque a otros he visto, en el largo camino recorrido ya, cómo tropezaban desapareciendo, ¡sí, desapareciendo! No sé cómo es posible, pero desaparecen, no los vuelvo a ver.
¿Seré yo el que se pierde y sale de sus vidas e iluso de mí, me echan de menos? ¡No sé!
Vislumbro algo en el horizonte que requiere mi atención y dejo de pensar tonterías para concentrarme en ello. El amorfo obstáculo se va definiendo conforme caigo. Una delirante y estrecha torre con veleta -¿tendrá gallo?- se perfila sobre una masa -¡horror, es de piedra!- que se acerca a mí insalvable; ésta sí, ésta me la tengo que tragar… aquí no hay saltos que valgan.
No encontrando en mi cerebro solución al enigma que en breve me engullirá, adopto, no sé por qué, una posición fetal, mientras, con los ojos cerrados al entorno, me dejo arrastrar hacia esa luz que resplandece y parece, en principio, dará solución a la negra noche que me envuelve.
El edificio sobre el que me precipito está rodeado de personas que le caen de todos lados.
Es como un vórtice que engulle mansamente todo cuanto en derredor existe; ¿mansamente?, ¿cómo se puede engullir mansamente, sin fiereza?
Mi compañera ocasional que aparece, no sé de dónde, dice: “¡con diplomacia, hombre, con mucha diplomacia!”. “Es como el gobernante ideal”, dice mi hijo-hija, que ha crecido mucho mientras tanto y se las da cuando puede de universitario sabelotodo.
¡Confundida juventud!, me digo, por no discutir entre extraños.
Cada vez somos más, esto se está haciendo insoportable.
Añoro mis alegres aunque atemorizados saltos iniciales.
“La multitud acompaña pero también aborrega”, me digo.
Acompañado por cientos de miles, qué digo cientos de miles, puede que seamos miles de millones, nos agolpamos en torno de esa mole infranqueable donde intuyo que están escondidos todos los que gobiernan, seguros, sin peligros, omnipotentes, sabios, multinacionales ellos.
Un raro atisbo de inteligencia me hace sonreír a estas alturas: “ellos también caerán, también serán absorbidos por la nada”.
Por suerte he caído no lejos de una gran puerta acristalada abierta en un lateral de la mole catedralicia.
Todos los allí reunidos murmuran por lo bajo como si rezaran en una multitud de lenguas que desconozco.
Como no entiendo ninguna y tampoco las oraciones que declaman, me limito a tararear en silencio una canción de cuna.
Las personas que me aplastan en esta universal concentración sonríen con ojos dulces de fraternidad.
Mientras sigo haciendo el papel, me pregunto si alguien más está haciendo “su papel”.
Es imposible conocerlo. Esta es una obra que se escapa a mi comprensión y de la que me han hecho actor sin permiso.
Una gran explosión rompe los cristales de las puertas vidriadas y una ola exclamativa recorre como un solo cuerpo los cuerpos de todos los congregados.
Camiones blindados pintados de colorines salen de la puerta principal y también de otras muchas que ahora veo en los laterales. Les siguen multitud de grúas fijas y portátiles de las que cuelgan carrillos de mano y útiles de albañilería de todo tipo.
Una comitiva eclesiástica llena el espacio de sonidos ancestrales que son amplificados por objetos metálicos.
La gente llora ante el fasto y boato desplegado que aturde y paraliza los sentidos.
Los atuendos talares de finas y doradas hebras, brillan ante las espirituosas bengalas que transportan acólitos efebos que ocultan su indefinido sexo en una sonrisa cáustica. Mi hija-hijo va entre ellos. Cuando pasa a mi lado lloro de satisfacción a pesar de que no me ha visto. Siento no poder explicarle lo que pienso; he comprobado con mis enajenados vecinos que el lenguaje que hablo es un lenguaje que nadie entiende y tampoco yo puedo comprenderlos a ellos. ¡Difícil dilema! Después del largo camino recorrido no encuentro fuerzas ahora para adquirir conocimientos básicos que permitan esa comunicación tan necesaria. Tengo la impresión de que es imposible. Mi hijo-hija y yo somos generaciones distintas, distintos sistemas, diferentes redes.
Cansado de observar lo mismo y para no despertar sospechas entre mis inseparables vecinos -no sin quejas por mi osadía- consigo alejarme un poco buscando algo más de aire.
Dejo reposar mi maltratado cuerpo en el oscuro madero de un viejo árbol.
Aliviado por la soledad y con el cariñoso abrazo de sus frescas y verdes ramas, observo cómo la primavera hace brotar nuevos tallos en sus ensarmentadas extremidades. Me pregunto si mi hija-hijo llevará algo de mí. Me contesto que sí. Que algo de mí queda.
Tranquilo y sosegado cierro los ojos y me dejo morir.
Una paz firme y duradera se apodera de mi cuerpo iluminando mi esencia.
Me siento en la tierra y pienso en cuántas personas aportaron al minúsculo espacio donde ahora me recuesto, su energía vital en forma de elementos químicos y que ahora son parte esencial del barro y de la madera que me refresca.
¿Se sentará alguna vez aquí mi hijohija?
¿Qué más da?
Tarde o temprano aquí vendrá.
Soy un hombre feliz: he sido.
He dispuesto de una estructura física donde he vivido hasta agotarla. Me he consumido en mí mismo.
¿Ha valido la pena? ¡Quién puede contestar eso!
En fin… Me voy. Me he ido. No estoy.
Pero, no lo olvide, he sido.
Paco Huelva
Revisado en Noviembre de 2014

FUERZAS EMERGENTES VISIBLES Y OCULTAS

From Particulares. Published on 26/11/2014.

Tras una siesta de varios meses, bien merecida, atisbo a través de mi neotecnológico turboturbante que, en la Españeta, los medios de bobalización dan protagonismo a unas fuerzas, antes desconocidas para mí, que parecen apuntar a un supuesto fin del bipartidismo reinante desque se fraguó el timo constitucional de 1978.

Me han llamado la atención, especialmente, las tres que relaciono a continuación:

  • los misteriosos y calentones Romanones

  • el pequeño Nicolás

  • Podemos

No sé si vuesas mercedes habrán reparado en ello, pero yo, quizá por mi pasado musulmán adiestrado en observar a la competencia -vil por definición-, he visto enseguida un nexo de unión entre ellas:

los Romanones han trabajado y actuado siempre en iglesias, el segundo apellido de Nicolás es Iglesias y el líder de Podemos se llama Pablo Iglesias.

Campanas al vuelo, que esto significa algo. Si aplicamos el principio de parsimonia la conclusión es obvia: marchan unidos para hacerse con el poder absoluto con sumisión de los demás poderes, o sea los financieros, y su técnica ha sido impecable: unos, presuntamente, han adoctrinado y humillado a parte de la juventud y han acaparado herencias de viejas ricas, táctica eclesiástica secular; otro se ha hecho dueño de las tertulias y demás telebasuras con historias que enganchan hasta a productores de cine, y los otros se han hecho los héroes de los indignados sin futuro, es decir, que el trío ha ganado todos los nichos de mercado electoral, o sea: ¡¡la revolución total!!

De ahí que lo que digan las encuestas, verdadero diluvio en estas fechas, es irrelevante porque ¿qué nacionalcatólico va a ningunear a los Romanones? ¿Qué lector de las memorias de Mario Conde dejará de votar al nano Nicolás? ¿Y qué indignado dejará de confiar en Podemos?

Es un triángulo equilátero que rodea a todo quisque. Y no se olvide que un triángulo así es la mitad de la estrella de David, de modo que estamos ante un contubernio, una conspiración judeoeclesiástica que ni la OTAN podrá vencer.

Y como coletilla, os lanzo un reto: ¿a quiénes votaréis? Tomadlo como una encuesta, pero decidlo tras pensarlo. Y después, a misa, que entonces todo será domingo.


Sistema

From Particulares. Published on 25/11/2014.


Perseguía un objetivo que ahora no recuerdo, se me olvidó.
Caminaba decidido por las calles de una ciudad en que no había mucha gente: debía de ser temprano.
Era un día soleado y no tomé el coche; probablemente pensaría que un paseo no vendría mal a mi anquilosado esqueleto de funcionario.
Alguien de quien huía -siempre que podía- porque su compañía no me era agradable, se acercó a mí mientras deambulaba.
El abordante se empeñó en llevarme con su motocicleta a dondequiera que fuera y no pude negarme. Por algún motivo que ahora no viene a mi memoria, le dejé mi documentación para que hiciera unas gestiones respecto a la misma. Mientras circulábamos -por la acera- un agente de la policía nos dio el alto. Bajé de la moto y cuando el guardia uniformado se acercó, mi acompañante aceleró su máquina con un gran estruendo y se perdió por encrucijadas cercanas.
Al exhorto de que me identificara contesté que no podía hacerlo en esos momentos.
Tuve que acompañarle so pretexto de no sé qué legislación.
Recuerdo que llevaba en un bolsillo el teléfono móvil y colgado del hombro derecho un ordenador portátil.
La comisaría se definió a nuestra llegada como un organismo complejo, con múltiples instalaciones y vida propia. Me atendieron con amabilidad -todo parecía un mero trámite.
Me senté en una sala donde había más personas, cada una de ellas obcecada con sus propios pensamientos. De cuando en cuando, alguien me preguntaba alguna cosa respecto a mi persona.
Las preguntas comenzaron a espaciarse en el tiempo y el aburrimiento me hizo caminar por los pasillos cercanos para combatir el tedio. Al principio, regresaba a la sala inicial para saber si alguien se había interesado por mí. Posteriormente, me di cuenta de que nadie echaba en falta mi presencia y que se habían olvidado de mí.
En algún momento que no puedo precisar, pensé que era necesario avisar a la familia de mi paradero y decidí llamar por el móvil. Al extraerlo de la funda compruebo que no es mi teléfono, alguien lo ha cambiado, y además, éste no funciona, no tiene cobertura.
Alguien me hace pasar a una habitación donde parece que se celebra algo -hay una mesa grande con bebidas y comidas- y yo, algo desesperado, espero encontrar solución al dilema que atravieso.
Me instalo en un rincón y para no aburrirme enciendo el ordenador. Comienzo a ver pantallas en donde aparecen, como en un cinerama, multitud de imágenes de Vírgenes inmaculadas rodeadas de ingentes cantidades de flores blancas.
Junto con mi sorpresa -no recuerdo haber cargado ningún programa con esas características-, observo cómo las sucesivas Vírgenes atraen la atención del público que me rodea.
En la sala, no sé de dónde salió, hay un pope celebrando una misa al que sin querer estoy distrayendo la clientela y, ante la conminatoria mirada del representante de Dios, me decido a apagar el portátil con un desagrado manifiesto de la gente de mi redor.
Terminado el oficio, que sigo con respeto para compensar mi negligencia anterior, todo el mundo se va y me quedo solo.
Salgo del cuarto y merodeo por las habitaciones, que son muchas.
Compruebo que el edificio tiene varias plantas, no sabría decir cuántas, pero, por la numeración de los ascensores veo que hay infinitos sótanos, que no me explico qué uso pueden tener, pero, se me ocurre pensar que pudiera ser una de las puertas escondidas de eso que llaman el infierno.
Atacado por una fiebre casi de espeleólogo, comienzo a abrir puertas y ventanas para saber qué contienen.
Encuentro para mi asombro colegios y gimnasios, casinos y bibliotecas, economatos y cines… y un sinfín de utilidades que no me explico qué pueden hacer en una comisaría.
Aturdido, comienzo a fraguar la peregrina idea de que la comisaría es una ciudad que está escondida dentro de la ciudad; que es un espacio autónomo con leyes propias y desconocidas. Un complejo que depende sólo de sí mismo, ajeno a lo que ocurre extramuros. Un organismo vivo e independiente que interrelaciona con el entorno, pero mantiene siempre sus propias constantes perpetuadas en el tiempo más allá de cualquier forma de gobierno.
En el sótano de uno de los edificios, una multitud de extranjeros esperan a que los legalicen. Están agrupados por etnias, por países, por colores…
No han entrado por la puerta principal -por la que yo accedí-, lo han hecho por puertas traseras que desembocan a una playa desierta y fría. Llegan a la blanca arena sucios de miedo y de nostalgia por su tierra.
Sus caras han sido conformadas con constantes hambrunas y el frío moldeó sus cuerpos ateridos que esconden bajo mantas del ejército. Los ojos de estas personas son el escaparate del mundo desigual e insolidario en que vivimos.
Tomo un manta del interior de una caja con la que tropiezo y la echo sobre mis hombros. De cuando en cuando alguien me da algo de comer.
Me topo con un espejo y observo cómo mi antiguo aspecto de ejecutivo aguerrido se ha ido deteriorando con el paso de los días.
La gente con que me cruzo comienza a saludarme como a alguien conocido. Para muchos, ya no soy un extraño.
Algunos niños cuando me ven me piden que les cuente historias del exterior. En sus caras, veo la incredulidad que les producen mis palabras.
Por estas fechas comprendí que estaba perdido para siempre en esta comisaría, que nunca saldría de aquí. He quedado atrapado para siempre en la burocracia de un sistema.
A veces todavía, cuando me acuerdo, pregunto por mi expediente a alguno de los guardias que conozco, que me contestan con una sonrisa entre socarrona y esquiva: “pronto se resolverá… pronto”.
Poco a poco voy perdiendo la memoria de lo que fui y dedico mi tiempo a investigar los interiores de este monstruo con vida propia donde habito y de cuyas garras sé que no podré escapar.
Cuando muera me enterrarán aquí, he observado que disponen de crematorio particular.
Con las cenizas no sé qué hacen.
Quizás en el futuro una placa conmemorativa diga algo sobre mí en algún lugar de esta casa; o tal vez obvien lo de la plaquita, quién sabe.
De todas formas pasaré por aquí sin dejar huellas significativas. Igual hubiera ocurrido en cualquier parte donde hubiese vivido.
Quiero pensar que en el exterior de este lugar en que habito, alguien me buscó: al menos durante un tiempo.
Hoy tengo la certeza de que he sido olvidado.
Nadie aquí dentro recuerda ya que en otro tiempo llegué a este lugar por primera vez. La gente que hoy habita este lugar me trata como si hubiera estado aquí siempre.
A veces yo también lo pienso.
Quizá nunca estuve fuera y siempre viví aquí.
Pudiera ser que mis elucubraciones fueran ensoñaciones de un ingenuo. Solo eso, maquinaciones fantasiosas de una mente ociosa. Imágenes visionadas exclusivamente por el interior de mi cerebro.
Pura idea sin constatación posible en hechos.
Paco Huelva
Revisado en Noviembre de 2014

Fanatismo

From Particulares. Published on 24/11/2014.


El fanatismo es una pandemia -sustentada en la incultura o en la desinformación en todo caso- que ha recorrido el mundo desde que la humanidad tiene conciencia de su existencia.
El fanatismo -como lo describe Amos Oz- es más viejo que cualquier ideología, religión o sistema de gobierno, y tiene más que ver con la esencia del ser que con su extrapolación colectiva.
El fanático está siempre en posesión de la verdad y no está dispuesto a llegar a convenio alguno con el otro.
De ahí su intención -siempre- de obligar a los demás a cambiar.
El fanático busca la rendición no el acuerdo.
Fanáticos los hay en política, en religión, en educación, en ecologismo… en definitiva, en cualquier actividad humana.
Los dirigentes (empresariales, políticos, religiosos…), acostumbrados como están a crear corrientes de opinión y a imponer sus criterios escondiendo pocos o muchos ases en la manga -según cada caso; porque la verdad es oscura y hay que extraerla como los corchos de las botellas de vino, con no poco esfuerzo las más de las veces- siempre han hecho uso de ellos en todos los tiempos y en todos los lugares.
Los fanáticos están hechos de una pasta dúctil que permite condicionarlos al gusto y a la necesidad de cada momento.
Una vez creados -habría que precisar algo más aquí, justo aquí-, una vez que se les ha inoculado la necesidad de algo, o para mejor decir… la defensa a ultranza de un método, de una ideología, de una religión, de una forma de entender el mundo en donde el otro no lleva razón y siempre está equivocado… pues, solo hay que introducirles un impulso determinado y obtendremos el efecto que buscamos.
Simple.
Y de eso saben una barbaridad los sociólogos, los estadistas, los estrategas y los que, por razones puramente crematísticas, mueven el negocio de la mercadotecnia, o sea, defienden con toda la artillería posible una finca que tiene unos amos o, en su caso, siendo pública -de todos-, tienen unos capataces temporales que imponen los criterios a seguir en cada momento, para que los procesos que les afectan o las maniobras que se marquen se desenvuelvan tal y como el consejo de dirección haya diseñado a priori.
En última instancia, si las cosas no están bien, o no pintan bien, para eso tienen sus comités de crisis. Punto.
Llámese el constructo Mercasevilla, Caja Madrid o Podemos, pasando por toda la gama de colores, ideologías o intereses. Da igual.
Y he citado a Podemos a posta.
Porque cuando llegue el momento de gobernar y no de anunciar medidas, de legislación positiva y no de intencionalidades, pues, ya veremos lo que ocurre, sobre todo cuando las fichas del tablero de ajedrez del mundo empiecen a moverse. Es decir, salgan a la palestra las manos que mecen la cuna. Las que siempre lo han hecho. Esas que están en la oscuridad. En un limbo siempre ajeno al conocimiento de la ciudadanía, y con las que, curiosamente, al final, todos los gobiernos se entienden.
Pero lo triste de todo este asunto es que, por desgracia, los fanáticos como tal nunca dejarán de existir, en todos los ámbitos, y saben por qué: pues porque son imprescindibles para que los sistemas rueden, para que existan, como el diablo y dios, tal que ellos.
Es imposible la concepción de Dios sin el Diablo (con mayúsculas si lo desean, no pretendo ofender a nadie).
Ambos son las caras de una misma moneda sin la que sería posible la existencia de la fe. Y la fe es ciega, tanto como el fanatismo.
Palmeros hacen falta en cualquier tablao que se precie. Que nadie lo dude.
Tan triste, mire.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Plaza Don Miguel Raya, Molino de la Vega

From Particulares. Published on 24/11/2014.

Si viviera D. Miguel Raya, seguro que pediría que le quitasen su nombre a esta plaza. En Huelva se le recuerda, tanto por su elegancia, como por su educación, en el trato por las personas. Fundador de una cadena de comercios de ropa en  nuestra capital que han sido referente de su carácter y singularidad. […]

Pensamientos negros

From Particulares. Published on 23/11/2014.


Es posible que cuando esto salga a la luz no esté aquí para ver sus consecuencias.
Me cuesta trabajo pensar pero, dentro de poco, pondré fin a lo que he sido. La decisión de quitarme la vida no es fácil de asumir, pero ya está todo en su sitio.
He comprendido, no sin sufrimiento, que lo que debía hacer ya está hecho. Que nada nuevo puedo aportar, que debo partir sin resentimiento.
No debo quejarme del trato que he recibido porque es una estupidez hacerlo.
He llegado a la madurez intelectual suficiente como para saber que nada extraordinario debo esperar.
Esto lo comprendí hace tiempo, pero, hasta ahora, no he sido capaz de tomar la decisión de marcharme.
Es posible que alguien me eche de menos, pero será por poco tiempo. A nuestro alrededor mueren cada minuto infinidad de seres. Es lo natural. Por eso, uno más no cambiará un ápice el rumbo del mundo, todo seguirá como está.
Es cierto que los “míos” pasarán algunos momentos malos, pero el tiempo lo cura todo, borra cualquier huella. La mía no será una excepción, es obvio.
Cerca de mí, a la derecha del ordenador, tengo la pistola cargada con una bala en la recámara.
No estoy nervioso.
Miro las cachas negras del arma y parecen transmitirme cierto sosiego; quizá sea porque me están comunicando que dentro de poco ya no tendré problemas.
Estaré fuera del tiempo, fuera de la vida.
La paz puede conseguirse pero no es de este mundo. La tranquilidad, el reposo absoluto, solo llega con la muerte.
Escucho un ruido de zapatos y mi mujer entra en el despacho.
¿Todavía no te has acostado?, -pregunta.
Ya voy, cielo, ya voy -contesto.
No te olvides de apagar la luz -me dice.
Desconecto el ordenador, cojo la pistola, apago la luz y subo…
Paco Huelva
Revisado en Noviembre de 2014

Lo de Benengeli

From Particulares. Published on 20/11/2014.


He leído con profundo respeto un libelo de 19 páginas que hallé en una vieja librería de Madrid, de esas que huelen a rancio, a humedad y a tesoros escondidos, fuera de la red mercantil con que hoy se edita y vende el papel impreso.
El librillo, a media página -cosido por una oxidada grapa- está escrito y firmado por Ricardo M. Uncite, a quien, aparte del mismo, se le reconoce como autor de “El falso Quijote y Tirso de Molina”.
“Lo de Benengeli”, publicado en Valladolid en 1918 y dirigido al cervantista nacido en Osuna Francisco Rodríguez Marín, a la sazón académico de la lengua, presidente del CSIC, del patronato Menéndez Pelayo y director de la Biblioteca Nacional, es un análisis sobre las derivaciones de la palabra cervantina Benengeli.
Recuérdese que Cide Hamete Benengeli es el nombre arábigo del supuesto autor de El Quijote, según aparece en la edición príncipe de 1605 (cap. IX, fol. 32).
Pues bien, según Uncite, el prefijo BEN no ofrece dudas porque significa HIJO DE.
Las dudas aparecen con la palabra ENGELI que no tiene traducción en castellano.
Algunos la tradujeron como “ciervo”, “cerval” o “cervanteño”, de donde coligen que Cervantes vino a definirse a sí mismo, o sea: HIJO DE CERVANTES.
Otros la traducen por “berenjena”, lo que vendría a explicar que el bachiller Sansón Carrasco dijera, según Sancho Panza, que el autor de la historia se llamaba Cide Hamete Berenjena.
En fin, no sé por qué me he metido hoy en este berenjenal, pero, bueno… todo sea por el infinito placer de indagar, de leer y, a ser posible, comprender.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Ridiculum Vitae, de Eladio Orta

From Particulares. Published on 20/11/2014.


Dentro del poeta Eladio Orta duermen infinidad de seres animados. Esto a nadie debería asombrar pero, como sabemos, hay gente para todo.
Los animalitos que habitan su cuerpo no crean que son de esos que pueden observarse con microscopios o con otros similares inventos, no. Los bichos que hay dentro de Eladio dicen los eruditos que se llaman heterónimos, y son una suerte de gleba que se manifiesta en su fuero interno de poeta maldito o de maldito poeta -depende del receptor/lector-, y, cada cual, cuando le toca o cuando le sale de las particulares entendederas, monta la de dios es cristo.
Esto es lo que hay y lo demás es cuento.

“me da vergüenza
escribir poesía
y más vergüenza
leer mi nombre
al lado entre paréntesis”.

Ha de ser duro vivir -aunque a primera vista al poeta del que hablamos pareciera no afectarle en su comportamiento- entre una confusa caterva de aspirantes al Parnaso y no perder la cordura, mientas éstos chillan, gimen, maldicen, lloran, mean en las retamas o follan en la intemperie de su sesera.
Es decir, seguir siendo Eladio Orta, el poeta que habla, viste y calza como dios y la naturaleza le dio a entender, que patea los inmensos e inconmensurables predios míticos de Isla Canela, que, mal que les pese a muchos políticos, meapilas, especuladores inmobiliarios -y de otras artes estafadoras-, poetas paniaguados y otras fieras por domar, y sin cejar de observar el mundo desde su “choza” para gozo de quienes conocemos su obra.
A mí de Eladio Orta me gusta casi todo, hasta sus poemas:

“ecologistas y demás inadaptados en general
deben estar de enhorabuena
por la aparición de una especie
hasta ahora desconocida
unos insectos dípteros
gorditos y con corbata
llamados cocosabios

los machos se alimentan
de dunas y arena húmeda
y cagan piedras
ladrillos y cemento

las hembras chupan la sabia de árboles
matorrales y plantas halófilas
y cagan puertos deportivos
y campos de golf

produciendo un espectacular cambio
en los enclaves paisajísticos
y medioambientales de la costa

según filtraciones del cesid
a la agencia efe
los llamados cocosabios
expertos en tragaespaciosnaturales
han sido creados en laboratorios clandestinos

ante la alarma de la opinión pública
por la aparición de susodichos
insectos dípteros en las zonas costeras

la subdelegación del gobierno
ha pedido calma
asegurando que dicha plaga
será abatida en una próxima
operación financiera”

Eladio Orta y la tropa que le acompaña, de la que no puede desprenderse por más esquinazo que quiera darle, ha publicado ahora “Ridiculum Vitae en ediciones Amargord.
Este libro no es para ortodoxos, ni para reglados académicos, ni para aquellos que cuando escriben están pensando en un premio literario, ni para lagrimales fáciles, ni para los que les asusta el uso del verbo sin cortapisas inquisitoriales, ni para trémulos, ni para… Este libro es para los libre de pensamiento.
En fin, que a Eladio Orta se le toma o se le deja. Punto.
Pero esos estirados vates que se ajustan a lo “correcto” y no leen a Eladio, se pierden el ritmo ancestral de las aguas freáticas, los sonidos de la marisma cuando se cuartea en el estío, el lento avanzar de la bola del escarabajo pelotero, el palmear de las espátulas cuando alzan el vuelo, el graznido del celo, el inclinarse de los juncos ante el paso del viento… y un sinfín de cosas que anidan en el pajar de Eladio Orta, poeta tierrafirmista y oráculo irredento.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

La muerte

From Particulares. Published on 19/11/2014.


La muerte se manifiesta en nosotros justo al nacer.
El berrido inicial al salir del líquido amniótico algo tiene que ver con el estertor que damos al morir.
Las primeras arrugas, las pecas que se expanden por el cuerpo, la tersura de la piel que se deteriora, el vello que encanece o desaparece, el aumento de los dolores… son síntomas de la cercanía de la muerte que nos negamos a reconocer y sin embargo, nos informa que estamos encauzando el inevitable camino de la extinción.
Ni la familia, ni la escuela, ni la universidad nos enseñan que la muerte es parte de la vida, la consumación de la vida. Que para que siga existiendo vida hemos de morir.
No queremos aceptar nuestra transitoriedad, pero si hay algo cierto en nuestro acontecer, en la vida de cada cual, es que vamos a fenecer, vamos a cambiar de cometido como decía Tolstoi: “la muerte no es más que un cambio de misión”, y lo único que deberíamos desear es tener un buen tránsito de un estado a otro.
Parafraseando a Ramón y Cajal ésta se nos presenta siempre como algo nuevo, impensado e incomprensible.
John Hurt, un cantante de baladas dice en una de ellas lo siguiente: “cuando mis tribulaciones terrenas hayan terminado/ arrojad mi cuerpo al mar/ ahorraos la factura del empresario de pompas fúnebres/ y dejad que las sirenas coqueteen conmigo”.
Lo cierto es que la muerte a pocos satisface, pero, en algunos casos como en la película de Amenábar “Mar adentro” o en el de las personas que solicitan por enfermedad incurable, por cansancio vital extremo, por decisión propia y en pleno juicio, marcharse de este mundo, debiéramos ser menos mojigatos y más comprensivos.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Trabajo o placer

From Particulares. Published on 19/11/2014.

Bueno, ya lo anunciaba en mi anterior post. Está a punto de entrarme una nueva traducción y tendré que dejar de lado, de momento, el proyecto de libro del que os hablé. Una pena: ya había empezado el tercer capítulo. Pero lo primero es ganarse el pan.

Madres

From Particulares. Published on 18/11/2014.


Hace unos días, en un cruce de calles de la ciudad, una señora me abordó y preguntó si podía hablar conmigo unos minutos. Embalado como recorro la vida, y pensando -después de examinarla atentamente- que querría venderme algún producto, saquearme la bolsa por alguna causa que no deseaba escuchar o contarme algún problema irresoluble, a duras penas contesté que sí, pero mentí diciendo que tenía una cita ineludible a la que no podía faltar y no podría entretenerme mucho.
La mujer, de unos ochenta años -calculé-, magra de cuerpo, de ojos lúcidos e inquietos y de aspecto exterior acomodado, sacó del bolso una vieja fotografía donde -no muy nítidamente- se veían tres mujeres jóvenes en traje de baño de otra época y a un niño de cuatro o cinco años, no más, en el borde de una alberca de la que al parecer acababan de salir.
Después de observar la imagen con cierta insistencia, por agradar a mi acompañante circunstancial, a la que vigilaba por el rabillo del ojo intentando dilucidar qué era lo que esperaba de mí, me preguntó si la foto no me recordaba nada.
He de reconocer, ahora que detengo el tiempo transcurrido con ella para repasar cada instante en los que estuvimos juntos, que su pregunta me inquietó sin saber muy bien cuál podría ser la causa.
Queriendo acabar pronto con el asunto que me había detenido allí y continuar con mis cosas, contesté que no, que realmente no me recordaba nada. La mujer insistió instándome a que la mirase bien, a que la observase con detenimiento. Un poco desesperado ya y creyendo haber caído en manos de una demente, posé nuevamente mis ojos sobre las caras de las cuatro personas del retrato y con cierta zozobra descubrí que el niño que estaba en primera línea, ante las tres mujeres, no me era del todo desconocido e incluso, me recordaba a alguien que en ese momento no identificaba.
Era como un recuerdo dormido en algún estante de la memoria que en ese momento no era capaz de localizar en la biblioteca de Babel que todos llevamos sobre los hombros.
Los ojos de la desconocida, mientras tanto, escrutaban severamente mi cara atenta a cualquier variación en mis gestos faciales y alguna cuestión debió intuir de lo que en ese momento pensaba, porque, de pronto, espetó:
-¿No conoces a ese niño?
-Pues, la verdad -dije- es que me suena su cara, pero no sé de qué.
-¡Mírala bien! -Insistió.
Luego de un lapso indefinido en que mis pupilas iban desde la foto a su cara de forma intermitente, dijo:
-Ese niño eres tú, Paco.
Sorprendido de que conociera mi nombre y arrugando el entrecejo -como para intensificar mi visión y esclarecer las ideas al mismo tiempo- observé que un reguero de lágrimas se desbordaban por las mejillas de la señora, como si algo incontenible guardado demasiado tiempo estuviese rebasando sus pequeños ojos, empañados ahora por la sal del llanto.
Miré nuevamente la imagen que me había ofrecido y el corazón, no sé por qué causa, me empezó a latir fuertemente con el convencimiento cada vez más manifiesto de que el niño de la foto podría ser el niño que en algún momento fui y además, la alberca y el lugar donde estaba situada eran espacios no ajenos del todo a mi vida pasada.
Sin reflexionar más y alentado por alguna intuición más que por el exacto recuerdo, dije:
-Puede ser, puede que sea yo de pequeño.
Un rayo de luz que entreví en sus ojos, detuvo el llanto y acto seguido me preguntó:
-¿Y no sabes quiénes son las personas que están contigo?
Repasé nuevamente las caras de las tres jóvenes y una de ellas, la del centro, la que estaba tras de mí, me pareció conocida.
-Esta cara me suena -dije, mientras la señalaba con el dedo.
-Claro que te tiene que sonar, es la cara de la que actualmente es tu madre.
-¿De mi madre, y cómo que actualmente?
-¡Fíjate bien, Paco! -dijo, interrumpiéndome.
Miré intensamente -olvidando mis prisas y cada vez más intrigado- queriendo leer en la cara de la joven del centro y confirmando que podría ser, que podría ser mi madre aquella joven de aspecto lozano, sensual, y que sonreía a la cámara no sin cierto azoramiento o rubor.
-¿Y de las otras dos no te acuerdas? -continuó.
Insistiendo en el repaso de las caras, manifesté abiertamente que no, que no las conocía de nada.
-¿Por qué me pregunta usted esto, señora? -inquirí, con cierta frialdad no exenta de temor en mis palabras.
-Pues, porque… Paco, tu madre soy yo, que es la mujer que está a la izquierda de la que tú crees que es tu madre, y sólo es la mujer que te ha criado y que en otro tiempo fue mi mejor amiga -dijo, mientras sus ojos reanudaron el llanto.
Con la cara descompuesta, imagino, por el espanto que sus palabras me produjeron, le respondí:
-¡Señora, esto no puede ser, usted tiene que estar equivocada, confundida por alguna razón! ¡Esto no tiene sentido! No discuto que no pueda ser, incluso, podría decir que soy el niño de la foto y que la persona que está detrás de mí pueda ser o sea, mi madre; y si usted dice que es la otra pues no se lo discuto, pero de ahí a lo que afirma, señora, hay un trecho que yo no le puedo admitir. ¡Usted tiene que estar confundida! Con todos los respetos, señora, no puedo admitir lo que me dice. No puedo admitírselo, perdóneme.
Mientras esto decía, la señora que afirmaba ser mi madre, continuaba llorando en silencio, limpiándose las lágrimas con un pañuelo de tela que había sacado de algún sitio, y se apoyaba en la pared, como si de un momento a otro fuera a perder el conocimiento.
-Paquito, hijo -declaró, rehaciendo un poco la figura-. Fíjate bien en mí. No me olvides nunca y conserva esta foto. La he guardado con la esperanza de dártela durante muchísimos años. Siempre estuvo enmarcada en mi casa en un lugar preferente hasta que he decidido venir a verte para entregártela en mano.
No vengo a pedirte nada, no necesito nada excepto liberarme de la tremenda carga que he llevado en mi conciencia durante demasiado tiempo. Eres una persona inteligente y entenderás lo que hice, así lo espero, y perdonarme; sólo he venido a decirte quién eres y a que me perdones. Solo a eso. Yo soy tu madre. Eso no lo puede discutir ni cambiar nadie porque es así. Exactamente así. Eres mi hijo, Paco. Te tuve por un desliz que cometí con un hombre al que quería mucho y es tu padre, que luego me dejó tirada como a un perro antes de que tú nacieras ni que se me notara siquiera que estaba embarazada. En la época en que eso ocurrió, que es exactamente hace 58 años, la edad que ahora tienes, esas cosas no estaban bien vistas ni podían admitirse socialmente. Los que crees que son tus padres, que eran mis mejores amigos, estaban casados hacía un tiempo y sabían que no podrían tener hijos. Me aconsejaron que me fuera de viaje con ellos; el embarazo ya casi no se podía ocultar: estaba engordando demasiado y nos fuimos los tres a Burdeos. Cuando naciste, ellos, los que tú crees que son tus padres, me asistieron en el parto donde viniste al mundo. Posteriormente te inscribieron como hijo propio, que entonces en Francia no era difícil porque muchos españoles emigraban a ese país ya que las condiciones de vida en España tú sabes cómo eran. Porque no me negarás Paco, que tú has nacido en Burdeos el 22 de octubre de 1956, y que así debe constar en tu tarjeta de identidad.
-No -dije-, con un hilo de voz. Yo he nacido ese día y en esa ciudad, es verdad.
-Pues ya lo sabes todo. Ya me quedo tranquila y puedo morir en paz, hijo. La que tienes delante es tu madre. Siento mucho lo que ha pasado. Nada me hubiera gustado más que haberte visto crecer, estar a tu lado y haberte consolado en los momentos difíciles que sé que has pasado en la vida. Yo te he alimentado con estos pechos -dijo, tocándoselos-. Los que dicen ser tus padres legítimos volvieron a Almonte diciendo que el niño era suyo y yo me quedé en Burdeos porque nada tenía que hacer aquí. Luego me casé con un catalán con el que no he tenido más hijos.
Esa foto la hizo mi marido -que nunca supo nada de esto-, la única vez que vine a verte, en una alberca que era de los que piensas que fueron tus abuelos. Esa visita me produjo tal desgarro y tanto desconsuelo que preferí no verte más y vivir a solas con mi dolor. Además, me peleé con los que hoy son tus padres porque pensaban en su interior que algún día podría reclamarles lo que sabían que era mío.
Hasta ahí toda la historia. Hace tres meses murió mi marido. Yo, por motivos que ahora no importan, no tardaré mucho en seguirle. Llevo una semana en Huelva decidiéndome a hablar contigo. He pasado muchas horas frente al edificio donde trabajas y te he seguido cada vez que has salido. En estos días he sido tu sombra. Lo que querría haber hecho toda mi vida. Estoy muy orgullosa de ti. Quiero que lo sepas. Quiero que sepas que tu madre, aunque te abandonó, no dejó un día de su vida de pensar en ti.
Dijo todo esto llorando a lágrima viva pero con una tranquilidad pasmosa. Por mi parte notaba que mis ojos se habían humedecido y que un nudo en la garganta me impedía hablar. No sé por qué, me acerqué a ella, la rodeé con mis brazos y la apreté contra mi pecho. Su cuerpo convulsionado por el llanto me trasmitió el desconsuelo y la desazón que la embargaban. Pasado un tiempo que no soy capaz de calcular, mientras acariciaba su fino pelo y la miraba a los ojos como para reconocer algo que se me había escapado de la vida y que ahora momentáneamente disfrutaba, me dijo:
-Quiero que esto quede entre nosotros y que te vayas a la tumba, como yo me voy a ir, con este secreto. ¿Me oyes, hijo? Tu “madre” -dijo-, no debe saber que te he visto, no le des ese disgusto. A nuestra edad, hay cosas que no pueden resistirse y una se puede volver loca. ¡Hazlo por mí, hijo! ¡No le digas nada! Y ahora, -continuó, mientras una mueca que quería parecerse a una sonrisa apareció en su boca-, no me preguntes más nada y déjame marchar. Dejemos las cosas como están.
Acercó su cara a la mía, me besó, y casi sin darme cuenta, por el estado de confusión en que me encontraba, comprobé cómo se montaba en un coche que había estado aparcado cerca de nosotros todo el tiempo y que era un taxi con los colores característicos de la ciudad de Barcelona.
El vehículo se marchó por la calle Marina y yo me quedé solo y con la foto en la mano si saber qué hacer, sin saber quién era, quién fue mi padre y quién era en realidad esta señora que decía ser mi legítima madre.
Desde entonces llevo la foto en mi maletín. Ahora escribo con ella delante. No he comentado esto con nadie. No lo haré tampoco con la mujer que hasta ahora ha sido y seguirá siendo mi madre.
Un abismo se ha abierto ante mí. No sé si lo que he descrito, que es completamente cierto, es verdad o es mentira. Es decir, no sé si soy hijo de quien creía serlo o de la que me dice ahora que lo soy. Vivo como en una pesadilla de la que sé que no voy a despertar. Mientras tanto, sólo hago mirar la fotografía y pensar qué habría sido de mí si fuera cierto lo que mi supuesta madre me ha contado y hubiera vivido con ella. Evidentemente no sería lo que soy y sería otra cosa, pero, ¿quién sería? ¿Qué habría sido de mí si hubiera vivido otras circunstancias, otros espacios, otros abrazos en vez de los que en realidad he vivido?
Soy consciente de que esas preguntas no tienen respuestas. Creo que lo único que debo hacer es conservar la foto, como lo hago, y mirar a mis dos madres. He llorado mucho desde entonces. Y lo he hecho por el sufrimiento que ambas, si esto es cierto, han debido padecer a lo largo de la vida. Una, pensando en mi ausencia, y la otra en que podrían venir a por mí y apartarme de su vera. Un tormento. Sus vidas no debieron ser agradables. He llegado a la conclusión de que no tengo derecho a modificar las cosas. Ellas decidieron en su momento que esto debía ser así, y así será.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Lectura

From Particulares. Published on 18/11/2014.


Hoy me he levantado taciturno.
Salgo a la calle con un libro bajo el brazo, dispuesto a leer algo aprovechando la limpia luz de la mañana.
Me siento en un banco soleado y abro el texto por la hoja marcada.
Suenan las campanas de una iglesia cercana.
Escucho cómo los sonidos parecen metalizarse en el aire cambiando su tonalidad mientras se alejan.
¡Tann! ¡Tann! ¡Tann!
Así, hasta diez.
Luego, queda como un eco prolongado, como un vacío inesperado que me aflige.
En el interior de mis tímpanos, sin embargo, se repiten los minerales sones con la obstinación de un mantra que sólo yo conociera.
Poco a poco, voy recuperando el sonido del ambiente: el canto de los pájaros cercanos, el ruido del motor de un vehículo que atraviesa la carretera o el estertor de una puerta metálica que se enrolla en algún comercio a mis espaldas.
Me sumerjo de nuevo en el libro, y ya no oigo nada.
Paco Huelva
Noviembre de 1014

Aparcar en Isla Chica, una nueva dimensión

From Particulares. Published on 18/11/2014.

Una vez más y ya van tropecientas mil, los gestores del ayuntamiento demuestran su incapacidad crónica para planificar cualquier tipo obra en la ciudad por muy sencillo que sea. En este caso se trata del tradicional lavado de cara pre-electoral en el barrio de Isla Chica. De golpe y porrazo y después de años de […]

Inocente

From Particulares. Published on 17/11/2014.


La inocencia es un rasgo que abunda en nosotros y que vamos malgastando al mismo ritmo en que se nos escapa la vida.
Muchos filósofos de buhardilla han entretenido su tiempo con esta materia, lo que demuestra que el tema no es baladí.
Enfrascados como estamos -todos- en una guerra por la supervivencia, la inocencia ha de perder protagonismo en pro de conseguir los elementos esenciales que permitan vivir lo más dignamente posible. Porque eso es lo que nos queda, solo eso: dignidad.
Cuando el enemigo emplea el descaro y la intolerancia, hay que utilizar sus mismos métodos, de nada valen paños calientes y menos a esta altura de la película.
La inocencia, por tanto, es como el velo de la desposada: una blanca mortaja de nuestra virginidad intelectual.
En mi caso, prefiero seguir pasando por inocente en algunas materias, pero, como dice Cervantes en “La Gitanilla”: “No porque corra un navío tormento o se anegue, han de dejar los otros de navegar”.
Así que, al loro. Ya está bien de aguantar.
Paco Huelva
Noviembre de 2014

Si me necesitas, llámame, de Raymond Carver

From Particulares. Published on 17/11/2014.


Carver murió de un cáncer de pulmón a los cincuenta años de edad dejándonos huérfanos de un habilidoso poeta y mejor cuentista.
Hay quienes dicen que el minimalismo que esgrimió en sus escritos le fue impuesto por el editor Gordon Lish, que, incluso, se atrevió a reescribir el final de muchos de sus relatos, pero, polémicas aparte, Raymond Carver se convirtió por derecho propio en padre de lo que se denominó el “realismo sucio”.
Sus relatos, por la introspección psicológica que hace de los personajes, que la mayor de las veces son personas como él, tal que él… -dedicado a ocupaciones mal pagadas, luchando de forma continua contra la pobreza, llevado en volandas por la tragedia del alcoholismo, viviendo en una familia desestructurada-, tiene tal “veracidad” en la composición, que a uno le pareciera estar viendo esas escenas cotidianas que se enredan en las vidas de aquellos que poco o nada tienen, y que comienzan la vida con cada amanecer.
Debido a ese realismo (sucio, dicen) sus cuentos han sido llevados a la pantalla y a los escenarios con enorme éxito.
“Si me necesitas, llámame” (Edit. Anagrama) contiene cinco profundísimos relatos: El que da nombre al libro más “Leña”, “Qué queréis ver”, “Sueños” y “Vándalos”.
El libro fue publicado por su segunda esposa, la también escritora Tess Gallagher, diez años después de la muerte de Carver.
Carver fue traducido al japonés por Haruki Murakami, llevado al cine por Robert Altman, al teatro por Rafael Spregelburd…
Carver es un grande del relato, posiblemente el mejor escritor norteamericano de su década.
En los escuetos dramas contenidos en “Si me necesitas, llámame”, el lector se verá transportado a espacios inevitables en donde los seres humanos que lo habitan parecen compelidos a las más fatídicas de las suertes. Las infidelidades, aceptadas o no, el alcoholismo, la pasividad ante los acontecimientos, una cierta apatía casi congénita ante lo acontecido en derredor… un río incesante que arrastra a la sociedad hacia lo inevitable: su destrucción.
Por eso Carver, en esta Europa que se desmorona ante nuestros ojos, está más de moda que nunca.
Leer a Carver es una necesidad. Tan o más necesaria como cambiar las actuales estructuras de los sistemas de partidos en Europa.
Hay que darle una vuelta de tuerca al sistema y propiciar un cambio radical en la relación existente entre éstos y la ciudadanía.
O llegaremos a la apatía, a la desidia, al abandono… como los personajes de los relatos de Carver.
Paco Huelva
Noviembre de 2014


Onubenses.org: Sociedad Civil de Huelva